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¿Por qué se llama Kino el juego de azar?

La única respuesta que tengo a esta pregunta la encontré, coincidentemente, por azar. Quise confirmarla en internet, pero lo más cercano que había al origen del juego chileno fue que empezó en 1990. Nada más. También busqué la palabra en diccionarios y aprendí que kino significa árbol en japonés, cuerpo en hawaiano y cine en alemán. Por esto último en inglés se usa kino para hablar de un cine más intelectual y difícil. En el origen de este sentido cinematográfico está el griego kine, que significa movimiento, y es de donde surge otro uso en inglés para kino: la técnica de moverse hasta tocar sutilmente a una persona para ganar su confianza y luego tener sexo con ella (¡al fin algo útil!).

Kino en tres idiomas

Lo que encontré por azar fue La perla, una novela de 1947 escrita por John Steinbeck, cuyo protagonista se llama Kino. Él vive con su mujer y su hijo de pocos meses en una modesta casa junto al mar, en el golfo mexicano de California. Llevan una vida sencilla hasta que el hijo recibe la picada de un escorpión en el hombro. La madre succiona rápidamente el veneno de la herida, pero sabiendo que ello no será suficiente, corre con su marido a la casa del único médico del pueblo, un hombre que rechaza atenderlos si solo van a pagarle con las pocas y pequeñas perlas que Kino ha recogido del mar. Desesperados, Kino y su mujer van al mar en busca de perlas más valiosas. Mientras él prepara una canoa, ella aplica unas algas en la herida de su hijo y no reza por su recuperación, sino por encontrar perlas que financien la atención del médico. En este punto el narrador, que había tratado con cariño a sus personajes, comenta que “la mentalidad del pueblo es tan insustancial como los espejismos del Golfo”. La falta de sustancia se manifiesta en el deseo de esta mujer, que en lugar de pedir lo realmente importante, que sería la buena salud del hijo, solo espera un medio para conseguirla, las perlas de mar.

Concha de mar con perlas (World Chess Hall of Fame)

Según el texto, ellas surgen de un accidente al cual se exponen las ostras: que un grano de arena caiga entre los pliegues de sus músculos e irrite su carne. Esta, para protegerse, cubrirá el grano con una capa de suave cemento que seguirá creciendo hasta formar una esfera de nácar: la perla. Ellas “eran meros accidentes y hallar una era suerte, una palmadita en la espalda de Dios, los dioses o ambos”. En otras palabras, una perla es un accidente ofrecido por Dios a unos pocos afortunados que pueden convertirlo en dinero, algo muy parecido a ganarse el Kino.

La probabilidad de ganar este concurso logrando 14 aciertos entre los 25 números disponibles es bajísima, de 1 entre 4.457.400. Para hacerse una idea, es como si uno marcara un grano de arroz con un plumón y lo echara en un barril con 92 kilos de arroz. La probabilidad de meter la mano en el barril y solo sacar el grano marcado es equivalente a la que tenemos de ganar el Kino cuando compramos un cartón. Si tenemos dos cartones, la probabilidad aumenta a la de haber marcado un segundo grano en el mismo barril. Por esto se ha dicho que gastar en juegos de lotería es como pagar un “impuesto a la estupidez”, apostar a un premio que es casi imposible recibir. La diferencia está en ese casi.

25 pelotas rojas giran en una gran esfera transparente impulsadas por un aire hacia una compuerta superior, a través de la cual solo pasan 14 pelotas, todas esféricas como la perla que Kino está buscando en el mar, combinándose de una manera tan improbable como lo que él encontraría bajo el agua. Junto a unas rocas, “bajo un pequeño reborde, [Kino] vio una ostra muy grande, aislada de todos sus congéneres más jóvenes. El caparazón estaba entreabierto, pues la vieja ostra se sentía segura bajo aquel reborde rocoso y entre los músculos de color de rosa vio un destello casi fantasmal momentos antes de que la ostra se cerrase”.

