Libros

Abismarse a leer la vida misma

Ana lectora

Cuando Alexis Alejandrovich, el marido de Ana Karenina en la novela de Tolstói, descubre la posibilidad de que ella le esté siendo infiel, la novela dice que él “se veía cara a cara con la vida, afrontaba la posibilidad de que su mujer pudiese amar a otro y el hecho le parecía absurdo e incomprensible, porque era la vida misma” (176). Con este fragmento se deduce que los temas de Ana Karenina, el amor y el adulterio, son “la vida misma”. Páginas antes se dijo que según Ana, su marido, “muy competente en materia de política, filosofía y religión, no entendía nada de letras ni bellas artes” (139). Esto explicaría su dificultad para comprender la posible infidelidad de Ana.

Tras decir que Alexis no entiende “la vida misma”, su situación se explica metafóricamente: “Ahora experimentaba la sensación del hombre que, pasando con toda tranquilidad por un puente sobre un precipicio, observara de pronto que el puente estaba a punto de hundirse y el abismo se abría bajo sus pies. El abismo era la vida misma, y el puente, la existencia artificial que él llevaba. Pensaba, pues, por primera vez en la posibilidad de que su mujer amase a otro y este pensamiento le horrorizó” (176-177). Lo interesante de esta imagen del puente y el abismo, es que coincide con una frase muy breve que describe el acto de la lectura cuando Ana se dispone a realizarlo en un tren donde va muy distraída: “Era difícil abismarse en la lectura” (125). Si la lectura ideal es dejarse caer por un abismo, lo contrario es la existencia artificial que llevan personas como Alexis Alejandrovich. Por no leer literatura, él permanece en el puente artificial que lo mantiene seguro del abismo que la literatura ofrece para acceder a la vida misma. Luego reaparece el abismo en la mente de Alexis: “Por primera vez se imaginó la vida personal de su mujer, lo que pensaba, lo que sentía… La idea de que ella debía tener una vida privada le pareció tan terrible que se apresuró a apartarla de sí. Temía contemplar aquel abismo. Trasladarse en espíritu y sentimiento a la intimidad de otro ser era una operación psicológica completamente ajena a Alexis Alejandrovich, que consideraba una peligrosa fantasía tal acto mental” (178). Esto, exactamente esto, es la literatura. Darse cuenta de que las otras personas tienen una vida propia, que podemos conocer por medio de un ejercicio imaginativo. Quien no lee literatura no se atreve a lanzarse a ese abismo que más que la literatura y la vida misma son las otras personas. En ellas está la vida y lo literario. En ellas, en las otras personas, está el peligro de caer desde nuestro seguro puente de egoísmo.

Edición citada
Tolstói, Lev. Ana Karenina. Madrid: Espasa, 2010.

Estándar
Diario, Música

Pearl Jam, Chile 2015

Pearl Jam, estadio

Los vendedores ambulantes notaron que los hinchas van al Estadio Nacional con la polera de su equipo y aprovecharon de extender esa costumbre deportiva a los eventos musicales. Por eso venden poleras negras con estampados de Pearl Jam en el camino que va del metro al estadio. Otros venden sándwiches, hotdogs y donuts, comidas de nombres importados que se sienten muy locales. También hay bebidas y cervezas, siempre desde los costados de la vereda que lleva al estadio, donde apenas se exigen deshacerse de latas y botellas para poder entrar. Todo el alcohol que entra se lleva en el cuerpo, a menos que quien vaya sea Eddie Vedder, que pasó todo el concierto tomando vino tinto directo de una botella.

Vuelvo al tema de la ropa. Muchos se compran la polera del camino, pero la tendencia es tenerla desde antes. Mientras más gastada la polera de Pearl Jam, más valiosa, sobre todo si se fue con ella a los conciertos del 2013, 2011 y 2005. Otra opción común es llevar la polera de otra banda compatible con Pearl Jam. Los nombres de The Beatles, The Who y Nirvana ilustran las ropas negras de muchos asistentes, como siguiendo un protocolo de conciertos de rock. La tercera opción es ir derechamente disfrazado de Eddie Vedder, con una camisa de leñador a cuadros color tierra. El vocalista hizo algo parecido: no usó souvenirs de su banda (opción 2), pero se vistió con una camisa de sí mismo (opción 3) y, debajo, una polera negra estampada con el nombre de Devo (opción 1).

Pearl Jam, músicos

No seguiré la tendencia periodística de enumerar las canciones del concierto intercalando adjetivos. En lugar de ello diré que el concierto se dividió claramente en tres partes (ya, sí, la prensa también notó esto). La primera priorizó los temas del último disco, aunque intercaló temas conocidos de otros tiempos. O sea que promocionaron su material más reciente sin aburrir a los fans históricos. (Personalmente, sentí que el concierto empezó con la quinta canción, “Corduroy”, solo por mi costumbre de que el disco Live on two legs empiece así.) Después hicieron una pausa, bajaron las revoluciones con “Just Breathe” y tocaron dos covers para que celebraran los que andaban con poleras de Pink Floyd y John Lennon. En tercer lugar tocaron temas muy queridos por todos con un segundo descanso entre medio. Los últimos temas tuvieron solos largos de guitarra eléctrica para dejar en claro que la banda lo estaba dando todo, que hubiese sido injusto pedirles más cuando terminaron con una sorpresiva “Yellow Ledbetter”, no porque fuera novedoso dejarla al final, sino porque el concierto parecía tan finalizado con el cover de “Rockin’ in the free world”, que mucha gente ya había salido del estadio cuando empezó a sonar un tema que solo alcanzaron a ver desde la mitad.

