Libros, Traducción

Los libros te vuelven aburrido

fetichista

“Lo emocionante de los libros no son solo sus interminables mundos con los que empatizar, sino el olor de la encuadernación, la textura de las cubiertas, el pensamiento de los pagos atrasados, los bibliotecarios dominantes y la lectura posterior a la hora de acostarse. Mi esposa e hijo murieron atropellados por un conductor borracho el año pasado y mi mejor amigo murió de cáncer, pero encontré a mis seres queridos perdidos en los libros que habíamos compartido. Tengo la bendición de poder leer en muchos idiomas. Los libros me hacen sentir seguro. La idea de que una pervertida amante de los libros esté allá afuera excitándose con esta fotografía me calienta mucho” (citado por Gabriel Teague en What is fetish?).

[Traducción al texto “Books make you a boring person” de Cristina Nehring, originalmente publicado en New York Times el 27 de junio de 2004.]

“¡Soy un lector!”, anunciaba la chapita amarilla. “¿Cómo es eso?” Miré a su portador, un corpulento joven que investigaba la Feria del Libro en mi pueblo. “¡Apuesto a que eres una lectora!”, me dijo como si dos genios nos hubiésemos encontrado. “No”, le respondí. “Absolutamente no”, quería gritarle y lanzar mi bolsa de la librería Barnes & Noble. En lugar de eso murmuré una disculpa y me fundí con la multitud.

Hay una nueva devoción en el ambiente: la autocomplacencia en los amantes de los libros. Largamente inmunes a las críticas gracias a la mayor cantidad de televidentes, adictos al Internet, videomaníacos y otros introvertidos de sillón, los ratones de biblioteca han desarrollado una complacencia semi-mística sobre los beneficios morales y mentales de leer. “Los libros te hacen una mejor persona”, proclamaba un lienzo afuera de un colegio en Los Ángeles. Los libros alejan a los niños de las drogas, mantienen a los pandilleros fuera de la cárcel y a los terroristas en sus límites. Eso escuchamos en las más de 200 ferias del libro que han proliferado en Estados Unidos desde San Francisco hasta Nueva York. Esto, incluso, es lo que escuchamos en los playoffs de la NBA. Los ciudadanos votan y eligen un único libro para ser leído por todos al mismo tiempo. “Lee un libro, salva una vida”, dice un anuncio radial e, incluso en ausencia de contribuciones caritativas, esto se acerca bastante a lo que sentimos estar haciendo. Ser un lector actualmente es ser un valioso miembro de la sociedad, un ser humano pensante y sensitivo, un ganador.

Sin el consenso de gran parte del público en este punto, un film como el documental de Mark Moskowitz, Stone reader, no habría podido provocar las alabanzas que tiene ni haber llegado a los pasillos del Blockbuster. Vagamente organizado en torno a la búsqueda de Moskowitz por un novelista perdido, muestra a su héroe arrastrándose de una oficina llena de libros a otra, con libros amontonados sobre la mesa, babeando sobre sus portadas con una alegría sobrenatural y alabando el placer de la lectura frente a sus amigos.

Moskowitz (tomando un volumen de la repisa de una biblioteca): Todas estas buenas portadas aquí… Aquí está… Johnny Goldstein, creo, lo leyó primero. Y después todos tuvieron que leerlo. Fue genial. ¡Es genial!
Amigo: Sí, sí, sí…
Moskowitz: Tú lees todos los días, ¿cierto?
Amigo: Casi todos.
Moskowitz: Todos los días has leído…
Amigo: ¿Te acuerdas de este? ¿Cuándo lo leíste?
Moskowitz: ¿El viejo y el mar? Hace dos años…
Amigo: ¿Y qué te pareció?
Moskowitz: ¡Me gustó!

Es asombrosa la vacuidad de las conclusiones después de toda esa preparación. El hecho es que Moskowitz no tiene nada que decir sobre los libros que acaricia persistentemente escena tras escena. No se trata del contenido de los libros, sino de su fetichización.

Es fácil fetichizar cosas que imaginamos que están desapareciendo. En la época de internet y los smartphones, los libros se ven pintorescos, impredecibles, en peligro y por lo tanto virtuosos. Asumimos que leer requiere un intelecto formidable. Olvidamos que los libros fueron la televisión del pasado. Me refiero a que fueron tanto una fuente de entretenimiento pasivo como de ilustración ocasional, de alienación social y de disfrute personal, de inactividad y de inspiración. Los libros eran una bolsa mezclada y lo siguen siendo. Los libros podían ser usados y subutilizados, y siguen siendo así.

Los mismos escritores han insistido sobre sus peligros. Desde Séneca en el siglo I a Montaigne en el XVI, Samuel Johnson en el XVIII y William Hazlitt o Emerson en el XIX, los escritores se han esforzado en recordar a sus lectores que no lean tanto. “Nuestras mentes se ahogan con mucho estudio”, escribió Montaigne, “así como las plantas se ahogan con demasiada agua o las lámparas por exceso de aceite”. Llenándonos con demasiados pensamientos ajenos podemos perder la capacidad y el incentivo a pensar por nuestra propia cuenta. Todos conocemos personas que se lo han leído todo y no tienen nada que decir. Todos conocemos personas que usan los textos como otros usan la música de ascensor: para evitar el silencio de sus mentes. Estas personas pueden tener un cómic en el baño, un diario en la bandeja del desayuno, una novela en el almuerzo, una revista en la consulta del dentista, una biografía en la mesa de cocina, un libro sobre política en el velador, una edición de tapa blanda en cada superficie de la casa y un semanario en su bolsillo trasero para cuando tengan un momento desocupado. Algunos serán unos genios, otros simples pacedores de textos: siempre masticando, nunca digiriendo. Siempre consumiendo, nunca creando.

“Así como podrías pedir a un paralítico que salte de su silla y tire su muleta”, dijo Hazlitt, “podrías pedir al lector erudito que tire su libro y piense por sí mismo. Él se aferra a ello para apoyarse intelectualmente y su terror a ser abandonado a sí mismo es como el horror al vacío”. Alguien así es comparable con la persona adicta a los programas de conversación, las comedias televisivas o la CNN; no es peor ni mejor, ni más tonto ni más inteligente. No porque algo venga entre dos tapas será inherentemente superior a lo que pasa en una pantalla o llega por las ondas electromagnéticas.

Existe, por supuesto, una buena forma de leer, una muy buena forma, y los pensadores del pasado lo sabían. Todos ellos eran lectores, aunque ninguno fue un lector presumido: ellos no esperaban elogios sino que se excusaban por consumir libros. “Indudablemente existe una manera correcta de leer, a la cual subordinarse con severidad”, escribió Emerson. Las personas pensantes “no deben ser dominadas” por sus “instrumentos”, esto es, por sus bibliotecas. Ellas deben ser sus amos. Deben medir el testimonio de sus libros contra el suyo propio, deben alternar su atención hacia el libro con una atención aún más apasionada y escrupulosa hacia el mundo que las rodea. “Los libros son para los tiempos muertos del estudioso”, dijo Emerson en una afirmación que hoy sorprendería a muchos estudiosos.

Este es el punto: hay dos dos maneras muy diferentes de usar los libros. Una es provocar nuestros propios juicios, y la otra, mucho más común, es volver innecesarios esos juicios. Si queremos alcanzar la primera, no podemos permitirnos ser aduladores de los libros como Moskowitz; tenemos que ser agresivos. Incluso una insinuación de idolatría debilita la mente. “Jóvenes sumisos crecieron en bibliotecas creyendo que su deber era aceptar las opiniones de Cicerón, Locke y Bacon, olvidando que Cicerón, Locke y Bacon solo eran jóvenes en bibliotecas cuando escribieron esos libros”, nos recordó Emerson cuando admitía estar en la mitad de su vida de hombre en una biblioteca.

