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Por qué “El engaño populista” no rescata a nuestros países

Mario Levrero recuerda un sueño en La novela luminosa, donde dice haber entrado a una habitación muy amplia con unas mujeres acostadas sobre colchones en el suelo. Pasa corriendo despreocupadamente sobre una de ellas y se detiene a mirar un bulto rojo que tiene en la pierna. “Ella me habla; me dice que yo le hice esa lastimadura cuando pasé corriendo. Yo me asombro, porque no me había dado cuenta de haberla tocado y no había sentido nada, pero ella insiste en eso”. Al despertar entiende que la mujer era su esposa y que el inconsciente le estaba mostrando que la ha lastimado con su conducta atropellada y poco cuidadosa. Lo que me interesa viene después, cuando Levrero explica por qué le creyó al sueño y no a la esposa cuando discutía con ella:

“Esa mujer del sueño me hizo comprender que la había lastimado porque me habló serenamente y sin pretender culparme; su forma de hablar era simplemente informativa, sin dejar de ser cálida. No había énfasis de ningún tipo ni nada que pudiera parecerse a un reproche. Permitió que la información hablara por sí misma y que yo mismo juzgara mi conducta, de modo que no tuve oportunidad ni razones para levantar defensas” (29-08-2000).

Mientras los ataques levantan defensas, la forma informativa, sin énfasis ni reproches, hace que el oyente juzgue por sí mismo. Por eso una buena descripción puede convencernos más que una argumentación agresiva.

***

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El gran defecto de El engaño populista es ignorar ese principio. Axel Kaiser y Gloria Álvarez parecen intuirlo en las últimas páginas del libro, cuando dicen que para promover y difundir sus ideas habría que transmitir “un mensaje honesto y atractivo, tanto por sus portavoces como por su contenido y estilo. Esto es así debido a que la conexión emocional con el público resulta determinante” (215). En mi opinión, los autores fallan en su conexión emocional con el público por parecerse demasiado a la esposa de Levrero y muy poco a la mujer soñada. Esto, y todo lo que diré a continuación, se basa en mi experiencia leyendo el libro.

Ordenaré mi análisis sobre El engaño populista a partir de algunas preguntas que plantea su título. Primero, ¿qué es el populismo? Si él es un engaño, ¿cuál es la verdad? Y finalmente, ¿cómo engaña el populismo?

I. ¿Qué es el populismo?

Los autores reconocen que el concepto de populismo es confuso, pero en términos generales dicen que “consiste en una descomposición profunda que parte a nivel mental y se proyecta a nivel cultural, institucional, económico y político” (28). Donde se esperaba una definición aparece una tesis, pero es porque el libro no busca investigar qué es el populismo, sino convencernos de por qué es malo. De todos modos, para el lector hubiese sido más fácil conocer lo que se critica antes de enumerar sus defectos, que es lo que hace el primer capítulo, “Anatomía de la mentalidad populista”. “Existen al menos cinco desviaciones que configuran la mentalidad populista y que es necesario analizar para entender el engaño que debemos enfrentar y superar” (27). Cada una de esas desviaciones da el nombre a un subcapítulo:

  1. El odio a la libertad y la idolatría hacia el Estado
  2. El complejo de víctimas
  3. La paranoia “antiliberal”
  4. La pretensión democrática
  5. La obsesión igualitaria

Sería muy difícil encontrar a alguien que declare odiar la libertad o tener una obsesión igualitaria, pues son expresiones demasiado peyorativas. En un libro más descriptivo se podrían haber utilizado los siguientes títulos, que se refieren a las mismas características que los autores consideran populistas, pero en términos más neutrales:

  1. Son estatistas.
  2. Responsabilizan de su pobreza a los ricos o a los países desarrollados.
  3. Se oponen a la economía neoliberal.
  4. Sus gobiernos son democráticamente elegidos, pero se vuelven totalitarios.
  5. Valoran la redistribución económica.

Frases de este tipo permitirían un diálogo más abierto con los lectores, donde ellos se pudieran reconocer en algunas de las creencias. De ese modo se haría posible un razonamiento del tipo: usted acepta esto, pero si lo piensa mejor preferirá esto otro. Sin embargo, El engaño populista no busca lo que Maria Popova llama “el incómodo lujo de cambiar de opinión”, sino que se dirige a personas que desde el principio aceptan que el populismo es “un enemigo de los derechos y libertades de los ciudadanos” (12), según dice el primer párrafo del prólogo escrito por Carlos Rodríguez Braun. Con esto quiero decir que probablemente un chavista o un kirchnerista conservarán sus ideas políticas después de leer un libro que describe sus creencias de manera tan poco empática. Además de Chávez y Kirchner, según el libro han sido populistas Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Perón, Castro, Iglesias, Allende, Maduro, Morales, Correa, López Obrador y Bachelet (31).