Vi a esta gente que volvía porque estuve sentado muy cerca de una escalera de entrada, en la galería. A mi derecha había una pareja de unos cuarentaitantos años donde el hombre seguía las letras con los labios y la batería con las manos, golpeando una baranda metálica. No cantaba, pero se sabía las canciones. Su mujer, sentada entre él y yo, no compartía nada de su entusiasmo. Ella se dedicó al WhatsApp, por donde recibía fotos borrosas y mal iluminadas de un niño semidesnudo y por donde envió también alguna foto del concierto, que tomó en uno de los pocos momentos en que miró hacia el escenario. Se me podría criticar lo mismo que a ella, que en lugar de seguir un concierto de entradas caras me haya concentrado tanto en su celular, pero era demasiado llamativo. Mientras una de las bandas extranjeras más valoradas en Chile interpretaba en vivo un repertorio impecable, esta mujer aprovechaba de limpiar la galería de fotos de su celular. Grupos de personas, memes, frases esperanzadoras con dibujos de perritos ojones y almuerzos familiares mal encuadrados se iban a la basura de esa galería de fotos mientras 24 mil quinientos pesos gastados en las entradas de la galería se iban también a la basura, quizá con algo del amor que ese hombre pudo haber sentido por su mujer. ¿O era más valiosa su compañía si ella estaba desinteresada? ¿Se volvía un sacrificio mayor? Nada de eso. El único sacrificado ahí era el rockero fiel a Pearl Jam que pasó todo el concierto aguantando la apatía de su mujer. Aunque yo estaba sentado al otro lado de la misma señora, no podría decir lo mismo porque a mi lado izquierdo estaba mi polola, que cantó, bailó y aplaudió cuando correspondía y que compartió conmigo la experiencia del concierto (de hecho, muchas de mis observaciones en este texto son de ella o salieron al conversar con ella).

Quizá lo más comentado del concierto fueron las intervenciones verbales de Eddie Vedder, todas muy bien pensadas para sacar aplausos y dejarnos contentos. Los momentos más altos fueron sus elogios al triunfo chileno en la Copa América y al vino chileno con referencia al video recientemente viralizado donde un chileno dice que es “un manjarsh“. Otro punto relevante fueron sus excusas por no haber aprendido español en el colegio. En los tres casos el cantante muestra respeto y admiración hacia elementos que su público siente muy propios: nuestra selección de fútbol, nuestros vinos, nuestros chistes de internet y nuestro idioma. Lo último transmite también la intención de acercarse a nosotros, de que nos comprendamos en un mismo idioma. La mención al video y la Copa América los muestran actualizados sobre nuestra realidad nacional, como si algo de esa comunicación ya estuviese funcionando. Sin embargo, pienso que lo más importante de estos discursos, que Vedder leía en un papel escrito en español, es que él no haya dominado ese idioma. Produce un efecto extraño escuchar a una voz tan talentosa para el canto, hablar con dificultad un idioma que para nosotros es tan fácil. Queda la impresión de que el gran artista se volviera pequeño, como un niño que repite palabras adultas cuando todavía no sabe hablar. Lo gracioso de que Eddie Vedder imite el manjarsh no es que él haya visto un video popular en Chile, sino que finja inspirarse en algo que no conoce. Lo divertido está en su mecanismo, en que parezca una marioneta obediente al papel que tiene en las manos, ese que tan bien le deben haber escrito en la productora chilena. “Todo lo que la vida tiene de serio proviene de nuestra libertad”, dice Henri Bergson en La risa. “¿Qué habría que hacer para transformar todo esto en comedia? Habría que imaginarse que la libertad aparente esconde un juego de hilos y que somos humildes marionetas” (52). Un hombre de voz poderosa se vuelve humilde y cómico al seguir los hilos de un anónimo guionista chileno.

Comercio ambulante, ropas estandarizadas, una estructura razonada, parejas que se diferencian o asemejan en su gusto por la banda que ven y un gracioso Eddie Vedder hablando en español. Eso fue para mí el concierto de Pearl Jam.

Estándar
Periodismo

Balzac, específicamente en sus Obras Completas…

Balzac en Aki Frases

“Balzac dice (en ‘La Comedia Humana’) que detrás de toda fortuna se esconde un crimen”, escribió Carlos Peña en su columna de hoy. La frase es conocida. La citan análisis políticos, es el epígrafe de El padrino de Mario Puzo y acompaña retratos de Balzac en internet. Lo normal es atribuir la frase a Balzac para luego pasar a otras cosas, pero Carlos Peña, quizá consciente de que una frase tan usada podría estar mal atribuida, finge haber encontrado la fuente exacta: La comedia humana. Lo gracioso es que ese nombre no se refiere a un libro, sino a alrededor de noventa novelas que Balzac agrupó bajo un mismo título. Especificar que una idea del novelista francés aparece en La comedia humana es casi como decir que se obtuvo de sus obras completas.

Gracias a internet, me ahorré la lectura de los libros para identificar esa fuente con algo más de precisión. Wikipedia coincide con Peña al citar la frase en el artículo “La comedia humana”, donde agrega que “este precepto aparecido en la Posada Roja es recurrente en la Comédie”. Fui a un PDF de la Posada Roja y encontré fortunas y crímenes, pero ninguna vinculación rotunda entre los dos. Después de no encontrar nada valioso en Google Libros ni Académico, probé buscar en inglés. Así llegué a Quote Investigator, un sitio que se dedica a hacer bien lo que el paréntesis de Peña hizo mal: explorar el origen de las citas. Al parecer, Balzac no escribió nunca que “detrás de toda fortuna se esconde un crimen”, aunque expresó algo parecido en Papá Goriot, novela incluida en La comedia humana: “El secreto de las grandes fortunas sin causa aparente es un crimen olvidado, porque se ha cometido de una manera limpia”. Es menos impactante que la versión difundida, pues limita la generalización a las fortunas donde no se conoce la causa. Quote Investigator comenta: “la sentencia simplificada que es popular en los tiempos modernos resulta más provocativa y, en consecuencia, más memorable”.