Tal vez la mejor lección sobre los libros es no venerarlos o al menos no tenerlos nunca en una mayor estima que nuestras propias facultades, nuestra experiencia, nuestros pares y nuestros diálogos. Los libros no son el bien puro que las multitudes de las ferias nos presentan: podemos aprenderlo todo de un libro, o nada. Podemos aprender a ser atacantes suicidas, religiosos fanáticos o, incluso, partidarios de Donald Trump tal como podemos aprender a ser tolerantes, amantes de la paz y sabios. Podemos adquirir expectativas poco realistas del amor tanto y más fácilmente que unas expectativas realistas. Podemos aprender a ser sexistas o feministas, románticos o cínicos, utópicos o escépticos. Más alarmantemente, podemos entrenarnos para no ser absolutamente nada. Podemos flotar eternamente como palitos a la deriva en la corriente de los textos. Podemos ser tan pasivos como un espectador promedio del cine, tan antisociales como un niño refugiado en los videojuegos y al mismo tiempo más presuntuoso que ellos.

Esos son los peligros. Pero hay recompensas, y podemos encontrarlas si dispersamos la piadosa confusión que se está organizando alrededor de la cultura libresca. En sus mejores momentos, los libros son invitaciones a pelear, no llamadas a rezar. La consagración los injuria. Hacemos mejor al discutir con ellos que al acariciar sus lomos. Hacemos mejor al pelear con nuestros escritores como Jacob con el ángel que al adorarlos como a nuestros salvadores.

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Educación, Libros, Sociedad, Televisión

Confesar, adivinar y hacer las tareas

Rorschach9

“Everybody lies”.
Dr. House

Entrevista
La última vez que postulé a un trabajo me pidieron ser evaluado psicológicamente para conocer y predecir mi forma de ser. Me hicieron llenar una tabla con mis virtudes y defectos, me preguntaron cosas por escrito que luego desarrollé en una entrevista oral, completé series lógicas de líneas, triángulos y cuadrados, además del famoso test de Rorschach. Cuando la psicóloga me pidió describir la primera de sus diez láminas con manchas simétricas de acuarela, le comenté lo difícil que debía resultar tomar ese examen de manera genuina, considerando las recomendaciones que muchos entregan para triunfar en él. Ella recordó que claro, supuestamente no hay que ver monstruos, asesinatos ni murciélagos en las manchas, y cerró el tema diciendo que todo eso era mentira, que el test seguía funcionando si uno decía la verdad. Entonces describí lo que veía con la mayor honestidad posible, suponiendo que si ella me descubría un rasgo negativo para el trabajo al cual postulaba, era mejor identificarlo antes que después de haber firmado el contrato. Más tarde leí que la evaluación en el test de Rorschach va mucho más allá de la identificación de ciertos animales y que, por ejemplo, quien “desmenuce las respuestas con detallismo, buenos análisis, cuidado en la configuración de las respuestas, ajuste a las manchas, etc., también procederá así, muy probablemente, en el trabajo y en su vida en general” (Sainz y Gorospe, 30). Es posible que mi advertencia antes de rendir el test fuese registrada por la psicóloga como signo de que soy desconfiado o de que intento distanciarme de lo que todo el mundo sabe. Lo cierto es que disfruté el test porque me gusta describir e interpretar imágenes ante alguien que se interese en ello, algo que también debiese haber quedado en mi informe.

Días después me llamaron del trabajo, donde valoraron mis rasgos positivos y me preguntaron por los negativos. Aunque no dije nada esta vez, nuevamente me sentí tentado a mentir como lo podría haber hecho en el test de Rorschach, convirtiendo mis defectos en virtudes malinterpretadas. Opté por un equilibrio entre la negación de ciertos defectos y el compromiso de superar los otros, siempre dudando de mi honestidad. Las entrevistas laborales son difíciles porque uno debe cumplir con los a veces contradictorios objetivos de conseguir el trabajo y de mostrar quién es uno, como si nuestra verdadera identidad no mereciera tanto ser contratada. Son difíciles porque ni siquiera sabemos si nos conocemos tan bien. Como citaba Borges de Mark Twain, “nadie puede comunicar la verdad sobre sí mismo, ni tampoco ocultarla” (Bioy, 104). Quizás por eso el test de Rorschach sigue funcionando, por todo lo que no podemos ocultar.

Interrogatorio
Lo que me quedó dando vueltas es el problema de las situaciones en que decir la verdad parece una mala idea. Alain de Botton dice que todas las mentiras surgen así. “Cada vez que hay una mentira, hay dos personas. Está el mentiroso y la persona que ha establecido una situación en la que no se puede aceptar la verdad. Por eso se le miente. No tengamos una imagen tan demandante de lo que es ser una buena persona, que nos hará mentir cuando no podamos alcanzarla. La mentira no es solo un problema del mentiroso, sino también de su audiencia”.

Vi un lamentable ejemplo de esto en Making a murderer, un documental que Netflix ofrece en diez episodios de una hora cada uno. La historia es la de Steven Avery, un estadounidense que pasó 18 años en la cárcel por una violación que no cometió, según se supo en 2003 gracias a un examen de ADN que le entregó la libertad. Poco tiempo después de que él demandara a los responsables de este grave error, los mismos policías culparon a Avery de haber asesinado a Teresa Halbach, una joven desaparecida de 25 años. El documental indica las inconsistencias en la acusación y la debilidad de las pruebas en la creación del supuesto asesino de Halbach. Una de esas pruebas es la confesión de Brendan Dassey, un sobrino de Steven. La admirable recolección de material incluye la grabación de esa confesión, obtenida en un interrogatorio que dos detectives hicieron a Brendan, un joven de 16 años. La siguiente transcripción acelera un diálogo que en realidad es bastante lento, en gran medida por la timidez y las limitaciones intelectuales de Brendan.

Brendan

Detective 1: Vamos. Algo en la cabeza. ¿Brendan? ¿Qué más le hicieron? Vamos.
Detective 2: Lo que él te obligó a hacer, Brendan. Sabemos que te obligó a hacer algo más.
D1: ¿Qué fue? ¿Qué fue?
D2: Tenemos las pruebas, Brendan. Solo necesitamos que digas la verdad.
Brendan: Le cortó el pelo.
D1: ¿Le cortó el pelo? Bien. ¿Qué más?
D2: ¿Qué más le hicieron en la cabeza?
B: La golpeó.
D1: ¿Qué más? ¿Qué te hizo hacer?
Brendan: Cortarla.
D1: ¿Cortarla dónde?
B: En la garganta.
D1: ¿Le cortaste la garganta? ¿Qué más le pasó en la cabeza?
D2: Es muy importante que nos lo digas para que te creamos.
D1: Vamos, Brendan. ¿Qué más?
D2: Ya lo sabemos. Solo necesitamos que nos lo digas.
B: Es lo único que recuerdo.
D1: Bueno, voy a preguntártelo directamente. ¿Quién le disparó en la cabeza?
B: Él.
D1: ¿Por qué no lo dijiste?
B: Porque no lo recordaba.

(Making a murderer, episodio 3, 53:14 – 55:33)

Los acusantes y la familia de Teresa Halbach consideran que este diálogo demuestra la participación de Brendan en el asesinato, aunque después no se hubiesen encontrado pelos cortados ni sangre derramada en el lugar de los hechos relatados. Los defensores coinciden con lo que Brendan dice a su madre en una conversación telefónica, que ese relato es falso y que él solo intentaba adivinar lo que los detectives querían escuchar.

