Libros

Dos Novecentos

La caja

“Uno lee porque cree en ciertas cosas,
porque tiene ciertas hipótesis”.
Ricardo Piglia

Novecento fue mi primer libro favorito. Otros me habían gustado antes, habían sido importantes para mí, pero el de Alessandro Baricco fue el primero en hablarme directamente, no solo porque pude identificarme con un personaje, sino porque fui yo el que hizo que me hablara. Lo leí dos veces, una en mi último año de colegio y otra en mi primer año de universidad, y fue como leer dos libros que me interpelaron de maneras totalmente diferentes. Fue como dar dos respuestas al mismo enigma donde un oráculo había cifrado mi identidad. Comparto mi experiencia porque los enigmas nunca son tan personales.

En mi primera lectura, Novecento fue la biografía de un artista genial. Yo estaba en cuarto medio, buscando una vocación profesional, buscando creer que esa vocación existía, y Novecento me vino perfecto. La solución que yo me daba a ese problema, la que más me gustaba, es que yo era un artista. La lectura de Novecento me arreglaba todo el asunto de la vocación porque cuenta la historia de un hombre que no solo es artista sino que está destinado a serlo. Su protagonista se llama Novecento porque lo encuentran en el año 1900. Aparece en un barco, el “Virginian”, dentro de una caja sobre el piano de cola, en el salón de baile de primera clase. Lo encuentra un marinero que lo adopta y muere pocos años después, cuando el niño ya tiene ocho. “No tenía patria, no tenía fecha de nacimiento, no tenía familia. Tenía ocho años: pero oficialmente no había nacido”. Cuando quisieron bajarlo del barco, Novecento desapareció. Tuvieron que abandonar el puerto y, en la segunda noche, el contramaestre despertó al capitán para que lo acompañara al salón de baile de primera clase. Las luces estaban apagadas, la gente en pijama, todos en silencio, mirando a Novecento. “Estaba sentado en el taburete del piano, con las piernas colgando, sin tocar el suelo. Y, como hay Dios, que estaba tocando”. Después el niño crece y, sin bajar nunca del barco, se vuelve un pianista genial, uno que toca músicas inexistentes, a quien la banda le pedía antes de cada presentación: “Por favor, Novecento, solo las notas normales, ¿de acuerdo?” Uno que incluso le gana en un duelo a Jelly Roll Morton.

El tema del destino aparece desde que encuentran a Novecento sobre el piano de cola. Él no saldrá nunca de esa cajita, que luego será el barco, ni de ese instrumento. Después está ese hecho inexplicable del niño que toca el piano de noche. ¿Cómo aprendió? ¿En qué momento? Eso no interesa en el libro, que nunca se pregunta por el proceso que lleva a un hombre a dominar un arte. Eso me sorprende ahora. Pienso que esa debió haber sido la pregunta importante cuando estaba en cuarto medio. ¿Cómo se descubre la vocación, el destino, el sentido de una vida? Omitiendo eso, yo preferí creer en la magia de una vida ordenada, predeterminada, que funcionaría como un acceso a otras vidas. “Quizá no había visto nunca el mundo. Pero hacía veintisiete años que el mundo pasaba por aquel barco, y hacía veintisiete años que él, desde aquel barco, lo escrutaba”. Esta es una idea en la cual sigo creyendo, como indica la Sola Ventana en el nombre de este blog. Lo que ha cambiado es la creencia de que uno nace parado en una ventana por la cual solo faltaría abrir los ojos para poder mirar. La dificultad no está ahí, sino antes, en la elección y construcción de esa ventana. Encuentro importante decirlo porque veo mucha invitación a soñar en grande, a cumplir esos sueños, y muy poca a definir esos sueños. Quizás sea porque una búsqueda de ese tipo produce relatos demasiado extensos o confusos, con personajes que no saben lo que quieren, como Levin en Anna Karenina, o que no saben cómo realizar la vaga idea de lo que quieren, como Oliveira en Rayuela. Lo contrario es el relato clásico, trabajado por películas de Disney como Frozen y El Rey León. En ambos casos aparece el conflicto de un rey que se aleja, Elsa y Simba en cada película. ¿Por qué nos importa el regreso de esos reyes si creemos en la democracia? ¿No sería mejor organizar unas elecciones con leñadores del hielo y animales de la selva como candidatos? Aquí hay un mensaje para los niños del mundo: eres importante, irreemplazable, eres como un rey. También está la idea del destino: debes ser quien eres desde que naciste. Aunque quieras irte a cantar a la montaña blanca o a la tierra del Hakuna Matata, algún día tendrás que regresar a cumplir tu destino de rey. Borges dijo al recibir el Premio Cervantes que “un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal”. Yo leí Novecento con una idea semejante. No fui Rey, pero pude ser Artista. Es bonito que Borges diga eso en un discurso que lo acerca a quien da el premio, pero es mentira. El destino no existe, nunca es tan claro ni hay que encontrarlo porque debemos inventarlo. La primera persona en presente de los verbos “creer” y “crear” son la misma palabra: “creo”. El destino es así. Uno lo crea y después decide creer en el él. Así puede aceptarlo y cumplirlo. Pero Novecento no dice exactamente esto. Yo lo leí así porque necesitaba confirmarlo.