¿Qué debió haber escrito Carlos Peña? Una opción era seguir a la mayoría y citar a Balzac sin ninguna especificación. Otra era citar a esa mayoría: “Se atribuye a Balzac la idea de que…” o “Balzac parece haber dicho que…”. Una tercera opción era copiar la frase de Papá Goriot, aunque le hubiese ocupado más espacio y le habría exigido demostrar que no hay una causa aparente en la fortuna de la familia Matte. Peña casi tomó la primera opción, muy común en él. Lo que él hace siempre es sintetizar ideas de grandes autores en sentencias que funcionan sin contexto. El método le exige simplificar, tal como hizo el siglo XX con la frase de Balzac. Eso está muy bien en un autor de columnas breves porque nos permite aprender y, como pasa con las buenas citas, nos invita a leer más. El único defecto está en cuando la especificación sobre lo que habría que leer incluye más de 80 libros que, en estricto rigor, no dicen la frase que él está usando.

Estándar
Internet, Traducción

Cómo elegir a tu pareja de vida

[Traducción al texto “How to Pick Your Life Partner – Part 1” de Tim Urban, originalmente publicado en Wait but why.]

Para un soltero frustrado, la vida puede sentirse así:

pareja1

A primera vista, las investigaciones parecen apoyar esto, sugiriendo que las personas casadas son en promedio más felices que las divorciadas. Pero un análisis mayor revela que si dividimos a las personas casadas en dos grupos basados en la calidad de su matrimonio, “personas que se consideran mal casadas son bastante más miserables, y mucho menos felices que las personas sin casarse. Las personas que se consideran bien casadas son incluso más felices de lo señalado por estudios previos”. En otras palabras, esto es lo que pasa en realidad:

pareja2

Los solteros insatisfechos debiesen considerarse en una situación neutral y esperanzadora, comparada con cómo podrían estar. Un soltero que quisiera encontrar una relación feliz está a un paso de ella, con una lista de tareas que dice: “1) Encontrar una relación feliz”. En cambio la gente con relaciones infelices está a tres escalones de distancia, con una lista de tareas que incluye “1) Soportar un quiebre destrozador de almas. 2) Recuperarse emocionalmente. 3) Encontrar una relación feliz”. No es tan malo si lo miramos así, ¿cierto?

La investigación sobre cuánto cambia la felicidad entre los matrimonios felices e infelices tiene mucho sentido. Claro, se trata de tu pareja de vida.

Pensar sobre lo tremendamente importante que es elegir una correcta pareja de vida es como pensar sobre lo inmenso que es el universo o en lo aterradora que es la muerte. Es algo tan profundo de internalizar, que no pensamos tanto en eso y permanecemos en una leve negación de su magnitud.

Pero, a diferencia de la muerte y el tamaño del universo, elegir una pareja de vida depende totalmente de nosotros, por lo que es fundamental conocer lo grande que es esa decisión y analizar los factores involucrados más importantes.

¿Cuán grande es este asunto?

Empieza por restar tu edad al número 90. Si vives una larga vida, ese es aproximadamente el número de años que vas a pasar con tu pareja de vida actual o futura.

Sé que nadie con más de 80 años lee este sitio web, así que no importa quién seas, eso es mucho tiempo, casi todo el resto de tu existencia.

(Claro, la gente se divorcia, pero tú no crees que eso te va a pasar. Un estudio reciente muestra que el 86% de las personas jóvenes asumen que su presente o futuro matrimonio durará por siempre, y no creo que las personas mayores se sientan de otra manera. Así que continuaremos asumiendo lo anterior.)

Cuando eliges tu pareja de vida eliges muchas cosas, incluyendo el compañero en la crianza de tus hijos, en quienes será muy influyente, un acompañante en alrededor de 20 mil comidas, tu compañero de viaje para unas 100 vacaciones, tu amigo principal para el tiempo libre y la jubilación, tu asesor psicológico y alguien que te contará su día unas 18 mil veces.

Así de grande.

Entonces, asumiendo que esto es por lejos lo más importante que querrás hacer bien en tu vida, ¿cómo es posible que tantas personas buenas, inteligentes y racionales terminen eligiendo una pareja que las dejará insatisfechas e infelices?

Al parecer, hay varios factores en contra de nosotros:

La gente tiende a ser mala en saber qué esperar de una relación

Se ha demostrado que la gente soltera es generalmente mala en predecir cómo serán sus verdaderas preferencias amorosas. Un estudio encontró que al interrogar sobre sus preferencias a quienes participan en citas rápidas, suelen descubrirse equivocados solo minutos después ante quienes terminan eligiendo para salir.

Esto no debiese sorprendernos. En la vida, no solemos mejorar en algo hasta haberlo hecho varias veces. Desafortunadamente, muy pocas personas tienen la oportunidad de estar en más de una relación antes de tomar su gran decisión. Simplemente no alcanza el tiempo. Considerando que las personas comprometidas y sus relaciones pueden tener necesidades muy diferentes a las que tendrían estando solteras, cuesta que un soltero sepa realmente qué quiere o necesita de una relación.