Mamá: Brendan, no inventas algo así a menos que haya pasado. ¿O es verdad que él la mató?
Brendan: No que yo sepa, te lo dije. Pudo hacerlo, pero no conmigo.
M: Sé sincero, ¿dices la verdad?
B: Sí.
M: ¿No tienes nada que ver con esto?
B: No.
M: No me mientas, Brendan.
B: No miento.
M: No entiendo. ¿Por qué dijiste toda esa mierda si no es cierta? ¿Y cómo se te ocurrió?
B: Adivinando.
M: ¿Cómo que adivinando?
B: Lo adiviné.
M: No se adivina algo así, Brendan.
B: Pero eso hago también con mis tareas escolares.

(Making a murderer, episodio 4, 36:46 – 37:34)

Aquí el problema se volvió relevante para lo que hago como profesor de colegio, que incluye hacer preguntas y dar tareas como las que Brendan resolvía adivinando. Me preocupa porque me parecería pésimo tener alumnos que respondan como Brendan, renunciando a pensar por su cuenta para adivinar mis pensamientos y escribirlos con el fin de obtener una buena nota. Creo que gran parte de la educación funciona así. Los estudiantes aprenden qué quiere el profesor y se lo entregan en las evaluaciones. Supongo que esa es una de las críticas que se hacen a las pruebas estandarizadas como el Simce y la PSU. Los alumnos dejan de pensar por su cuenta para adivinar la alternativa más correcta en las pruebas. El ejercicio no es completamente inútil. También es valiosa la capacidad de ponerse en el lugar del otro y decirle lo que quiere oír. La cordialidad podría consistir en eso (aunque el diccionario la asocie también a la sinceridad). Es una capacidad valiosa pero limitante. Jacques Rancière identifica el problema con precisión: las preguntas de respuestas adivinables son atontadoras porque son falsas. Las preguntas del mundo real no tienen respuestas correctas preestablecidas, sino que las hace quien desea aprender lo que desconoce. “Quien quiere emancipar a un hombre debe preguntarle a la manera de los hombres y no a la de los sabios, para ser instruido y no para instruir. Y eso sólo lo hará con exactitud aquél que efectivamente no sepa más que el alumno, el que no haya hecho antes que él el viaje, el maestro ignorante” (20). Por eso falla el interrogatorio a Brendan Dassey, porque los detectives esperaban una respuesta que ya conocían. Por eso él se adapta correctamente a la situación cuando intenta adivinar. ¿Algo en la cabeza? ¿Qué se le hace a las cabezas? ¡El pelo! A las cabezas se les corta el pelo. ¿Otra cosa? ¡El cuello! Las cabezas se pueden cortar por el cuello. Hasta que los detectives, igual que maestros atontadores, revelan la respuesta que esperaban, sin que ella surgiera de Brendan, negándole su emancipación. Esto será inmediatamente literal cuando encierren al interrogado en la cárcel.

Terapia
Tengo un último caso para compartir, uno donde se mezclan el colegio y la evaluación psicológica. Aparece en La broma infinita de David Foster Wallace, que afortunadamente no necesito resumir aquí. Así que empiezo de golpe, casi sin contexto. Cuando Hal Incandenza encontró a su padre muerto en casa, con la cabeza reventada por haberla metido a un microondas, fue sometido a una terapia psicológica basada en el supuesto de que él había quedado traumado por ver esa cabeza “reventada como una patata sin cortar” (294). El terapeuta era un hombre duro e insaciable que le preguntaba “¿cómo te sentiste, cómo te sientes, cómo te sientes cuando te pregunto cómo te sientes?” (290). Para sacárselo de encima, Hal fue a la biblioteca y leyó libros de psicología sobre la muerte y el duelo, especializándose en la aceptación. “El terapeuta no me aceptó nada de esto. Fue como uno de esos exámenes finales de las pesadillas, para los que te preparas de forma inmaculada y finalmente, al llegar allí, todas las preguntas te las hacen en hindú” (290). Hal estaba tan obsesionado, que empezó a dormir mal y a perder peso. “El terapeuta me felicitó por el mal aspecto que tenía” (291). Todos se alegraban creyendo que Hal finalmente experimentaba el duelo por la muerte de su padre, cuando lo cierto es que sufría por no poder liberarse del psicólogo. Cuando pidió ayuda a una especie de gurú, descubrió que había estado enfocando el asunto desde un ángulo equivocado. “Había ido a la biblioteca y actuado como un estudiante del dolor. Lo que necesitaba estudiar era a los mismísimos profesionales” (292). Tenía que identificarse con el terapeuta para saber lo que esperaba de él, a semejanza de un alumno que dejara de estudiar su asignatura para especializarse en su profesor.

Hal partió a la sección dedicada a las terapias en una biblioteca y al día siguiente volvió renovado donde el terapeuta. “Lo que hice fue presentarme hecho una fiera. Le acusé de inhibir mi esfuerzo por procesar mi dolor al negarse a validar mi falta de sentimientos. Le dije que ya le había dicho la verdad. Dije tacos y palabras malsonantes. Le dije que me importaba un rábano si era o no una figura de autoridad con una abundante cosecha de credenciales. Le dije que era un mierda. Le pregunté qué carajo pretendía de mí. Mi comportamiento fue paroxístico. Le dije que le había dicho que no sentía nada, lo cual era verdad. Le dije que parecía que él quería que yo me sintiera tóxicamente culpable por no sentir nada. Date cuenta de que yo introducía sutilmente ciertos términos de gran peso profesional en la terapia de dolor, como «validar», «procesar» y «culpa tóxica». Los saqué de la biblioteca” (292-293). El terapeuta lo alentó a continuar con esa furia y Hal le gritó que no era culpa suya haber tenido que entrar a la casa justo cuando su padre había muerto ni que el olor a cerebro reventado le hubiese despertado el apetito. El psicólogo lo absolvió de la terapia y Hal pudo recuperar su vida normal.

La entrevista laboral y la terapia psicológica son muy distintas a un interrogatorio que busque incriminar a un sospechoso. Mientras las primeras dos buscan conocer a la persona estudiada para contratarla o ayudarla, el interrogatorio no se interesa tanto en el individuo como en la información que él pudiese entregar. Por eso es grave que los sistemas de evaluación escolar se parezcan a un interrogatorio, porque vuelven a los estudiantes un elemento secundario ante la información que manejen. El modelo debiese ser la terapia psicológica, donde la evaluación diagnostica un caso que podría mejorar con la ayuda de un especialista. Como se ve en las situaciones recolectadas, las distinciones no son tan simples porque los sujetos estudiados pueden tener la misma sensación en la entrevista laboral, la terapia psicológica, el interrogatorio incriminatorio y la evaluación académica. Esta sensación es la de una exigencia tan fuerte, que se termina actuando de manera deshonesta por agradar al otro. Eso dificulta lograr los objetivos de las cuatro situaciones y anula al sujeto estudiado, alguien con una imagen tan negativa de sí mismo que prefiere falsear su mundo interior. ¿Qué habría que hacer? Aunque no sé de qué manera, lo ideal sería conseguir situaciones donde la figura examinadora, ya sea el psicólogo, el detective o el profesor, transmitan la empatía necesaria para que el sujeto estudiado se atreva a mostrarse como realmente cree ser. Al menos la psicóloga laboral logró eso conmigo. Me sentí tan en confianza, que le conté todo lo que yo pensaba sobre mí como trabajador. Ahora, cuando empiece a trabajar, iré confiado porque sé que no contrataron a un personaje que inventé en la entrevista, sino a la persona que creo ser.

Fuentes impresas
Bioy, Adolfo. Borges. Edición minor. Barcelona: Backlist, 2010.
Foster Wallace, David. La broma infinita. Barcelona: Mondadori, 2011 (Google Libros).
Sainz, Francisco Javier y Gorospe, Lourdes. El test de Rorschach y su aplicación en la psicología de las organizaciones. Barcelona: Paidós, 1994 (Google Libros).