En síntesis, los populismos son totalitarismos socialistas democráticamente elegidos. Consideran que el Estado debe resolver las desigualdades económicas que los ricos han generado.

II. ¿Cuál es la verdad?

“El por qué de que, en general, los intelectuales prefieran el socialismo se debe en parte a que a la mayoría de ellos no les interesa la verdad, sino imponer su visión del mundo, sea cual sea el costo que otros deban pagar” (96). Al parecer, los autores de El engaño populista cuentan con la admirable capacidad de diferenciarse de quienes engañan con sus visiones de mundo. El texto no llega a exponer en qué consiste esa diferencia, aunque sospecho que se basa en una fe demasiado grande en su propia visión de mundo, hasta el punto de igualarla a la verdad. En otra sección del libro citan al Nobel de Economía Douglass C. North para explicar que “en democracia las personas tienden a votar por razones ideológicas más que racionales” (195). O sea que es posible alcanzar una verdad racional libre de ideologías, entendidas como “sistemas de creencias organizadas” (194) que indican cómo funciona el mundo y cómo debería funcionar. Digo todo esto para justificar la pregunta por la verdad y mostrar el grado de seguridad que tienen los autores al presentarla: “se trata de ideas universalmente válidas y que diversas naciones han seguido con excelentes resultados” (179).

Los autores las llaman republicanismo liberal y las ejemplifican con Estados Unidos, “el país más próspero y libre del planeta” (179). Según se desprende de su declaración de independencia, el gobierno debe garantizar el derecho a la vida, a la libertad y a perseguir la felicidad, algo que comentan apoyados en Juan Bautista Alberdi: “No es lo mismo decir que el gobierno debe hacernos felices que decir que es nuestra responsabilidad ser felices a nuestro propio modo” (188). Invirtiendo el nombre del primer subcapítulo, se podría decir que estos autores odian el Estado e idolatran la libertad, algo que no suena tan mal como su contrario, supongo que porque es mejor idolatrar valores que instituciones. La aplicación económica de ese principio, quizá la única que interesa a los autores, es el neoliberalismo.

En su origen, el neoliberalismo fue “un camino intermedio entre capitalismo y socialismo” (57), pero el concepto se ha desprestigiado por haberse asociado a las reformas económicas de Augusto Pinochet. “Las reformas promercado realizadas en Chile fueron un éxito más allá de las críticas que, justamente, se puedan hacer por el contexto autoritario en que se realizaron y las inexcusables violaciones a los derechos humanos cometidas en la lucha contra la insurgencia marxista” (58). Creo que las inexcusables violaciones a los derechos humanos quedan relativamente excusadas al hablar de “insurgencia marxista” en lugar de, por ejemplo, “la lucha contra los defensores de la libertad política”, pero el libro prefiere no criticar al gobierno militar. “Este referente impresionó aún más cuando el mismo régimen autoritario dio pie a una transición democrática, restaurando así tanto las libertades económicas como las políticas” (58). Entiendo que por eso la insurgencia marxista no luchaba por la libertad política, porque ella surgió voluntariamente del mismo régimen. Lo importante aquí es la creencia de que el neoliberalismo no tiene opositores porque sea un sistema injusto o con defectos, sino porque la gente piensa que un dictador tan malvado como Pinochet no podría haber hecho algo bueno. El razonamiento es tan absurdo como creer que Michael Jackson no pudo haber creado buenas canciones porque era pedófilo. Yo creo que el rechazo hacia el neoliberalismo se basa en críticas mejores, pero ellas no aparecen en el libro.

Tenemos el origen del neoliberalismo y la única explicación de su mala fama. ¿Qué neoliberalismo defienden Álvarez y Kaiser? Primero, uno que se llame de otra manera, sin la “carga valorativa y emotiva de inmoralidad que hace imposible defender nada que se asocie con ese nombre […]. De lo que debemos hablar es de sistema de libre emprendimiento y de la dignidad de pararse sobre los propios pies, pues sólo un sistema basado en esos valores permite generar las oportunidades y espacios de libertad para que las personas, en los distintos niveles, sientan el orgullo de proveer bienestar para sí mismos y para sus familias. Es ese sistema –que suele llamarse capitalismo– el que ha reducido la pobreza a niveles sin precedentes en la historia universal” (60). Ese pararse sobre los propios pies implica que la economía no esté controlada por el Estado hasta el punto de valorar que “muchos escolásticos [inspirados en santo Tomás] pensaban que no debía existir un salario mínimo fijado por el gobierno” (171).