La sociedad está muy mal y nos da pésimos consejos

■ La sociedad nos recomienda seguir sin educarnos y dejar que solo nos guíe el romanticismo

Si estás dirigiendo un negocio, la sabiduría popular te convencerá de que serás mucho mejor si estudias ingeniería comercial en la universidad, creas planes de negocios bien pensados y analizas con cuidado el rendimiento de tu empresa. Esto es lógico porque así actuamos cuando queremos hacer algo bien, reduciendo la posibilidad de equivocarnos.

Pero si alguien fue al colegio para aprender cómo elegir una pareja de vida y tener una relación saludable, si trazó un detallado plan de acción para conseguir una y si mantiene su avance rigurosamente organizado en una planilla, la sociedad dirá que él es A) un robot demasiado racional, B) alguien demasiado preocupado por esto y C) un enorme bicho raro.

Cuando se trata de encontrar pareja, la sociedad sospecha de alguien que piensa demasiado en eso y recomienda confiar en el destino y el instinto. Si el dueño de un negocio aplicara estos consejos en su trabajo, probablemente fracasaría. Si triunfara, sería en gran medida gracias a la buena suerte, que es como la sociedad quiere que encontremos pareja.

■ La sociedad estigmatiza la expansión inteligente de búsquedas por parejas potenciales

En un estudio sobre qué dirige más nuestras elecciones de pareja, nuestros gustos o nuestras oportunidades, estas ganan por lejos. Nuestras elecciones de pareja son en un “98% una respuesta a las condiciones del mercado y solo un 2% a deseos inmutables. Propuestas para salir con gente alta, baja, gorda, delgada, profesional, educada o sin educación son más del 90% dirigidas por lo que ofrece la noche”.

En otras palabras, las personas terminan eligiendo entre las pocas opciones que tengan disponibles, sin importar cuán pobremente sus gustos coincidan con ellas. La conclusión obvia es que, aparte de las personas demasiado sociables, todos los que buscan una pareja de vida deberían estar frecuentando citas online, citas rápidas y otros sistemas creados para aumentar los candidatos de manera inteligente.

Pero la sociedad tradicional sospecha de ello y mucha gente sigue avergonzándose de haber conocido a su esposo en un sitio web de citas. La manera respetable de conocer a una pareja de vida es la suerte, tropezando con ella al azar o siendo presentados entre las pocas opciones disponibles. Afortunadamente, esta mala fama va disminuyendo, aunque su permanencia indica cómo la sociedad ha aceptado ilógicamente sus reglas para conocer personas.

■ La sociedad nos apura

En nuestro mundo, la regla principal es casarse antes de ser demasiado viejo, y “demasiado viejo” varía entre los 25 y 35 años, según donde vivas. La regla debiese ser “hagas lo que hagas, no te cases con la persona equivocada”, pero la sociedad desaprueba mucho más a un soltero de 37 años que a un casado infeliz de 37 años con dos hijos. No tiene sentido, el primero está a solo un paso del matrimonio feliz mientras el segundo debe prepararse para una infelicidad permanente o soportar un complicado divorcio solo para llegar donde está el soltero.

Nuestra naturaleza biológica no nos ayuda

■ Las características biológicas humanas evolucionaron hace mucho tiempo y no entienden la idea de tener una conexión profunda con una pareja por cincuenta años

Cuando empezamos a salir con alguien y sentimos la más ligera punzada de excitación, nuestro cuerpo adopta el modo de “bien, hagámoslo” y nos bombardea con químicos diseñados para aparearnos (el deseo carnal), enamorarnos (la luna de miel) y luego comprometernos a largo plazo. Nuestros cerebros pueden anular este proceso si no estamos tan convencidos, pero en los casos promedios donde lo correcto sería irse y buscar algo mejor, solemos sucumbir a la montaña rusa de la química y terminar comprometidos.

■ Los relojes biológicos joden todo

La mujer que quiera tener hijos biológicos con su marido tiene una verdadera limitación, la necesidad de escoger la pareja correcta antes de los cuarenta, más o menos. Este es un hecho bastante perjudicial que vuelve aún más estresante un proceso que ya era difícil. Igual, si dependiera de mí, preferiría adoptar un hijo con la pareja de vida correcta que tener hijos biológicos con la incorrecta.

***

Entonces, si tomamos un grupo de gente no muy buena en saber lo que quiere de una relación, rodeada por una sociedad que le recomienda encontrar rápidamente una pareja de vida sin pensar ni buscar mucho, y combinamos esto con un sistema biológico que nos droga cuando tratamos de resolver el asunto y nos promete dejar de producir hijos en poco tiempo más, ¿qué obtenemos?

Una confusión de decisiones basadas en malas razones y mucha gente arruinando lo más importante de su vida. Veamos algunos tipos comunes de personas que caen víctimas de todo esto y terminan teniendo relaciones infelices.

Román, el Romántico

pareja3

La desgracia de Román el Romántico es creer que el amor es una razón suficiente para casarse con alguien. El romance puede ser importante en una relación y el amor el ingrediente principal de un matrimonio feliz, pero no son suficientes sin un montón de otras cosas importantes.

La persona demasiado romántica ignora repetidas veces a la vocecita que intenta hablarle cuando él y su novia pelean constantemente o cuando él parece sentirse mucho peor que antes de empezar su relación, callando esa voz con pensamientos como “Todo pasa por una razón y la manera en que nos conocimos no pudo haber sido una mera coincidencia”. Cuando un romántico crea haber encontrado su alma gemela, dejará de hacerse preguntas y se aferrará a su amor durante 50 años de matrimonio infeliz.