Cuando emergió hasta la canoa con la gran ostra cerrada, su mujer lo percibió agitado, pero disimuló mirando en otra dirección. “No es bueno desear algo con excesivo fervor. Hay que ansiarlo, pero teniendo gran tacto en no irritar a la divinidad”. Prudente como su mujer, Kino demora la apertura de la gran ostra, sabiendo “que lo que había visto podía ser un reflejo, un trozo de concha caído allí por casualidad o una completa ilusión. En aquel Golfo de luces inciertas había más ilusiones que realidades”. Ella le recomienda abrir la ostra y él empieza a manipularla con un cuchillo. “El músculo se relajó y la ostra quedó abierta. Los carnosos labios saltaron desprendidos de las valvas y se replegaron vencidos. Kino los apartó y allí estaba la gran perla, perfecta como la luna. Recogía la luz purificándola y devolviéndola en argéntea incandescencia. Era tan grande como un huevo de gaviota. Era la perla mayor del mundo”.

Edición Penguin de The pearl

Hasta aquí el nombre Kino es perfecto para una lotería. Tenemos a una familia desesperada por financiar la salud de su hijo, que se entrega al azar de buscar perlas en el mar y que ayudada por los dioses encuentra lo que creía imposible: la perla más grande del mundo. La noticia recorre la ciudad, donde muchos se alegran imaginando que recibirán algo de la nueva riqueza de Kino. Este también imagina cosas. Habla de casarse, de comprarse ropas nuevas, de conseguir un rifle y de enviar a su hijo a la escuela, pero nada de esto se cumplirá en el libro. La perla se volverá un objeto maldito, que solo traerá estafas, robos, persecuciones, asesinatos y un incendio, infortunios muy bien elegidos para que la novela de Steinbeck sea una lectura deliciosa, pero muy mal asociados al nombre de un juego que promete una riqueza repentina como la encontrada por Kino. ¿Acaso es tan peligroso recibir una riqueza repentina?

Algunas anécdotas dicen que sí. Está la terrible historia de Rolando Fernández, que ganó el Kino el 2007, fue acusado ante tribunales de haberle robado el boleto a un amigo y el 2008 sufrió un accidente carretero en una camioneta que había comprado con el premio. Según el amigo de la acusación, Fernández estaba bajo una maldición que terminaría cuando devolviera el dinero, algo que no alcanzó a pasar, pues murió 47 días después del accidente. Otra historia es la del empresario Jack Whittaker, que el 2002 ganó 315 millones de dólares en Powerball, la lotería estadounidense. Diez años después su hija y su nieta habían muerto por sobredosis de drogas, su mujer se había divorciado y él había recibido varias demandas, además de un robo de 545 mil dólares cuando lo drogaron en un cabaret. “Desearía haber roto ese boleto”, declaró ante la prensa.

Juan Bravo lustrando botas en la Plaza de Armas de Concepción (La Tercera)

Historias más comunes son las de quienes ganaron el premio y lo perdieron todo. Es lo que le pasó a Juan Bravo, un lustrabotas de Concepción que ganó el Kino el 2003, se compró una casa, se casó, tuvo hijos, viajó, tuvo taxibuses, colectivos, una botillería, un centro de internet y hasta una chanchería, pero al final lo perdió todo. “Nos separamos y hoy pago una pensión de alimentos para mis tres hijos”, contó en una entrevista. Solo conservó la casa y el 2017 volvió a ser lustrabotas. Pero esto también es raro. Un estudio aplicado en Florida a 35 mil ganadores de la lotería descubrió que mil 900 cayeron en banca rota dentro de los primeros cinco años, un número muy grande, pero que solo corresponde al cinco por ciento del total.

En conclusión, llamar Kino al juego de azar es una buena idea si solo leemos los primeros dos capítulos de La perla, donde la riqueza sí parece resolver muchos problemas, pero muy mala si leemos el libro completo, donde la riqueza genera nuevos y peores problemas que los iniciales. Ganar el Kino es un acontecimiento improbable pero posible, que no debiese tener las terribles consecuencias que sufre el Kino creado por John Steinbeck. Por mi parte, seguiré jugando al Kino de vez en cuando. Hace poco me alegró ganar 600 pesos, incluso sabiendo que había gastado 6 mil pesos en tres cartones de ese único sorteo.

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