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Abismarse a leer la vida misma

Ana lectora

Cuando Alexis Alejandrovich, el marido de Ana Karenina en la novela de Tolstói, descubre la posibilidad de que ella le esté siendo infiel, la novela dice que él “se veía cara a cara con la vida, afrontaba la posibilidad de que su mujer pudiese amar a otro y el hecho le parecía absurdo e incomprensible, porque era la vida misma” (176). Con este fragmento se deduce que los temas de Ana Karenina, el amor y el adulterio, son “la vida misma”. Páginas antes se dijo que según Ana, su marido, “muy competente en materia de política, filosofía y religión, no entendía nada de letras ni bellas artes” (139). Esto explicaría su dificultad para comprender la posible infidelidad de Ana.

Tras decir que Alexis no entiende “la vida misma”, su situación se explica metafóricamente: “Ahora experimentaba la sensación del hombre que, pasando con toda tranquilidad por un puente sobre un precipicio, observara de pronto que el puente estaba a punto de hundirse y el abismo se abría bajo sus pies. El abismo era la vida misma, y el puente, la existencia artificial que él llevaba. Pensaba, pues, por primera vez en la posibilidad de que su mujer amase a otro y este pensamiento le horrorizó” (176-177). Lo interesante de esta imagen del puente y el abismo, es que coincide con una frase muy breve que describe el acto de la lectura cuando Ana se dispone a realizarlo en un tren donde va muy distraída: “Era difícil abismarse en la lectura” (125). Si la lectura ideal es dejarse caer por un abismo, lo contrario es la existencia artificial que llevan personas como Alexis Alejandrovich. Por no leer literatura, él permanece en el puente artificial que lo mantiene seguro del abismo que la literatura ofrece para acceder a la vida misma. Luego reaparece el abismo en la mente de Alexis: “Por primera vez se imaginó la vida personal de su mujer, lo que pensaba, lo que sentía… La idea de que ella debía tener una vida privada le pareció tan terrible que se apresuró a apartarla de sí. Temía contemplar aquel abismo. Trasladarse en espíritu y sentimiento a la intimidad de otro ser era una operación psicológica completamente ajena a Alexis Alejandrovich, que consideraba una peligrosa fantasía tal acto mental” (178). Esto, exactamente esto, es la literatura. Darse cuenta de que las otras personas tienen una vida propia, que podemos conocer por medio de un ejercicio imaginativo. Quien no lee literatura no se atreve a lanzarse a ese abismo que más que la literatura y la vida misma son las otras personas. En ellas está la vida y lo literario. En ellas, en las otras personas, está el peligro de caer desde nuestro seguro puente de egoísmo.

Edición citada
Tolstói, Lev. Ana Karenina. Madrid: Espasa, 2010.

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Relatos Huachos (Víctor Hugo Ortega)

Relatos Huachos

“Enzo”, el penúltimo de los Relatos Huachos (2015) de Víctor Hugo Ortega, promete confirmar “la teoría que dice que las historias felices son menos interesantes que las historias infelices” (92). Aparenta coincidir con Aristóteles cuando considera “necesario que un argumento bien articulado […] no ha de pasar de la desdicha a la dicha, sino por el contrario, de la dicha a la desdicha” (1453a), pero veremos que es muy diferente. La demostración de Ortega se basa en la comparación de dos historias o dos versiones de una misma historia.

Después de elogiar la película Ladrón de bicicletas, que es inmortal porque “todos los miedos del hombre están representados” (87) en su primera escena y porque “aquel niño italiano nos representa en el descubrimiento de lo crudo que puede llegar a ser el mundo” (87), se anuncia el inicio narrativo. “Este cuento relata la historia de un joven chileno de 25 años, Sebastián Cáceres Riquelme” (88), de quien se informan sus gustos, lugar de residencia y familiares directos. Una noche de junio, mientras espera que una tetera hierva, Sebastián empieza a buscar famosos en Facebook. Busca a la nieta del Che Guevara, a Gary Medel y a Enzo Staiola, el actor que hacía de niño italiano en Ladrón de bicicletas. Obviamente, el más importante es el tercero, que no acepta la solicitud a pesar de ser muy activo en la red, según se ve por sus habituales publicaciones de fotos y estados. Sebastián termina suponiendo que Enzo no acepta a cualquier persona en Facebook. Un día cuenta esta historia a sus amigos y dice que si Enzo lo aceptara “le diría que es un crack, que su personaje es inmortal y que la escena cuando le pegan a su papá y él llora, es lo más triste que ha visto en la vida” (92). Después se agrega algo muy raro, porque justo cuando se explicó lo que Sebastián haría si lo aceptaran en Facebook, se dice que “el misterio no tiene nada que ver con la respuesta de Enzo, sino sólo con el deseo de Sebastián” (92). Es raro porque el misterio acaba de ser revelado, si es que tan poca cosa merece llamarse revelación.

Esa es la historia infeliz, la interesante según el cuento. La otra empieza casi igual, con Sebastián buscando famosos en Facebook mientras hierve agua en una tetera. Lo nuevo es que luego de pasar dos horas escuchando música y tomando té, el actor acepta la solicitud de amistad y saluda por chat. Sebastián le cuenta sobre los fans chilenos de Ladrón de bicicletas y Enzo responde que es un gusto ser amigo de un chileno en Facebook. Pasa el tiempo y hablan de cine, fútbol y mujeres. Incluso juegan Candy Crush y Texas Holdem Poker. Al final se dice algo sobre la importancia de las redes sociales “para superar distancias de todo tipo” (96).

Es aceptable suponer que la segunda versión es más feliz que la primera porque solo en ella Sebastián consigue la comunicación que desea. Lo cuestionable es que la versión infeliz sea más interesante que la feliz. Quizás Ortega se esforzó más en el cuento infeliz, se interesó más como escritor porque tuvo que narrar un tiempo en el que no pasaba nada más que el tiempo, algo más difícil de imaginar que los sencillos diálogos entre Enzo y Sebastián. Personalmente, la parte que más me interesa es la de los juegos por Facebook. Me agrada imaginar a un viejo italiano de 79 años que juega Candy Crush con un chileno de 25 a quien no conoce personalmente. Lo encuentro gracioso y más interesante que lo otro, la típica experiencia de no recibir una respuesta por internet. Pero todo esto es discutible.

Lo que sí me parece claro es que ninguna de las dos historias es aristotélica y que por eso ninguna de las dos es demasiado interesante. Aristóteles define como límite para la representación de una trama “una extensión que permite al héroe pasar por una serie de probables o necesarias etapas de la desdicha a la felicidad, o de la felicidad a la desdicha” (1451a). Y el problema en el cuento de Ortega es ese, que su extensión le impide mostrar un paso entre la felicidad y la desdicha porque solo muestra uno de esos dos estados en cada versión de la historia. Los cuentos interesantes no son felices ni infelices, sino que pasan por ambos estados. Por ejemplo, hubiese sido interesante que Enzo aceptara la solicitud de amistad cuando Sebastián ya hubiese perdido la esperanza, cuando se sintiera desdichado. No digo que hubiese sido un gran cuento, pero al menos habría cumplido con las expectativas que uno tiene como lector tradicional de cuentos. Podría haber añadido una excusa anecdótica, como que el nieto que le enseñó a usar Facebook nunca le mostró la posibilidad de aceptar solicitudes de amistad, junto a la bandeja de entrada y las notificaciones. Esto hubiese evidenciado la diferencia entre los interlocutores. Enzo no solo habría estado geográfica y etariamente lejos, sino también distante por su grado de conocimientos tecnológicos. Entonces habría venido la felicidad, únicamente sensible gracias al contraste con la desdicha previa. A esto se refiere Sócrates cuando dice que “el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables” (Fedón, 60b). Por eso siente placer cuando le quitan unas cadenas de las piernas, porque ya no siente dolor.