Rosa, la Miedosa

pareja4

El miedo es uno de los peores tomadores de decisiones cuando se trata de elegir a la pareja de vida. Desafortunadamente, por como está organizada nuestra sociedad, el miedo infecta desde que tienen menos de 30 años a muchas personas generalmente racionales. Los miedos que nuestra sociedad (por nuestros padres y amigos) nos inflige nos llevan a tener parejas no demasiado buenas: el miedo a ser el último amigo soltero, a ser un padre viejo o incluso simplemente a ser comentados y juzgados por los demás. La ironía es que es que el único miedo racional que deberíamos tener es el miedo a estar infelices con la persona equivocada durante los próximos dos tercios de vida, un riesgo que corre el miedoso por querer cuidarse de otros riesgos.

El Influenciable Abel

pareja5

El influenciable Abel deja que otras personas jueguen una parte demasiado importante en la decisión de elegir su pareja de vida. Esa elección es profundamente personal, enormemente complicada, diferente para cada uno, y casi imposible de entender desde afuera, aunque conozcas muy bien a la persona. Por eso, las opiniones y gustos de otras personas no tienen por qué involucrarse en casos sin maltratos ni abusos.

El ejemplo más triste de esto es alguien que rompe con quien habría sido su adecuada pareja de vida basándose en la desaprobación externa o en un factor que al elector en realidad no le importa (como la religión), pero siente el deber de respetarlo por cumplir con las expectativas e insistencias familiares.

También puede pasar de la manera contraria, donde todos están maravillados con la relación de alguien porque se ve perfecta desde afuera, y aunque no es tan genial desde adentro, Abel escucha a los demás antes que a su propio deseo y termina malcasándose.

Dora, la Encuestadora

pareja6

Dora la Encuestadora está más preocupada de la descripción escrita en un formulario sobre su pareja que de la personalidad representada por esas palabras y tablitas. Hay un montón de celdas que ella necesita chequear: cosas como la altura, el prestigio laboral, el nivel de ingresos, los logros o quizás un item novedoso como ser extranjero o tener un talento específico.

Todos tenemos ciertas celdas impresas que nos gustaría aprobar, pero alguien demasiado dirigido por su ego priorizará las apariencias y el curriculum por sobre la calidad de su conexión con la posible pareja.

Una pareja que te parezca elegida más por las celdas llenadas que por su personalidad podría considerarse una pareja Scantron, que es como se llaman las hojas de respuestas para preguntas de alternativas, donde solo hay una manera correcta de llenar los espacios.

El Egoísta Stan

pareja7

El egoísta viene en tres variedades que pueden superponerse:

1. El “No soy monedita de oro”

Esta persona no puede sacrificarse ni comprometerse. Cree que sus necesidades, deseos y opiniones son simplemente más importantes que las de su pareja y necesita salir con la suya en todas las decisiones. Al final no quiere una pareja de verdad, sino continuar con su vida soltera teniendo a alguien al lado que la acompañe.

Esta persona terminará en el mejor de los casos con una persona fácil de llevar o, en el peor, con alguien manejable que tiene problemas de autoestima y sacrifica la oportunidad de tener una relación igualitaria, generalmente limitando la calidad de su matrimonio.

2. El Personaje Principal

El trágico defecto del Personaje Principal es vivir ensimismado. Él quiere una pareja que sea su terapeuta y gran admiradora, aunque estará desinteresado en devolver el favor. Cada noche, él y su pareja comentarán el día, pero el 90% de la conversación se centrará sobre el día de él. Después de todo, él es el personaje principal en la relación. Siendo incapaz de alejarse de su mundo personal, terminará con un acompañante como pareja de vida, algo que le dará 50 años bastante aburridos.

3. El Necesitado

Todos tenemos necesidades y a todos nos gusta resolverlas, pero hay problemas cuando la solución a esas necesidades se vuelve el gran motivo al elegir una pareja de vida. Que me cocine, que sea un gran padre, una gran esposa, que sea rico, que ordene bien, que sea bueno en la cama… Todas son grandes ventajas, pero son solo eso: ventajas. Ojalá que después de un año de matrimonio, cuando el Necesitado se haya acostumbrado a saciar sus necesidades y ya no se emocione por eso, haya otras partes buenas en su relación para no que no se sienta aburrido de por vida.

***

La gran razón por la cual estos tipos de personas terminan teniendo relaciones infelices es que están consumidos por una motivación que no toma en cuenta lo que realmente es una pareja de vida y qué la vuelve algo feliz.

¿Cómo tener una relación feliz para toda la vida? Tim Urban lo explora en la segunda parte de su texto, por ahora solo en inglés.

Estándar
Libros

Relatos Huachos (Víctor Hugo Ortega)

Relatos Huachos

“Enzo”, el penúltimo de los Relatos Huachos (2015) de Víctor Hugo Ortega, promete confirmar “la teoría que dice que las historias felices son menos interesantes que las historias infelices” (92). Aparenta coincidir con Aristóteles cuando considera “necesario que un argumento bien articulado […] no ha de pasar de la desdicha a la dicha, sino por el contrario, de la dicha a la desdicha” (1453a), pero veremos que es muy diferente. La demostración de Ortega se basa en la comparación de dos historias o dos versiones de una misma historia.