Mi argumento favorito para probar que el capitalismo ha reducido la pobreza son unas cifras del economista Angus Madisson, citado por Deepak Lal: “En Europa occidental, por ejemplo, el nivel de ingreso per cápita anual el año 1 d.C. era de 576 dólares, y el año 1500, de 771 dólares. Esto significa que, en una de las regiones más ricas del mundo actual, casi toda la población vivió por milenios con menos de dos dólares diarios” (165). Tras la revolución industrial, gran hito del capitalismo, la cifra se multiplicó por un factor de 30 hasta llegar a los 20 mil dólares del año 2003. Me encanta lo simple del argumento, que no explica cómo se calcularon esas cifras, que no cuestiona su validez ni se detiene en el tema de la desigualdad. ¿Los 576 dólares incluyen al emperador romano Augusto y a sus esclavos? ¿Cuánto sube esa cifra por la riqueza del primero o cómo se calcula la población de los segundos? ¿Se contabilizan las cápitas de los esclavos en una sociedad que no los consideraba ciudadanos? ¿Puede haber ingreso per cápita en culturas donde los intercambios no se basan en el dinero? En el Jardín del Edén, Adán y Eva no tenían dinero porque no necesitaban trabajar. ¿Eran pobres antes de que Dios los castigara (Gn 3, 19)?

El engaño populista no se pregunta nada de esto porque no utiliza las citas como un medio para pensar, sino como evidencias. Y lo evidente no necesita ser demostrado o discutido: “Si hay algo que la historia económica y la evidencia demuestra sin discusión alguna es que el capitalismo es precisamente la fuerza que más ha sacado adelante a los pobres en el mundo” (164, énfasis mío). Por eso, en lugar de razonar con las citas como lo haría un buen detective, se limita a exponerlas como hace la PDI cuando encuentra drogas: las ubica una al lado de la otra, orgullosa de haber encontrado tantas. A riesgo de caer en lo mismo, daré un ejemplo. A las comparaciones históricas del ingreso per cápita agregan que según Xavier Sala i Martin, “uno de los máximos expertos en el mundo en materia de desarrollo económico” (60), “el 99,9 por ciento de los ciudadanos de todas las sociedades de la historia […] vivieron una situación de pobreza extrema. […] Todo esto empezó a cambiar en 1760, cuando un nuevo sistema económico nacido en Inglaterra y Holanda, el capitalismo, provocó una revolución económica que cambió las cosas para siempre” (61). ¿Cómo fue calculado ese 99,9% por el experto en desarrollo económico? ¿Solo quiso dar un énfasis que no conseguía la expresión “casi todos los ciudadanos”? En lugar de comentar, el libro presenta nuevas evidencias: “la posibilidad de superar toda esa miseria gracias a la economía de mercado y la libertad es lo que Angus Deaton, premio Nobel de Economía de 2015, ha llamado ‘el gran escape’” (62). La frase está ahí porque la dijo el premio Nobel, no porque ayude a entender mejor las bondades del capitalismo ni porque interese analizarla. ¿Es la pobreza algo de lo cual se escapa o es un problema que se combate de frente?

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Mami, mira lo que me encontré (24 horas)

El abuso de los argumentos de autoridad puede basarse en una desconfianza en la racionalidad de la gente. “Las cifras del PIB, las tasas de crecimiento, las balanzas de pagos, los déficits fiscales y otros datos no conectan fácilmente con las emociones de la gente. En parte, el fracaso de este discurso se debe a que la economía es una ciencia compleja que requiere de la comprensión de dinámicas y fuerzas que operan en el largo plazo y de manera invisible, y que, en una democracia, la gente no considera” (218). El libro hace muy pocos esfuerzos por enseñar algo de esto, cuya complejidad provoca los “prejuicios intuitivos que surgen de la falta de comprensión racional” (223). Solo una nota al pie recomienda La economía explicada a mis hijos de Martín Krause, un tipo verdaderamente simpático según vi en esta charla que enseña economía con textos literarios de Borges, Cervantes y Las mil y una noches (el hombre es verdaderamente simpático, aunque lo ayuda citar a autores que me gustan).