Más que el cambio, lo que interesa es la sorpresa, la revelación. El aristotélico Robert McKee indica un gran principio: “lo que parece no es lo que es. Las personas no son lo que parecen. […] Cuando la caracterización y la verdadera personalidad son iguales, cuando la vida interior y la imagen externa son como un bloque de cemento, de una única sustancia, el personaje se convierte en una lista monótona y predecible de comportamientos” (El guión, II, 5). Ese es el problema de Sebastián, que resulta ser “un chileno [tan] común y corriente” (88) como el cuento lo presenta desde el principio. Esta falta de cambios no afecta únicamente al personaje, sino también a los comentarios sobre Ladrón de bicicletas. Un hombre de cincuenta años opina eso de que la película es inmortal porque muestra los miedos y lo crudo del mundo. Un joven que lo escucha “dice que no había pensado la escena desde esa perspectiva” (87) y agrega que “quizás ahí está el misterio de por qué algo que se crea en 1948 se mantiene intacto el 2015” (88). Con nuevas palabras, repite lo del hombre mayor, que la película es inmortal. Hubiese sido interesante conocer la otra perspectiva desde la cual pensaba antes esa escena, aunque uno sospecha que en realidad nunca pensó nada. Cuando alguien tiene ideas propias se demora más en aceptar las ajenas. El narrador dice mirar y escuchar la conversación. “Luego investigo y reveo la película. Hacia el final del proceso coincido con ellos. Sí. Creo que todos los miedos del hombre están representados en esa escena” (88). ¿Por qué investiga? ¿Para qué vuelve a ver la película? Solo para estar de acuerdo, para opinar exactamente lo mismo que las dos voces previas.

Me demoro en este cuento porque creo que revela algo presente en otros del libro. Por ejemplo, “Darín” muestra a un par de amigos que toman en un bar del barrio Yungay y conversan sobre el actor Ricardo Darín. Intercambian opiniones graciosas, como que los personajes del actor son tan parecidos, que aunque él aparezca en una película rusa “sería el mismo Darín de siempre. Pese al idioma se las arreglaría para decir algo como: ‘qué hacés pelotudo de mierda’” (21). Después se integra alguien de otra mesa gritando “¡Aguante Darín huacho!” (21) y comenta sus escenas favoritas. Dos veterinarias se acercan diciendo amar “más a Darín que a los perros” (23). Se une el garzón del bar y al grito de “¿les gusta Ricardo Darín?” (23) llegan más personas hasta sumar veintidós. Solo una mesa del fondo, con unos gringos, se queda aparte. “Estos hueones son puro Hollywood po loco, no cachan ni una hueá” (24), dice uno de los amigos. Hay una reflexión sobre las chilenas, que sacadas a bailar en una fiesta por alguno de los actores más bacanes de Hollywood seguirían respondiendo: “no, estoy bailando con mi amiga” (25). Al final alguien dice que mandará un mail a Darín, contándole sobre los veintiséis borrachos que le rindieron un homenaje en un bar chileno.

Primero está la coincidencia de opiniones. ¿Cómo tanto acuerdo? ¿Cómo es que ningún fanático reconoce algún defecto de Darín para discutirlo? Casi hay algo así en la idea de que el actor siempre hace el mismo personaje, pero se afirma sin dudas que “en el caso de él es una alabanza” (21). La única diferencia la ofrecen los gringos, pero nadie habla con ellos por asumir que prefieren el cine hollywoodense. Se calla la posibilidad de una disidencia porque se la entiende desde un prejuicio, sin considerar la opción de que los gringos se queden aislados por un tema lingüístico. Podrían ser fans de un Darín subtitulado o a lo mejor les gustaría si lo conocieran, pero no han accedido a sus películas porque no llegaron a sus cines. De este acuerdo surge el otro problema, ya indicado en “Enzo”. “Darín” no tiene ninguna sorpresa. Cuenta un hecho extraño, que demasiados admiradores de un actor coincidieron en un mismo bar sin ponerse de acuerdo, pero no hay ningún giro. Incluso es posible que todos en el mundo del cuento, incluyendo a los gringos, los japoneses y los extraterrestres, sean fans de Ricardo Darín. El tema es qué se hace con esos fans, qué les pasa después de encontrarse. Según el cuento, terminan como el Sebastián de “Enzo”: sienten ganas de comunicar su fanatismo al actor que admiran.

Eso está muy bien. Cada personaje es libre de hacer lo que quiera, pero otra cosa es el autor. Ortega parece no dirigir sus textos al lector, sino a las celebridades que admira. Lo dice al final de “Enzo”: “En el cuerpo y en el desarrollo de este cuento no hay un final feliz. No hay un objetivo cumplido. No hay héroes ni antihéroes. Sólo hay expectación. Y claro, el deseo de que algún día llegue una respuesta desde Italia” (97). Podemos desprender cierto antiaristotelismo en la negación de un héroe o antihéroe, aunque solo el primer concepto aparece en la Poética y como algo menos importante que la acción (1451a). Quizás sean intencionales muchos de los aspectos que he criticado hasta aquí, pues Ortega afirma que los cuentos de este libro se permiten algunas licencias porque tienen algo de experimentales. En ese sentido, lo que a la luz de Aristóteles parece negativo, podría ser positivo si lo que se busca es arriesgarse a lo nuevo, contrario a la tradición. No obstante, como el lector tradicional que creo ser, observo el siguiente defecto, avalado por Aristóteles cuando dice que la literatura “debe representar una acción, un todo completo” (1451a). El cuento no termina en el último párrafo, sino que queda en expectación, como una especie de final abierto. Lo malo es que esa apertura no se dirige al lector, sino al autor, que parece haber escrito el cuento con el mismo objetivo que Sebastián y los borrachos del bar: comunicarse con un actor famoso. Esa es la verdadera historia en estos cuentos, la de un escritor que trabaja para comunicarse con sus ídolos artísticos. De ahí pueden surgir los conflictos que no encontramos en los relatos. Ortega cree en el valor de ese encuentro, según afirma en una nota de la última página, donde cuenta que su libro no está en librerías porque “se vende mano a mano, a la antigua, recuperando ese ritual del diálogo entre el lector y el escritor, entendiendo que en ese vínculo aparece una nueva historia” (108). Lo dicho hasta aquí se basa en el contenido de un libro donde las historias no son interesantes. Habría que esperar las otras, las del autor que inventa cuentos para acercarse a sus artistas favoritos, para que dejen de ser discriminados como incompletos o huachos.

En síntesis, los Relatos Huachos fallan porque no tienen sorpresas ni conflictos y porque no son un fin en sí mismo, sino un medio del autor para conocer a sus artistas favoritos. De todos modos, existe la posibilidad de que todo esto no sean errores sino innovaciones intencionales que yo, como lector tradicional, soy incapaz de valorar.

El libro se consigue por 8 mil pesos escribiendo a relatoshuachos@gmail.com

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Libros, Periodismo

Golborne, un catalejo para acercar al Cid

Un catalejo

En 1654, el italiano Emanuele Tesauro publicó El catalejo aristotélico, un extenso tratado de retórica barroca. El título se refería a una invención tecnológica reciente cuyo nombre en español indica su utilidad: catar o mirar desde lejos. La referencia a Aristóteles se debe a que el catalejo “tiene la fuerza de atraer lo lejano y de alejar lo cercano, al igual que la operación de la metáfora aristotélica”, según indican Molina y Chiuminatto (28). El título es bastante más complejo, como demuestra Mercedes Blanco en su análisis del grabado que antecede al texto de Tesauro, pero aquí me bastarán las ideas de que la metáfora acerca lo lejano y de que Tesauro realizó el mismo movimiento en el título de su obra, al acercar al lejano Aristóteles con lo que en su tiempo fue la cercana herramienta del catalejo.

