Sociedad, Teatro

Pedalear y caminar por La Zona

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Para mí, La Zona empezó armando la ruta en bicicleta hasta el Parque O’Higgins. Terminaba la segunda semana del 2017, y el mapa más reciente de internet se llamaba “Ciclovías Santiago 2015 – 2016”. Si los mapas tienen fecha, este se estaba quedando viejo. Definimos el camino con mi polola, que conocía parte del trayecto, a partir del mapa antiguo, suponiendo que las ciclovías solo podían aumentar, si eran ciertas las promesas de los nuevos alcaldes. Nunca habíamos llegado tan lejos. Yo me iba en bicicleta al trabajo, ella a su universidad, y habíamos ido juntos a un parque cercano o al mall, pero las distancias largas las hacíamos siempre en Metro. Por eso resultó desafiante pedalear por dos horas hasta el Parque O’Higgins.

Esto lo dicen siempre, pero fue un descubrimiento experimentarlo por mí mismo: la ciudad cambia en bicicleta. Se siente propia, manejable. Los lugares no se compran cayendo en ellos, según dice una especie de chiste (“te compraste la plaza”, le dicen al caído), sino recorriéndolos con los pies cerca del suelo, que en la bicicleta lo tocan en cada parada. Lo contrario es el Metro, un transporte que convierte al suelo en cielo, igualando todas las calles de la ciudad. Su ceguera y rapidez impiden la apropiación.

Los ciclistas nos reunimos en la entrada del Parque O’Higgins, alrededor de un camión negro con antenas amarillas, donde sonaban cumbias de sintetizadores y unos tipos que hacían percusiones golpeando balones de gas en la parte trasera. Nos repartieron banderas y gorros naranjos, que nos identificaron como el equipo de La Zona. El camión se puso en marcha y lo seguimos por el parque hacia el sur, hacia la calle Rondizzoni. La música del camión incluía las voces del barrio, frases de gente que contaba algo de su vida en el sector. Por ejemplo, escuchamos al Jack Sparrow del Fantasilandia, contando que le gustaba trabajar ahí.

Dimos algunas vueltas y llegamos hasta Rondizzoni con Francisco Pizarro, una calle estrecha de casas sin antejardín, todas de colores pasteles, dos pisos, puertas de madera y ventanas enrejadas. Una calle limpia, bien cuidada, solo ensuciada por un cableado eléctrico excesivo, el mismo de casi todo Santiago, pero más notorio en calles pequeñas como esta.

Estacionamos las bicicletas y quedamos con los pies sobre el suelo, sintiendo el barrio a cada paso. Nos repartieron radios portátiles con audífonos, por donde se transmitirían diálogos, sonidos, narraciones y músicas de la obra. Los percusionistas del camión, siempre de negro, nos darían indicaciones para captar lo que se desarrollaba a nuestro alrededor.

Escuchamos un llanto. Una guagua lloraba en los brazos de su mamá, vistas a través de una ventana. Nos movimos para que pasara un auto, de donde se bajó un matrimonio que discutía. Hablaron con la madre, le dejaron plata y adoptaron a la guagua, partiendo a toda velocidad, avergonzados de una transacción prohibida, que la ruidosa alarma del auto denunciaba. En otro lado una señora mayor se paseaba con una juguera en mal estado. El narrador explicó que ella se resistía a reemplazarla por una nueva, tal como luego se resistiría a vender su casa a una inmobiliaria que querría demolerla para construir edificios. Hay más historias, pero esta es la central: un par de arquitectos reparte cartas para comprar y demoler las casas. El marido de la señora mayor está de acuerdo, según vemos en una conversación telefónica secreta, pero a él tampoco le importaba perder la juguera de siempre. La Zona es sobre los barrios que desaparecen y, más generalmente, sobre la pérdida de lo que es nuestro. Por eso tiene sentido la llegada en bicicleta, porque nos fuerza a pasar por barrios que también dejarán de existir. Porque nos hace sentir la ciudad de hoy, que al cambiar forzará a los mapas a tener que actualizarse.

La experiencia es muy satisfactoria, pero deja un vacío. Me refiero a las motivaciones de los dos empresarios y su inmobiliaria. Ambos son ridículos, torpes, presentados sin la profundidad de los otros personajes. Son los cómicos de La Zona. De uno de ellos se dice que ha perdido a su familia por construir edificios, algo que vemos en las discusiones que tiene con su señora por celular, humanizándolo al revelar sus problemas, pero volviéndolo aún más absurdo. ¿Acaso nadie se beneficia con la destrucción de este barrio lleno de vida? Según la obra, lo único bueno sería la plata que reciben los vendedores de sus casas, aunque tampoco se hace un énfasis en las expectativas que esa suma de dinero despierta. Esta no es una historia de gente pobre esperando que le regalen plata. La señora conserva su juguera porque le gusta, no porque las nuevas sean inalcanzables.

El final no se dirige contra las inmobiliarias, sino que nos invita a valorar lo que tenemos. La obra evita un mensaje directamente político, pero termina dando otro: que la construcción de edificios solo trae efectos negativos y que no tenemos nada que hacer contra eso. La obra olvida que si quisiéramos reaccionar, aparte de pasear a pie o en bicicleta, tendríamos que entender los procesos. Como dijo Roland Barthes, no pedimos que la obra sea un curso de economía urbana, “pero un artista debe saber que es enteramente responsable del límite que asigna a sus explicaciones: siempre hay un momento en que el arte inmoviliza al mundo, es mejor que lo haga lo más tarde posible” (25).

¿Por qué desaparecen los barrios? ¿Solo porque el cambio es un rasgo esencial del mundo? ¿Entonces por qué son ridículos los empresarios? ¿Porque actúan obedeciendo a las fuerzas universales del cambio sin verlas ni controlarlas? ¿Porque son los agentes de ese cambio universal? ¿Entonces qué nos queda a nosotros? Solo disfrutar del presente, como si la muerte de un barrio fuera tan inevitable como la muerte humana. A eso me refiero con el arte que inmoviliza el mundo. Si nos gustan los barrios, luchemos contra las inmobiliarias. Si nos gustan los edificios, entendamos qué tienen de bueno y cuál es su costo. Sino todo queda demasiado inocente, demasiado turístico. Aunque es valiosa la apropiación de los pedales y los pies sobre el suelo de la ciudad, es muy poca cosa si no va unida a nuestra decisión sobre el uso que le queremos dar a ese suelo. La Zona se acerca al problema, pero se limita a lamentarlo en lugar de resolverlo o, al menos, entenderlo.

La experiencia es gratuita y termina este fin de semana, el 21 de enero en el barrio Italia y el 22 en el barrio Yungay. Solo hay que inscribirse y llegar en bicicleta.

Libro citado
Barthes, Roland. “Cine derecha e izquierda” en La Torre Eiffel: textos sobre la imagen. Buenos Aires: Paidós, 2009. Págs. 23-26.

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