Por ejemplo, muchos creemos que está bien cobrar impuestos a los ricos para ayudar a los pobres. “Pero tal idea puede ser puesta en duda y hasta rechazada si se la analiza en profundidad, ya que los mayores impuestos cobrados tendrán probablemente un impacto negativo sobre la inversión, el empleo y la productividad, dando como consecuencia que a los pobres les conviene más que haya menos impuestos si quieren mantener sus trabajos o acceder a uno” (219). Estoy de acuerdo: impuestos excesivos también son perjudiciales. ¿Pero habrá un término medio como el del primer neoliberalismo? Quizás se equivoque Cristina Fernández al creer que la democracia también se basa en la igualdad económica “porque podés decir, podés pensar libremente, pero también tenés que tener los elementos que te permitan decidir qué vida y qué querés ser” (citado en 72). Sin embargo, para ver ese error no basta una cita a Friedrich Hayek, quien advirtió que “en realidad la promesa de mayor libertad mediante la igualación material prometida por el socialismo era ‘la vía de la esclavitud’” (73) ni acusar que el nacionalsocialismo también buscó “aliviar la precaria situación material de las masas mediante una masiva redistribución” (75). Destacar esta semejanza con los nazis es tan absurdo como oponerse al neoliberalismo porque fue instalado en Chile por un dictador.

La verdad entonces es que el capitalismo es el mejor sistema económico posible, aunque a los no economistas nos cueste entender por qué.

III. ¿Cómo engaña el populismo?

Luego de haber presentado una ideología tan irracional en comparación con la verdad neoliberalista, el libro explica cómo ha hecho el populismo para convencer a tanta gente. El segundo capítulo empieza por denunciar la manipulación del lenguaje como un arma esencial del totalitarismo. Resumiendo ideas de George Orwell, dice que “si se corrompe el lenguaje se corrompe el pensamiento y, con ello, se termina por destruir la democracia y la libertad, pues ambas reposan sobre verdades que ya no son reflejadas en el lenguaje” (94). Supongo que un ejemplo de esta corrupción del lenguaje se encuentra en El engaño populista, al caracterizar el populismo a partir de desviaciones en lugar de características y darles los nombres que propuse traducir en la primera sección de mi texto. Se cae en lo mismo al considerar igualmente populistas a Hugo Chávez y Michelle Bachelet, aunque solo el epílogo reconozca “diferencias de grado entre ellos” (232). Yo no me opongo a las manipulaciones lingüísticas porque no imagino un lenguaje libre de ellas, pero indico las de este texto porque sí dice condenarlas. “Los peores crímenes, según sostuvo Orwell, pueden ser defendidos simplemente cambiando las palabras con las cuales se los describe para hacerlos digeribles e incluso atractivos” (93). ¿Se acuerdan de que en lugar de neoliberalismo convenía hablar de “sistema de libre emprendimiento” (60)?

El punto es que los intelectuales latinoamericanos han manipulado el lenguaje para difundir las ideas socialistas. Se inspiran en Antonio Gramsci, quizá el único intelectual marxista que el libro trata con respeto. Según él, la revolución no se consigue por las armas, sino por la hegemonía cultural, que “consiste en convencer a quienes son gobernados de la validez del sistema establecido y protegido por el poder estatal, y eso es un trabajo que debe realizarse en el ámbito de las ideas y la cultura” (102). Ese trabajo es misión de periodistas, artistas, escritores, profesores y figuras públicas en general.

Luego se presenta a los intelectuales que han aplicado la teoría de Gramsci al pensar el Socialismo del siglo XXI. Ellos son los intelectuales de izquierda tratados con desprecio, casi todos asesores de Hugo Chávez. Se dice que Pablo Iglesias lleva adelante un proyecto “fascipopulista” (106), Heinz Dieterich repite “la vieja historia de que somos víctimas de otros” (110), Marta Harnecker confirma que no hay “nada nuevo en el socialismo del siglo XXI” (111), Norberto Ceresole “confirma como pocos la identidad ideológica entra fascismo y socialismo” (114-115) y “la Revolución rusa, que llevó al asesinato de decenas de millones de personas fue, según [Juan Carlos] Monedero y [Haiman] El Troudi, un experimento liberador” (118).