“Despierta. Aquí dice que yo tenía razón en lo que te dije”.

Al año siguiente entré a estudiar Dirección Audiovisual para volverme un artista del cine. Entonces leí Novecento por segunda vez y ya no me pareció un libro sobre un destino artístico, sino sobre el cambio, sobre el miedo a cambiar. Desde la primera lectura me gustó la parte donde se narra la caída de un cuadro. “¿Qué es lo que le ocurre a un clavo para que decida que ya no puede más? […] Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque sino puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra”. Ahora pienso que ahí también está la idea del destino, porque supuestamente el cuadro se pone de acuerdo con el clavo para caer en una fecha exacta. Ese momento está definido desde siempre, igual que cuando alguien será el primero en ver América desde un barco, según Novecento. “Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar”. Pero no creo haber notado esto en mi primera lectura, sino que los grandes cambios son inexplicables. En mi segunda lectura agregué que esos cambios son importantes y, para algunos, muy difíciles de cumplir.La ciudad

La historia de los cuadros prepara el momento en que Novecento bajará del “Virginian”. Anuncia un cambio que no llega a producirse porque cuando el pianista pisa el tercer escalón que lo llevaría a tierra, descubre que nunca será capaz de ver el fin de un mundo demasiado grande para él. El piano tiene ochenta y ocho teclas, dice. “Tú eres infinito, y con esas teclas es infinita la música que puedes crear”. El mundo es justo lo contrario, es un espacio infinito, millones de teclas en un teclado interminable. “En ese teclado no hay una música que puedas tocar. Te has sentado en un taburete equivocado: ese es el piano en el que toca Dios”. Novecento no se atreve a bajar, prefiere quedarse en la cajita de su piano, algo que solo en mi segunda lectura me hizo sentido, nuevamente por lo que yo estaba viviendo.

A mí en el colegio me fue muy bien. Me sentía querido, valorado y respetado. Tuve espacio para desarrollar diversas áreas de mi persona, pude ser infinito en ese contexto finito. Y aunque en la universidad no me fue mal, sentí muy fuerte ese aumento de teclas, de opciones que no podía tomar porque eran demasiadas. Me sentí infinitamente pequeño ante un mundo que de pronto fue muy grande para mí. Estoy hablando desde el libro porque él guió mi comprensión de ese tiempo. “El mundo es un piano con demasiadas teclas”, me decía a mí mismo con palabras que no aparecen literalmente en la novela. Me vi sentado en un taburete equivocado, en uno que no se ajustaba a mis capacidades, frente a un infinito que evidenciaba mi finitud. No sé si fui más allá y me dio por sentirme heroico al conseguir una hazaña que el pianista del océano no se atrevió a cumplir. Porque yo sí me bajé del barco escolar y me adapté a la ciudad universitaria, que luego se convirtió en una nueva caja protegida, un nuevo teclado donde no conseguí destacar más que en el colegio como intérprete, pero logré hacer lo que se me pedía. A veces pienso que me hice profesor de colegio para volver a ese espacio de seguridad que esa institución representó para mí, quizás con la exageración que las historias simples dan a la vida, como hizo Novecento con mi vocación y mi cambio de ambiente.

Esta semana volví a leer la novela de Baricco porque el segundo medio de donde trabajo la está leyendo. La leí creyendo que me aburriría volver a un libro que conocía demasiado, pero me entretuve mucho. Esta vez no me hizo leer mi presente autobiográfico, porque ya casi no leo así, sin buscando a quienes no son yo. Al final me encontré con quienes fui, experimentando algo que Borges debe haber dicho alguna vez: que uno sobrevive más en los libros leídos que en los escritos. En su caso la frase es más compleja, porque implica que escribir es releer una tradición y, así, sobrevivir en ella. Pero lo mío es más sencillo: leí Novecento y me encontré con mis propias lecturas, las que hice cuando era otra persona, cuando era otro lector.

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