Como profesor de Lenguaje en Enseñanza Media, tengo la misión de acercar textos que a mis estudiantes les parecen lejanos. Les busco y entrego catalejos intentando no usarlos por ellos, para que sean sus ojos los que descubran esos gustitos que ofrece la literatura distante. Hace poco llevé al tercero medio un catalejo que había armado hace tiempo para leer el Cantar de Mío Cid. Como el del título de Tesauro, se trata de una analogía. Para acercar un poema demasiado viejo, lo comparé con un relato audiovisual publicado en enero del 2013, el video “Es posible”, que Laurence Golborne usó para presentar su campaña presidencial en Chile.

La clave me la dio un texto de Leo Spitzer sobre el Cantar de Mío Cid, donde se describe “la trayectoria ascendente de la vida exterior del héroe” (105). Spitzer afirma que el Cantar mezcla elementos ficticios e históricos para construir una trayectoria que lleva al Cid de “caballero-bandido a reconquistador de Valencia” (104). Esto, porque el ejemplar caballero medieval que fue el Cid empieza desterrado por el rey, probablemente porque lo acusan de haberle robado. Como no tiene nada y nadie se atreve a ayudarlo, se siente obligado a robar dinero: “Me lo he de procurar a la fuerza, ya que de voluntad no me lo han de dar” (v. 84). Entonces idea un engaño contra unos judíos. Les pide un préstamo de dinero dejando en prenda unas arcas aparentemente llenas de oro, aunque solo tienen arena. Después el Cid gana batallas y seguidores, hasta conseguir un logro significativo: la conquista de Valencia. Su ascenso continuo le permite recuperar el amor del rey, enriquecerse, ser honrado por todos y casar a sus hijas. Entonces viene la afrenta de Corpes, cuando esas hijas son maltratadas y abandonadas por sus malos maridos, los infantes de Carrión. Spitzer observa la genialidad de este punto, que precipita al Cid en el mayor sufrimiento “para hacerle subir, al final del poema, a más alto estado” (103), cuando termine siendo padre de reinas, gracias al segundo matrimonio de ellas.

El texto de Spitzer me sirvió para captar el orden de un relato que me parecía confuso. Entonces me acordé de Golborne, que en ese tiempo todavía era candidato a presidente de Chile, y que en su campaña se presentaba como alguien que gracias a su esfuerzo personal había conseguido ascender desde la familia de un ferretero en Maipú hasta la candidatura presidencial. En principio, la comparación se basa solo en el siguiente video, aunque algunos hechos posteriores me permitirán extender la analogía:

Con lo dicho hasta aquí la semejanza más clara está en el esquema ascendente, que podemos simplificar en cuatro momentos. En el caso del Cid son el destierro, la conquista de Valencia, la afrenta de Corpes y los matrimonios que vuelven al Cid un padre de reinas. El destierro es comparable con que Golborne sea un hijo de ferretero, una manera de decir que partió desde muy abajo, incluso fuera del centro de poder santiaguino al marcar que la familia es de Maipú. La conquista de Valencia es un logro personal del héroe, tal como lo son los cargos de gerente corporativo y de ministro en el político chileno. La campaña política no ofrece ningún momento genial como el observado por Leo Spitzer en la afrenta de Corpes: Golborne no tiene grandes dificultades que afecten a su honra personal. No en el video, pero sí públicamente en abril del 2013, cuando la Corte Suprema condenó a la empresa de la cual era gerente por realizar cobros unilaterales a sus clientes. Cuatro días después, la prensa nacional lo acusó de haber omitido en su declaración patrimonial una sociedad en las Islas Vírgenes Británicas, donde participaba por unos 1.400 millones de pesos. Estas dificultades, que recuerdan al robo al rey del cual habrían acusado al Cid antes del destierro, fueron insuperables por Laurence Golborne. Su ascenso fue interrumpido por estos cuestionamientos a su honra sin permitirle un final feliz como el del Cid, cuando sus hijas se casaron con los representantes de Navarra y Aragón volviéndose reinas. El final de Golborne fue su renuncia a la candidatura presidencial, seguida de una derrota como candidato a senador por Santiago Oriente. Curiosamente, mientras el final feliz del Cid es compartido con el de sus hijas, el fracaso de Golborne es compartido con su hija Ignacia, que tampoco resultó electa como diputada en esas mismas elecciones.

Hay otros elementos en común. Primero, la tierra de origen es presentada como un obstáculo en ambos héroes. Sobre Golborne se dice: “es posible que un niño nacido en Maipú pueda superar todo tipo de barreras y salir adelante”. Se insinúa una discriminación sobre la gente de Maipú, que en el Cid es explícita sobre Vivar, su aldea de origen. Los infantes de Carrión dicen: “No nos atrevemos a casarnos con sus hijas porque el Cid es de la aldea de Vivar y nosotros somos todos unos condes de Carrión” (v. 1376). Así la nobleza antigua de los condes cuestiona la nobleza más nueva del Cid, más debida al mérito que a la sangre.

Segundo, en el video se admira la capacidad de Golborne para “estudiar una carrera y al mismo tiempo hacer familia, tener hijos y ser el mejor egresado”. Esto recuerda la compatibilidad del Cid entre su vida como líder de un ejército y padre de familia. En un momento incluso da a entender que gana batallas por el bien de su familia. Dice a su mujer: “Vos, doña Jimena, mujer mía muy honrada y querida, y entrambas hijas, que son mi corazón y mi alma, entrad conmigo en el pueblo de Valencia, heredad que para vosotras he ganado” (vv. 1604-1609).

En tercer lugar está la intervención divina que ambos reciben. La publicidad dice que el rescate a los mineros fue liderado por Golborne “en un momento en que todo era imposible y contra toda esperanza, [logrando que] los chilenos viviéramos un milagro”. Quizás lo del milagro no sea más que una expresión, pero de eso se trata este análisis, de las expresiones que usan los relatos sobre hombres ejemplares. El Cid reza constantemente a Dios, quien le responde a través de un sueño, donde el ángel Gabriel le dice: “todo te ha de salir bien mientras vivas” (v. 409). Como si recordara ese sueño, el Cid dice más adelante que “nuestras cosas han ido siempre adelante gracias a Dios” (v. 1118). Los héroes no logran lo imposible por sí solos, sino que se apoyan en lo milagroso y lo divino.

Me interesa muy poco quién es el verdadero Laurence Golborne, tal como tampoco quiero saber quién fue el Rodrigo Díaz de Vivar histórico. Mi enfoque se basa en el planteamiento de Leo Spitzer, cuando señala que los elementos ficticios del Cid no son inoportunos, “sino fundamentales en la fabulación del Cantar, que sirven para poner de relieve la trayectoria ascendente de la vida exterior del héroe” (105). Al comparar la retórica de un video publicitario con la de un cantar que mezcla historia y ficción, se insinúa que las trayectorias ascendentes necesitan elementos ficticios para funcionar. Esto no significa que la campaña de Golborne mienta, sino que ordenó elementos probablemente reales en un esquema medieval, buscando comunicar que su protagonista es tan ejemplar como otros personajes de ese mismo esquema. La propuesta falla porque está en una campaña publicitaria mandada a hacer por su protagonista, a diferencia del Cid que no mandó a escribir su relato, sino que lo hicieron los cantores populares por iniciativa propia. Quizá el relato definitivo sobre Golborne termine siendo la película Los 33, una ficción que se reconoce como tal, donde otros contarán su historia con el mismo objetivo que los juglares medievales: ganar dinero por entretener al público.