Tomando opiniones de Ignacio Ramonet y Alan Woods, se critica a la intelectualidad socialista por no asumir los fracasos de sus gobiernos. “El socialismo jamás se reconoce el responsable de la miseria y los crímenes cometidos en su nombre. Si tan sólo se hiciera bien, por la gente indicada, éste sería un éxito, piensa el ideólogo” (122). Comparto la opinión Kaiser y Álvarez: hay que ser un fanático para defender sistemas que produjeron crisis económicas como la de Salvador Allende o Hugo Chávez. Pero me alejo de los autores cuando caen en lo mismo al justificar la crisis subprime del 2008. En una extraña sección dedicada a la influencia religiosa sobre el populismo, se cuenta que según el papa Francisco “la crisis mundial que afecta a las finanzas y la economía deja al descubierto sus desequilibrios y, sobre todo, su falta de preocupación real para los seres humanos; el hombre se reduce a una de sus necesidades por sí solo: el consumo” (160). Es una sección extraña porque para mostrar que la Iglesia ha promovido el populismo se citan frases del último papa, bastante posteriores al auge populista en Latinoamérica que ya viene en descenso, y se muestra que Benedicto XVI y Juan Pablo II estaban a favor del capitalismo. No sé por qué habrán escrito ese subcapítulo. Volviendo a la cita de Francisco, el libro lo acusa de irresponsable porque al denunciar el capitalismo “lo que en realidad está atacando es la base de la civilización moderna fundada en el principio de división del trabajo y la idea de dignidad como la posibilidad de perseguir libremente fines propios” (162). Por eso me he cuidado de criticar al capitalismo en mi ensayo, para no destruir la civilización moderna desde sus bases. ¿Qué responden los racionales desde la verdad? El profesor John Taylor enseña que “fueron las acciones e intervenciones del gobierno, y no una falla o inestabilidad inherente a la economía privada, lo que causó, prolongó y dramáticamente empeoró la crisis” (164). O sea que si la economía liberal ha fallado en Estados Unidos es porque ha tenido momentos menos liberales, donde ha intervenido el Estado. En otras secciones se muestra que Argentina (132), Chile (146) y Suecia (210) también empeoraron sus economías al volverse más estatistas y menos liberales. Quizás todo eso sea verdad y el neoliberalismo sea realmente el mejor sistema posible para conseguir buenos indicadores económicos, pero el centro del cuestionamiento del papa no estaba ahí, sino en la idea de ser humano que la economía defiende, uno reducido al consumo. Y la falta de autocrítica denunciada en los ideólogos socialistas es equivalente en estos ideólogos del capitalismo.

Una vez establecido que el populismo ha triunfado en Latinoamérica porque sus intelectuales han transmitido su ideología a la gente, se descubre que el antídoto contra el populismo está igualmente en las ideas. Para conseguir eso habría que imitar al empresario inglés Anthony Fisher, que quedó preocupado al conocer las ideas de Hayek contra el socialismo. Contactó al profesor y le contó que pensaba dedicarse a la política para evitar el avance del socialismo. “Si quería cambiar las cosas –le sugirió Hayek– debía financiar a los intelectuales para que sus ideas se hicieran populares. Una vez que eso haya ocurrido –según le comentó el profesor austríaco– los políticos las van a seguir” (197). Fisher fundó el Institute of Economic Affairs, un think tank que difundió investigaciones liberales tan influyentes, que ayudó a que Margaret Thatcher fuera electa como primera ministra en 1979. Si los empresarios hispanoamericanos financiaran a los intelectuales liberales, se conseguiría un cambio en el sentido común que erradicaría el populismo de nuestras naciones. “Es hora de que esos hombres de empresa despierten de su pasividad y hagan una real contribución a la sociedad en que viven, por el bien de ésta y también por el de sus propios hijos” (215). Como tanta gente contraria al liberalismo, Kaiser y Álvarez esperan resolver los problemas con el dinero de los empresarios.

***

¿A quién se dirige El engaño populista? No a los lectores que creen que el Estado resuelve algunos problemas mejor que el capitalismo. Ellos son rechazados desde la primera página, donde se les acusa de padecer una descomposición profunda a nivel mental (28). Son atacados con la violencia que ejercía la mujer de Levrero al pelear con él. Además, la solución que se ofrece a sus problemas es pensar exactamente al revés de como lo hacen. Se invita al antineoliberal a volverse neoliberal. ¿Cómo acercar extremos tan lejanos? Primero adaptar el discurso a sus destinatarios. Hacer como el monje que viajó desde Roma para convertir a los ingleses al cristianismo. Les describió el infierno y su fuego que nunca se apaga, pero consiguió el efecto contrario al esperado. “Hartos de frío, los señores manifestaron su vivo interés por ese infierno, que invenciblemente los atraía como una siempre grata chimenea. Para ellos hubo que inventar infiernos glaciales” (Bioy 444). No importa inventar un falso infierno para el que piensa diferente a nosotros, si eso lo convierte a nuestra fe. Pero para eso hay que entender su infierno y que él podría desear lo que a nosotros nos da miedo. Hay que aceptar que existen personas razonables defendiendo ideas contrarias a las nuestras y que eso no las vuelve mentirosas, ignorantes o mentalmente descompuestas.

