Educación

Las tres tareas del formador de profesores

“Entre la actitud culta del alumno y las virtudes del profesor” es un buen ensayo de Jorge Peña porque reúne las tres funciones que la enseñanza de la pedagogía debiese tener: nombrar, ejemplificar y motivar.

Nombrar

La enseñanza es una tarea práctica que se puede ejercer sin una formación teórica, a partir de experiencias personales y ejemplos. Es como el lenguaje o los juegos, que “coinciden en tener, como actividades, ciertas reglas y condiciones preestablecidas, que aprendemos al comienzo, pero también un grado considerable de indeterminación, vaguedad y espacio abierto para la improvisación, la variación personal o total y la invención” (Cordua 330). La educación no es otra cosa que un tipo de relación entre personas, si no es exclusivamente una forma de comunicación. Por eso los juegos y el lenguaje resultan comparables con ella. Las reglas pueden ser muy básicas: roles diferentes entre el profesor y los alumnos donde, por ejemplo, el primero dirige actividades que en gran medida serán evaluadas al finalizar cierto periodo de tiempo con una nota u otro sistema semejante. Otras reglas son que el profesor debiese dominar habilidades o conocimientos que los alumnos esperan desarrollar y, por lo anterior, tener cierta distancia jerárquica respecto de los alumnos. Enumerar estas reglas tan obvias puede parecer un ejercicio estúpido porque no lo necesitamos, pues ya hemos desarrollado “un sentimiento de las reglas” (Cordua 325). Esta tarea que acabo de considerar estúpida es la que llamo nombrar, una de las funciones de la formación pedagógica. Si comparamos reglas y sentimientos, podremos relativizar la estupidez de su descripción. En principio, no necesitamos nombrar los sentimientos para experimentarlos. No tienen que definirnos el amor para empezar a sentirlo. Sin embargo, nos gusta ese ejercicio e inexplicablemente sentimos que nos sirve de algo. Por eso las películas y las canciones de amor son tan exitosas, porque nos ayudan a nombrar lo que nos pasa. Incluso hay gente que abusa de este recurso y termina dedicando canciones famosas a quienes aman; se sienten tan incapaces de describir su amor que terminan indicando con el dedo lo que otro cantó y dicen ‘eso que están cantando ahí con palabras tan bonitas, eso es lo que siento por ti’. Otro uso importante de nombrar las reglas es el que dice Pedro Aznar en la canción “Amor de juventud”, donde un joven enamorado “le lee poemas sin parar” a su enamorado porque “se quiere asegurar de que él siente lo mismo”. ¿Es amor esto que siento? ¿Es gramaticalmente correcto lo que escribí? ¿Me estoy comportando como un profesor en mi sala de clases? Dar nombre a lo que ya sabemos nos sirve para responder estas preguntas que surgen al actuar.

Ejemplificar

Sin embargo, los nombres y las reglas suelen ser insuficientes cuando enseñamos o aprendemos algo. Jorge Peña dice que “si nos instalamos en el plano abstracto, el de las ideas y definiciones, seremos unos lateros insoportables. Debiéramos tener un lema a la hora de enseñar: hay que pasar constantemente de la imagen a la idea” (307). Esas imágenes son los ejemplos. Wittgenstein escribió: “¿Cómo le explicaremos a alguien lo que es un juego? Creo que le describiremos juegos y podremos agregar a la descripción: ‘eso y lo que se le parece lo llamamos juegos. […] No conocemos los límites porque ellos no están trazados. Como hemos dicho, podemos trazar un límite para un propósito particular. ¿Es que así logramos hacer útil por primera vez al concepto [de juego]? ¡De ninguna manera!” (Cordua 206-207). Ejemplificar al enseñar pedagogía es más entretenido y más realista porque los límites que trazan las reglas son bastante relativos. Por lo mismo es que para aprender de amor preferimos ver una película con una historia o leer los poemas del amante de Pedro Aznar que leer un libro de psicología teórica. Esos ejemplos pueden ser descripciones de casos reales, idealmente narrados por sus protagonistas, o videos de clases ejemplares “porque es un recurso insustituible para la comunicación del conocimiento didáctico” (Lerner 188). Delia Lerner especifica que “las situaciones de clase que es más productivo analizar son las que pueden caracterizarse como ‘buenas’, porque son estas situaciones las que permiten explicitar el modelo didáctico con el que se trabaja” (179). Por eso son necesarios los ejemplos, porque explicitan lo que en la teoría solo sería abstracción.

Arriba las manos

En tercer lugar, la formación debiese cumplir una función que puede parecer superflua en profesores con una vocación segura: motivar. El profesor debe estar consciente de la importancia que tiene su trabajo y no perder las ganas de perfeccionarse en él. Esto es lo más difícil de lograr. Yo por ejemplo, disfruté mucho la lectura del ensayo de Jorge Peña, en gran medida porque da nombre a prioridades que también considero relevantes en la tarea docente y porque me dieron ganas de realizarlas en una sala de clases. El texto me motivó a ser un profesor culto y alegre, aunque falló en un aspecto difícil de superar. Lo cuento porque no creo ser el único con este problema. Leí el texto, estuve de acuerdo en casi todo, lo encontré motivante, pero no sentí que debiese cambiar mi forma de ser como profesor. Me pasó lo que dicen que Jonathan Swift comentó sobre la sátira, que es “una especie de espejo donde el espectador descubre generalmente todas las caras excepto la suya”. Vi las caras de otros profesores que debiesen mejorar, quizá leyendo ese mismo ensayo, pero no la mía. Me motivó vocacionalmente, pero no produjo nada en la acción. Quizá eso dependa más del lector que del escritor y haya que seguir el consejo de Macedonio Fernández: “No lea tan ligero, mi lector, que no alcanzo con mi escritura adonde está usted leyendo” (28).

Podría criticarse a Peña porque no pone ejemplos. Comparte muy buenas citas de Gabriela Mistral, pero no nos lleva nunca a una sala de clases. Esto se relativiza al considerar que el texto de Peña es un ejemplo de lo que propone: es culto, en el sentido de abierto al pensamiento e interesado en el saber didáctico. Ayuda mucho que se involucre personalmente en los textos que enseña diciendo cuáles son sus favoritos, como se ve en las notas al pie número 7 o 15. Jorge Peña realiza un texto completo sobre pedagogía porque nombra, ejemplifica y motiva a ser un buen profesor. Como en el lenguaje, los juegos y el amor, todo eso puede ayudar, aunque el verdadero aprendizaje se da en la práctica.

Fuentes

Cordua, Carla. Wittgenstein. Santiago: Universidad Diego Portales, 2013. (El link lleva a otra edición.)

Fernández, Macedonio. Papeles de Recienvenido. Barcelona: Linkgua digital, 2013

Lerner, Delia. Leer y escribir en la escuela: lo real, lo posible y lo necesario. México: Fondo de Cultura Económica, 2008.

Peña Vial, Jorge. “Entre la actitud culta del alumno y las virtudes del profesor”. Estudios públicos 93. (2004): 291-315.

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