Después de elogiar la película Ladrón de bicicletas, que es inmortal porque “todos los miedos del hombre están representados” (87) en su primera escena y porque “aquel niño italiano nos representa en el descubrimiento de lo crudo que puede llegar a ser el mundo” (87), se anuncia el inicio narrativo. “Este cuento relata la historia de un joven chileno de 25 años, Sebastián Cáceres Riquelme” (88), de quien se informan sus gustos, lugar de residencia y familiares directos. Una noche de junio, mientras espera que una tetera hierva, Sebastián empieza a buscar famosos en Facebook. Busca a la nieta del Che Guevara, a Gary Medel y a Enzo Staiola, el actor que hacía de niño italiano en Ladrón de bicicletas. Obviamente, el más importante es el tercero, que no acepta la solicitud a pesar de ser muy activo en la red, según se ve por sus habituales publicaciones de fotos y estados. Sebastián termina suponiendo que Enzo no acepta a cualquier persona en Facebook. Un día cuenta esta historia a sus amigos y dice que si Enzo lo aceptara “le diría que es un crack, que su personaje es inmortal y que la escena cuando le pegan a su papá y él llora, es lo más triste que ha visto en la vida” (92). Después se agrega algo muy raro, porque justo cuando se explicó lo que Sebastián haría si lo aceptaran en Facebook, se dice que “el misterio no tiene nada que ver con la respuesta de Enzo, sino sólo con el deseo de Sebastián” (92). Es raro porque el misterio acaba de ser revelado, si es que tan poca cosa merece llamarse revelación.

Esa es la historia infeliz, la interesante según el cuento. La otra empieza casi igual, con Sebastián buscando famosos en Facebook mientras hierve agua en una tetera. Lo nuevo es que luego de pasar dos horas escuchando música y tomando té, el actor acepta la solicitud de amistad y saluda por chat. Sebastián le cuenta sobre los fans chilenos de Ladrón de bicicletas y Enzo responde que es un gusto ser amigo de un chileno en Facebook. Pasa el tiempo y hablan de cine, fútbol y mujeres. Incluso juegan Candy Crush y Texas Holdem Poker. Al final se dice algo sobre la importancia de las redes sociales “para superar distancias de todo tipo” (96).

Es aceptable suponer que la segunda versión es más feliz que la primera porque solo en ella Sebastián consigue la comunicación que desea. Lo cuestionable es que la versión infeliz sea más interesante que la feliz. Quizás Ortega se esforzó más en el cuento infeliz, se interesó más como escritor porque tuvo que narrar un tiempo en el que no pasaba nada más que el tiempo, algo más difícil de imaginar que los sencillos diálogos entre Enzo y Sebastián. Personalmente, la parte que más me interesa es la de los juegos por Facebook. Me agrada imaginar a un viejo italiano de 79 años que juega Candy Crush con un chileno de 25 a quien no conoce personalmente. Lo encuentro gracioso y más interesante que lo otro, la típica experiencia de no recibir una respuesta por internet. Pero todo esto es discutible.

Lo que sí me parece claro es que ninguna de las dos historias es aristotélica y que por eso ninguna de las dos es demasiado interesante. Aristóteles define como límite para la representación de una trama “una extensión que permite al héroe pasar por una serie de probables o necesarias etapas de la desdicha a la felicidad, o de la felicidad a la desdicha” (1451a). Y el problema en el cuento de Ortega es ese, que su extensión le impide mostrar un paso entre la felicidad y la desdicha porque solo muestra uno de esos dos estados en cada versión de la historia. Los cuentos interesantes no son felices ni infelices, sino que pasan por ambos estados. Por ejemplo, hubiese sido interesante que Enzo aceptara la solicitud de amistad cuando Sebastián ya hubiese perdido la esperanza, cuando se sintiera desdichado. No digo que hubiese sido un gran cuento, pero al menos habría cumplido con las expectativas que uno tiene como lector tradicional de cuentos. Podría haber añadido una excusa anecdótica, como que el nieto que le enseñó a usar Facebook nunca le mostró la posibilidad de aceptar solicitudes de amistad, junto a la bandeja de entrada y las notificaciones. Esto hubiese evidenciado la diferencia entre los interlocutores. Enzo no solo habría estado geográfica y etariamente lejos, sino también distante por su grado de conocimientos tecnológicos. Entonces habría venido la felicidad, únicamente sensible gracias al contraste con la desdicha previa. A esto se refiere Sócrates cuando dice que “el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables” (Fedón, 60b). Por eso siente placer cuando le quitan unas cadenas de las piernas, porque ya no siente dolor.

Más que el cambio, lo que interesa es la sorpresa, la revelación. El aristotélico Robert McKee indica un gran principio: “lo que parece no es lo que es. Las personas no son lo que parecen. […] Cuando la caracterización y la verdadera personalidad son iguales, cuando la vida interior y la imagen externa son como un bloque de cemento, de una única sustancia, el personaje se convierte en una lista monótona y predecible de comportamientos” (El guión, II, 5). Ese es el problema de Sebastián, que resulta ser “un chileno [tan] común y corriente” (88) como el cuento lo presenta desde el principio. Esta falta de cambios no afecta únicamente al personaje, sino también a los comentarios sobre Ladrón de bicicletas. Un hombre de cincuenta años opina eso de que la película es inmortal porque muestra los miedos y lo crudo del mundo. Un joven que lo escucha “dice que no había pensado la escena desde esa perspectiva” (87) y agrega que “quizás ahí está el misterio de por qué algo que se crea en 1948 se mantiene intacto el 2015” (88). Con nuevas palabras, repite lo del hombre mayor, que la película es inmortal. Hubiese sido interesante conocer la otra perspectiva desde la cual pensaba antes esa escena, aunque uno sospecha que en realidad nunca pensó nada. Cuando alguien tiene ideas propias se demora más en aceptar las ajenas. El narrador dice mirar y escuchar la conversación. “Luego investigo y reveo la película. Hacia el final del proceso coincido con ellos. Sí. Creo que todos los miedos del hombre están representados en esa escena” (88). ¿Por qué investiga? ¿Para qué vuelve a ver la película? Solo para estar de acuerdo, para opinar exactamente lo mismo que las dos voces previas.