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Libros

Dos Novecentos

La caja

“Uno lee porque cree en ciertas cosas,
porque tiene ciertas hipótesis”.
Ricardo Piglia

Novecento fue mi primer libro favorito. Otros me habían gustado antes, habían sido importantes para mí, pero el de Alessandro Baricco fue el primero en hablarme directamente, no solo porque pude identificarme con un personaje, sino porque fui yo el que hizo que me hablara. Lo leí dos veces, una en mi último año de colegio y otra en mi primer año de universidad, y fue como leer dos libros que me interpelaron de maneras totalmente diferentes. Fue como dar dos respuestas al mismo enigma donde un oráculo había cifrado mi identidad. Comparto mi experiencia porque los enigmas nunca son tan personales.

En mi primera lectura, Novecento fue la biografía de un artista genial. Yo estaba en cuarto medio, buscando una vocación profesional, buscando creer que esa vocación existía, y Novecento me vino perfecto. La solución que yo me daba a ese problema, la que más me gustaba, es que yo era un artista. La lectura de Novecento me arreglaba todo el asunto de la vocación porque cuenta la historia de un hombre que no solo es artista sino que está destinado a serlo. Su protagonista se llama Novecento porque lo encuentran en el año 1900. Aparece en un barco, el “Virginian”, dentro de una caja sobre el piano de cola, en el salón de baile de primera clase. Lo encuentra un marinero que lo adopta y muere pocos años después, cuando el niño ya tiene ocho. “No tenía patria, no tenía fecha de nacimiento, no tenía familia. Tenía ocho años: pero oficialmente no había nacido”. Cuando quisieron bajarlo del barco, Novecento desapareció. Tuvieron que abandonar el puerto y, en la segunda noche, el contramaestre despertó al capitán para que lo acompañara al salón de baile de primera clase. Las luces estaban apagadas, la gente en pijama, todos en silencio, mirando a Novecento. “Estaba sentado en el taburete del piano, con las piernas colgando, sin tocar el suelo. Y, como hay Dios, que estaba tocando”. Después el niño crece y, sin bajar nunca del barco, se vuelve un pianista genial, uno que toca músicas inexistentes, a quien la banda le pedía antes de cada presentación: “Por favor, Novecento, solo las notas normales, ¿de acuerdo?” Uno que incluso le gana en un duelo a Jelly Roll Morton.

El tema del destino aparece desde que encuentran a Novecento sobre el piano de cola. Él no saldrá nunca de esa cajita, que luego será el barco, ni de ese instrumento. Después está ese hecho inexplicable del niño que toca el piano de noche. ¿Cómo aprendió? ¿En qué momento? Eso no interesa en el libro, que nunca se pregunta por el proceso que lleva a un hombre a dominar un arte. Eso me sorprende ahora. Pienso que esa debió haber sido la pregunta importante cuando estaba en cuarto medio. ¿Cómo se descubre la vocación, el destino, el sentido de una vida? Omitiendo eso, yo preferí creer en la magia de una vida ordenada, predeterminada, que funcionaría como un acceso a otras vidas. “Quizá no había visto nunca el mundo. Pero hacía veintisiete años que el mundo pasaba por aquel barco, y hacía veintisiete años que él, desde aquel barco, lo escrutaba”. Esta es una idea en la cual sigo creyendo, como indica la Sola Ventana en el nombre de este blog. Lo que ha cambiado es la creencia de que uno nace parado en una ventana por la cual solo faltaría abrir los ojos para poder mirar. La dificultad no está ahí, sino antes, en la elección y construcción de esa ventana. Encuentro importante decirlo porque veo mucha invitación a soñar en grande, a cumplir esos sueños, y muy poca a definir esos sueños. Quizás sea porque una búsqueda de ese tipo produce relatos demasiado extensos o confusos, con personajes que no saben lo que quieren, como Levin en Anna Karenina, o que no saben cómo realizar la vaga idea de lo que quieren, como Oliveira en Rayuela. Lo contrario es el relato clásico, trabajado por películas de Disney como Frozen y El Rey León. En ambos casos aparece el conflicto de un rey que se aleja, Elsa y Simba en cada película. ¿Por qué nos importa el regreso de esos reyes si creemos en la democracia? ¿No sería mejor organizar unas elecciones con leñadores del hielo y animales de la selva como candidatos? Aquí hay un mensaje para los niños del mundo: eres importante, irreemplazable, eres como un rey. También está la idea del destino: debes ser quien eres desde que naciste. Aunque quieras irte a cantar a la montaña blanca o a la tierra del Hakuna Matata, algún día tendrás que regresar a cumplir tu destino de rey. Borges dijo al recibir el Premio Cervantes que “un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal”. Yo leí Novecento con una idea semejante. No fui Rey, pero pude ser Artista. Es bonito que Borges diga eso en un discurso que lo acerca a quien da el premio, pero es mentira. El destino no existe, nunca es tan claro ni hay que encontrarlo porque debemos inventarlo. La primera persona en presente de los verbos “creer” y “crear” son la misma palabra: “creo”. El destino es así. Uno lo crea y después decide creer en el él. Así puede aceptarlo y cumplirlo. Pero Novecento no dice exactamente esto. Yo lo leí así porque necesitaba confirmarlo.

“Despierta. Aquí dice que yo tenía razón en lo que te dije”.

Al año siguiente entré a estudiar Dirección Audiovisual para volverme un artista del cine. Entonces leí Novecento por segunda vez y ya no me pareció un libro sobre un destino artístico, sino sobre el cambio, sobre el miedo a cambiar. Desde la primera lectura me gustó la parte donde se narra la caída de un cuadro. “¿Qué es lo que le ocurre a un clavo para que decida que ya no puede más? […] Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque sino puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra”. Ahora pienso que ahí también está la idea del destino, porque supuestamente el cuadro se pone de acuerdo con el clavo para caer en una fecha exacta. Ese momento está definido desde siempre, igual que cuando alguien será el primero en ver América desde un barco, según Novecento. “Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar”. Pero no creo haber notado esto en mi primera lectura, sino que los grandes cambios son inexplicables. En mi segunda lectura agregué que esos cambios son importantes y, para algunos, muy difíciles de cumplir.La ciudad

La historia de los cuadros prepara el momento en que Novecento bajará del “Virginian”. Anuncia un cambio que no llega a producirse porque cuando el pianista pisa el tercer escalón que lo llevaría a tierra, descubre que nunca será capaz de ver el fin de un mundo demasiado grande para él. El piano tiene ochenta y ocho teclas, dice. “Tú eres infinito, y con esas teclas es infinita la música que puedes crear”. El mundo es justo lo contrario, es un espacio infinito, millones de teclas en un teclado interminable. “En ese teclado no hay una música que puedas tocar. Te has sentado en un taburete equivocado: ese es el piano en el que toca Dios”. Novecento no se atreve a bajar, prefiere quedarse en la cajita de su piano, algo que solo en mi segunda lectura me hizo sentido, nuevamente por lo que yo estaba viviendo.