A eso me refería cuando subrayé la diferencia que el libro hace entre la verdad y las ideologías. Si no asumimos que nuestro punto de vista también es discutible, corremos el riesgo de parecer unos totalitarios amparados en los científicos que más se acomodan a nuestras ideas. Las citas a los premios Nobel de Economía tienen muy poco valor para quienes sospechan de los economistas, como cuando los cristianos citan la Biblia para convencer sobre la verdad de su religión. Habría que estudiar mejor a qué defectos del neoliberalismo está respondiendo el populismo para poder superarlo. ¿Será que las personas experimentan situaciones que consideran injustas en el sistema capitalista? Mario Vargas Llosa razonó alguna vez como Cristina Fernández. Lo cito porque supongo que Kaiser y Álvarez lo respetan si dejaron una frase suya en la portada de El engaño populista. Vargas Llosa escribió que “la democracia no es solamente libertad, sino también […] igualdad de oportunidades. Y no hay igualdad de oportunidades cuando uno no está realmente en condiciones de ejercitar sus mínimos derechos económicos. Esto es lo que justifica y fundamenta el principio de la redistribución. Un principio que hoy en día se cree socialista, cuando, en realidad, es un principio liberal, inseparable de la tradición del pensamiento liberal” (414). Lo comparto solo para indicar que personas inteligentes que defienden el libre mercado aceptan la posibilidad de que ese sistema necesite una ayuda.

Si El engaño populista no se dirige a sus opositores, supongo que fue escrito para lectores que ya creen en sus ideas. Los entiendo. A mí también me gusta leer a Enrique Vila-Matas, Alberto Manguel o Martín Schifino solo para encontrarme con gente que me confirma lo importante que es la literatura, pero sé que sus argumentos no significan nada para quienes se aburren al leer (ej: mis alumnos del colegio). La diferencia está en que El engaño populista quiere rescatar a nuestros países de una ideología política. Para eso no sirve que se junten los creyentes a odiar a sus opositores. Eso no rescata a ningún país, sino que se limita a dividirlo con retóricas semejantes a las del populista.

Ojalá que Kaiser y Álvarez consigan el dinero que piden a los empresarios para mejorar su trabajo intelectual. Porque solo un libro bien pensado puede llegar a rescatar a nuestros países del mal que sus autores vean o imaginen. Y yo no temo al populismo, sino a más libros malos como este.

Libros citados
Álvarez, Gloria y Kaiser, Axel. El engaño populista. Santiago de Chile: El Mercurio, 2016.
Bioy Casares, Adolfo. Borges. Buenos Aires: Destino, 2011.

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3 thoughts on “Por qué “El engaño populista” no rescata a nuestros países

  1. Manuel Alfonso dice:

    Sinceramente tu eres el que esta mal, hace falta vivir en países como Venezuela o Cuba para entender que los argumentos de Axel Kaiser y Gloria Alvarez son totalmente validos… Pero desde la comodidad de tu casa u / o oficina nunca lo vas a entender dado que tu motivación para atacarlos es solo adversidad de ideas pero no conoces que es vivir en una dictadura comunista como la Venezolana. Así que el que da lastima aqui eres tu amigo que solo formas partes de una sociedad monotoma y no libre de pensamiento propio.

    • Agradezco tu sinceridad para hacerme saber que estoy mal, pero creo que me criticas por algo que no he dicho. Aunque me complique al exponerlo, mi punto es muy sencillo: el libro de Álvarez y Kaiser es retóricamente ineficiente. Aunque estuvieran diciendo la verdad, no logran hacerla convincente para los que tengan dudas. Si tienes razón al afirmar que “hace falta vivir en países como Venezuela o Cuba para entender que los argumentos de Axel Kaiser y Gloria Alvarez son totalmente válidos”, el libro es un completo fracaso. ¿Cómo puede ser que un libro ofrecido en toda Hispanoamérica exija vivir en dos países específicos para que resulte comprensible? Las ideas bien explicadas debiesen entenderlas incluso quienes leen desde la comodidad de sus casas en países libres de populismo.

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