Me demoro en este cuento porque creo que revela algo presente en otros del libro. Por ejemplo, “Darín” muestra a un par de amigos que toman en un bar del barrio Yungay y conversan sobre el actor Ricardo Darín. Intercambian opiniones graciosas, como que los personajes del actor son tan parecidos, que aunque él aparezca en una película rusa “sería el mismo Darín de siempre. Pese al idioma se las arreglaría para decir algo como: ‘qué hacés pelotudo de mierda’” (21). Después se integra alguien de otra mesa gritando “¡Aguante Darín huacho!” (21) y comenta sus escenas favoritas. Dos veterinarias se acercan diciendo amar “más a Darín que a los perros” (23). Se une el garzón del bar y al grito de “¿les gusta Ricardo Darín?” (23) llegan más personas hasta sumar veintidós. Solo una mesa del fondo, con unos gringos, se queda aparte. “Estos hueones son puro Hollywood po loco, no cachan ni una hueá” (24), dice uno de los amigos. Hay una reflexión sobre las chilenas, que sacadas a bailar en una fiesta por alguno de los actores más bacanes de Hollywood seguirían respondiendo: “no, estoy bailando con mi amiga” (25). Al final alguien dice que mandará un mail a Darín, contándole sobre los veintiséis borrachos que le rindieron un homenaje en un bar chileno.

Primero está la coincidencia de opiniones. ¿Cómo tanto acuerdo? ¿Cómo es que ningún fanático reconoce algún defecto de Darín para discutirlo? Casi hay algo así en la idea de que el actor siempre hace el mismo personaje, pero se afirma sin dudas que “en el caso de él es una alabanza” (21). La única diferencia la ofrecen los gringos, pero nadie habla con ellos por asumir que prefieren el cine hollywoodense. Se calla la posibilidad de una disidencia porque se la entiende desde un prejuicio, sin considerar la opción de que los gringos se queden aislados por un tema lingüístico. Podrían ser fans de un Darín subtitulado o a lo mejor les gustaría si lo conocieran, pero no han accedido a sus películas porque no llegaron a sus cines. De este acuerdo surge el otro problema, ya indicado en “Enzo”. “Darín” no tiene ninguna sorpresa. Cuenta un hecho extraño, que demasiados admiradores de un actor coincidieron en un mismo bar sin ponerse de acuerdo, pero no hay ningún giro. Incluso es posible que todos en el mundo del cuento, incluyendo a los gringos, los japoneses y los extraterrestres, sean fans de Ricardo Darín. El tema es qué se hace con esos fans, qué les pasa después de encontrarse. Según el cuento, terminan como el Sebastián de “Enzo”: sienten ganas de comunicar su fanatismo al actor que admiran.

Eso está muy bien. Cada personaje es libre de hacer lo que quiera, pero otra cosa es el autor. Ortega parece no dirigir sus textos al lector, sino a las celebridades que admira. Lo dice al final de “Enzo”: “En el cuerpo y en el desarrollo de este cuento no hay un final feliz. No hay un objetivo cumplido. No hay héroes ni antihéroes. Sólo hay expectación. Y claro, el deseo de que algún día llegue una respuesta desde Italia” (97). Podemos desprender cierto antiaristotelismo en la negación de un héroe o antihéroe, aunque solo el primer concepto aparece en la Poética y como algo menos importante que la acción (1451a). Quizás sean intencionales muchos de los aspectos que he criticado hasta aquí, pues Ortega afirma que los cuentos de este libro se permiten algunas licencias porque tienen algo de experimentales. En ese sentido, lo que a la luz de Aristóteles parece negativo, podría ser positivo si lo que se busca es arriesgarse a lo nuevo, contrario a la tradición. No obstante, como el lector tradicional que creo ser, observo el siguiente defecto, avalado por Aristóteles cuando dice que la literatura “debe representar una acción, un todo completo” (1451a). El cuento no termina en el último párrafo, sino que queda en expectación, como una especie de final abierto. Lo malo es que esa apertura no se dirige al lector, sino al autor, que parece haber escrito el cuento con el mismo objetivo que Sebastián y los borrachos del bar: comunicarse con un actor famoso. Esa es la verdadera historia en estos cuentos, la de un escritor que trabaja para comunicarse con sus ídolos artísticos. De ahí pueden surgir los conflictos que no encontramos en los relatos. Ortega cree en el valor de ese encuentro, según afirma en una nota de la última página, donde cuenta que su libro no está en librerías porque “se vende mano a mano, a la antigua, recuperando ese ritual del diálogo entre el lector y el escritor, entendiendo que en ese vínculo aparece una nueva historia” (108). Lo dicho hasta aquí se basa en el contenido de un libro donde las historias no son interesantes. Habría que esperar las otras, las del autor que inventa cuentos para acercarse a sus artistas favoritos, para que dejen de ser discriminados como incompletos o huachos.

En síntesis, los Relatos Huachos fallan porque no tienen sorpresas ni conflictos y porque no son un fin en sí mismo, sino un medio del autor para conocer a sus artistas favoritos. De todos modos, existe la posibilidad de que todo esto no sean errores sino innovaciones intencionales que yo, como lector tradicional, soy incapaz de valorar.