A mí en el colegio me fue muy bien. Me sentía querido, valorado y respetado. Tuve espacio para desarrollar diversas áreas de mi persona, pude ser infinito en ese contexto finito. Y aunque en la universidad no me fue mal, sentí muy fuerte ese aumento de teclas, de opciones que no podía tomar porque eran demasiadas. Me sentí infinitamente pequeño ante un mundo que de pronto fue muy grande para mí. Estoy hablando desde el libro porque él guió mi comprensión de ese tiempo. “El mundo es un piano con demasiadas teclas”, me decía a mí mismo con palabras que no aparecen literalmente en la novela. Me vi sentado en un taburete equivocado, en uno que no se ajustaba a mis capacidades, frente a un infinito que evidenciaba mi finitud. No sé si fui más allá y me dio por sentirme heroico al conseguir una hazaña que el pianista del océano no se atrevió a cumplir. Porque yo sí me bajé del barco escolar y me adapté a la ciudad universitaria, que luego se convirtió en una nueva caja protegida, un nuevo teclado donde no conseguí destacar más que en el colegio como intérprete, pero logré hacer lo que se me pedía. A veces pienso que me hice profesor de colegio para volver a ese espacio de seguridad que esa institución representó para mí, quizás con la exageración que las historias simples dan a la vida, como hizo Novecento con mi vocación y mi cambio de ambiente.

Esta semana volví a leer la novela de Baricco porque el segundo medio de donde trabajo la está leyendo. La leí creyendo que me aburriría volver a un libro que conocía demasiado, pero me entretuve mucho. Esta vez no me hizo leer mi presente autobiográfico, porque ya casi no leo así, sin buscando a quienes no son yo. Al final me encontré con quienes fui, experimentando algo que Borges debe haber dicho alguna vez: que uno sobrevive más en los libros leídos que en los escritos. En su caso la frase es más compleja, porque implica que escribir es releer una tradición y, así, sobrevivir en ella. Pero lo mío es más sencillo: leí Novecento y me encontré con mis propias lecturas, las que hice cuando era otra persona, cuando era otro lector.

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Imágenes, Libros

¿Por qué buscamos a Wally?

Wally

A nadie le gusta perder cosas ni tener que buscarlas: nadie se alegra al no saber dónde dejó las llaves de su casa. Sin embargo, millones de personas en todo el mundo se han interesado en unos libros donde un dibujante ha escondido cientos de dibujos, incluido el de una llave: los ¿Dónde está Wally? de Martin Handford. ¿Por qué buscar en una imagen es divertido mientras buscar en una casa es sumamente aburrido?

Primero está el título. ¿Dónde está Wally? invita a buscar al personaje que lleva ese nombre, quien siempre aparece en la portada de los libros. Wally es un hombre alto y delgado que lleva gafas circulares, gorra y camiseta con líneas horizontales blancas y rojas, pantalones azules y zapatos cafés. En los primeros libros era más fácil encontrarlo porque al ojo le bastaba rastrear esos colores para llegar al personaje. Después Wally tendió a mostrar únicamente su rostro, perdido entre muchos otros objetos, para que el juego resultara más difícil y duradero. Porque esa es una diferencia: cuando buscamos las llaves queremos encontrarlas lo antes posible, mientras que con Wally pasa lo contrario porque los juegos requieren de cierta duración para ser entretenidos.

¿Cómo buscamos a Wally? Lo primero que hace el ojo es recorrer toda la imagen en busca de alguna lógica, de una estructura, algo que Handford nos pone difícil al eliminar un horizonte que divida la página en dos y al evitar las figuras centrales que dirijan alguna acción de los personajes. En ciertos puntos predominan algunos colores, como cuando cambia el suelo de fondo o la densidad de los dibujos. El ojo identifica esas excepciones para construir una especie de mapa mental que organice la imagen en zonas más pequeñas y así buscar con un orden a Wally, pero la multiplicidad de elementos dificulta el hallazgo de esa organización. Pasa como al buscar las llaves. Uno empieza revisando el mueble donde siempre las deja, luego inspecciona los bolsillos, la mesa que está en la entrada de la casa y después los alrededores de esos tres lugares. Cuando este sistema falla, cuando no se encuentra lo buscado en los lugares donde debiese estar, se renuncia a la lógica y se inicia una búsqueda completamente azarosa. Se abren todos los cajones, se mira bajo la cama, se busca en los rincones e incluso se levanta la alfombra, aunque su forma plana ya indique que no hay nada bajo ella. Este paso de una búsqueda organizada a una dispersa se da también al buscar a Wally, pero de manera mucho más rápida y menos notoria porque ante el libro el cuerpo permanece inmóvil y lo único que trabaja es el ojo y la mente, junto a los movimientos que hace la cabeza para apoyar al ojo. Él sigue recorriendo toda la imagen, como cuando buscaba una lógica, pero ya sin utilizar las excepciones visuales que se relacionarán entre sí, sino como puntos de partida para buscar en sus alrededores, semejante a la búsqueda de las llaves cerca del mueble, pero con menos esperanza. Porque Wally está escondido con astucia, en un lugar donde el ojo no llegará automáticamente.

Hasta aquí no se entiende la diferencia entre buscar las llaves del auto en una casa y a Wally en una imagen. Solo dijimos que para las llaves nos movemos con todo el cuerpo, mientras que ante el libro podemos mover únicamente los ojos, oposición que no explica la preferencia por Wally. La comparación se agota en este punto y recurrimos a otra que antes no hubiese servido. Es el diccionario. No nos servía para lo descrito hasta aquí porque el diccionario sí tiene un orden lógico y previsible, el del alfabeto. Por ello nuestra búsqueda de palabras no es azarosa como la de Wally y las llaves. No obstante hay un elemento de azar en el diccionario, y es que por compartir letras iniciales pueden encontrarse juntas palabras muy diferentes. Por ejemplo, “llaulláu” justo antes de “llave”, que es un hongo chileno criado en los árboles. Saber esto no nos sirve de nada para encontrar la llave, pero nos resulta interesante, tal como entender las situaciones ilustradas por Martin Handford no nos sirve para encontrar a Wally. ¿Por qué nos interesan las palabras e imágenes que no andábamos buscando? Porque somos curiosos y porque, en los libros de Wally, nos da gusto encontrar elementos cómicos.

Dos casos de estos elementos cómicos se encuentran en las esquinas inferior izquierda y superior derecha de “El combate de las frutas”, en El libro mágico. Abajo se ve un grupo de manzanas con nombres de días de la semana que con una actitud amenazante impiden el paso a una pareja de médicos sorprendidos. Esta extraña situación se comprende al recordar el refrán inglés “one apple a day, keeps the doctor away” (“una manzana diaria mantiene lejos al doctor”). En la esquina contraria se ve un dibujo de Nueva York, presente en el combate de las frutas porque comúnmente se llama La Gran Manzana a esa ciudad. Sin defender la calidad de estos chistes, sostengo que su presencia estimula el recorrido por la imagen porque suma a la de Wally una nueva búsqueda, la de lo gracioso. Además, los casos basados en juegos de palabras indican la relación directa que Handford establece entre imágenes y palabras. De partida, el título de su libro nos invita a buscar la imagen de lo nombrado por la palabra Wally, algo que se repite en la última página del libro, donde hay una lista escrita de objetos para buscar en la imagen (un kiwi, un plátano saltarín, etc.). Esto nos lleva nuevamente al diccionario, pues los elementos en las imágenes de Handford funcionan en muchos casos como significantes a los cuales se debe asignar un significado exacto para captar los chistes. Así se explica parte del gusto por estas imágenes, que ofrecen adivinanzas con soluciones graciosas.

Detalle doctoresGran Manzana

Buscar a Wally es entretenido porque funciona como una excusa para recorrer una imagen llena de elementos por descifrar. Wally se vuelve la meta de un viaje cuyo camino crea azarosamente el observador. Parece una búsqueda, pero es la observación detallada y completa de una imagen. Y el gusto está ahí, en pasar un buen rato mirando una imagen con detención, mientras se cree buscar un personaje. Por eso entretiene más que la búsqueda de llaves, porque el verdadero objetivo no está en el encuentro final, sino en el proceso de buscar.

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