El libro se consigue por 8 mil pesos escribiendo a relatoshuachos@gmail.com

Estándar
Libros, Periodismo

Golborne, un catalejo para acercar al Cid

Un catalejo

En 1654, el italiano Emanuele Tesauro publicó El catalejo aristotélico, un extenso tratado de retórica barroca. El título se refería a una invención tecnológica reciente cuyo nombre en español indica su utilidad: catar o mirar desde lejos. La referencia a Aristóteles se debe a que el catalejo “tiene la fuerza de atraer lo lejano y de alejar lo cercano, al igual que la operación de la metáfora aristotélica”, según indican Molina y Chiuminatto (28). El título es bastante más complejo, como demuestra Mercedes Blanco en su análisis del grabado que antecede al texto de Tesauro, pero aquí me bastarán las ideas de que la metáfora acerca lo lejano y de que Tesauro realizó el mismo movimiento en el título de su obra, al acercar al lejano Aristóteles con lo que en su tiempo fue la cercana herramienta del catalejo.

Como profesor de Lenguaje en Enseñanza Media, tengo la misión de acercar textos que a mis estudiantes les parecen lejanos. Les busco y entrego catalejos intentando no usarlos por ellos, para que sean sus ojos los que descubran esos gustitos que ofrece la literatura distante. Hace poco llevé al tercero medio un catalejo que había armado hace tiempo para leer el Cantar de Mío Cid. Como el del título de Tesauro, se trata de una analogía. Para acercar un poema demasiado viejo, lo comparé con un relato audiovisual publicado en enero del 2013, el video “Es posible”, que Laurence Golborne usó para presentar su campaña presidencial en Chile.

La clave me la dio un texto de Leo Spitzer sobre el Cantar de Mío Cid, donde se describe “la trayectoria ascendente de la vida exterior del héroe” (105). Spitzer afirma que el Cantar mezcla elementos ficticios e históricos para construir una trayectoria que lleva al Cid de “caballero-bandido a reconquistador de Valencia” (104). Esto, porque el ejemplar caballero medieval que fue el Cid empieza desterrado por el rey, probablemente porque lo acusan de haberle robado. Como no tiene nada y nadie se atreve a ayudarlo, se siente obligado a robar dinero: “Me lo he de procurar a la fuerza, ya que de voluntad no me lo han de dar” (v. 84). Entonces idea un engaño contra unos judíos. Les pide un préstamo de dinero dejando en prenda unas arcas aparentemente llenas de oro, aunque solo tienen arena. Después el Cid gana batallas y seguidores, hasta conseguir un logro significativo: la conquista de Valencia. Su ascenso continuo le permite recuperar el amor del rey, enriquecerse, ser honrado por todos y casar a sus hijas. Entonces viene la afrenta de Corpes, cuando esas hijas son maltratadas y abandonadas por sus malos maridos, los infantes de Carrión. Spitzer observa la genialidad de este punto, que precipita al Cid en el mayor sufrimiento “para hacerle subir, al final del poema, a más alto estado” (103), cuando termine siendo padre de reinas, gracias al segundo matrimonio de ellas.

El texto de Spitzer me sirvió para captar el orden de un relato que me parecía confuso. Entonces me acordé de Golborne, que en ese tiempo todavía era candidato a presidente de Chile, y que en su campaña se presentaba como alguien que gracias a su esfuerzo personal había conseguido ascender desde la familia de un ferretero en Maipú hasta la candidatura presidencial. En principio, la comparación se basa solo en el siguiente video, aunque algunos hechos posteriores me permitirán extender la analogía:

Con lo dicho hasta aquí la semejanza más clara está en el esquema ascendente, que podemos simplificar en cuatro momentos. En el caso del Cid son el destierro, la conquista de Valencia, la afrenta de Corpes y los matrimonios que vuelven al Cid un padre de reinas. El destierro es comparable con que Golborne sea un hijo de ferretero, una manera de decir que partió desde muy abajo, incluso fuera del centro de poder santiaguino al marcar que la familia es de Maipú. La conquista de Valencia es un logro personal del héroe, tal como lo son los cargos de gerente corporativo y de ministro en el político chileno. La campaña política no ofrece ningún momento genial como el observado por Leo Spitzer en la afrenta de Corpes: Golborne no tiene grandes dificultades que afecten a su honra personal. No en el video, pero sí públicamente en abril del 2013, cuando la Corte Suprema condenó a la empresa de la cual era gerente por realizar cobros unilaterales a sus clientes. Cuatro días después, la prensa nacional lo acusó de haber omitido en su declaración patrimonial una sociedad en las Islas Vírgenes Británicas, donde participaba por unos 1.400 millones de pesos. Estas dificultades, que recuerdan al robo al rey del cual habrían acusado al Cid antes del destierro, fueron insuperables por Laurence Golborne. Su ascenso fue interrumpido por estos cuestionamientos a su honra sin permitirle un final feliz como el del Cid, cuando sus hijas se casaron con los representantes de Navarra y Aragón volviéndose reinas. El final de Golborne fue su renuncia a la candidatura presidencial, seguida de una derrota como candidato a senador por Santiago Oriente. Curiosamente, mientras el final feliz del Cid es compartido con el de sus hijas, el fracaso de Golborne es compartido con su hija Ignacia, que tampoco resultó electa como diputada en esas mismas elecciones.

Hay otros elementos en común. Primero, la tierra de origen es presentada como un obstáculo en ambos héroes. Sobre Golborne se dice: “es posible que un niño nacido en Maipú pueda superar todo tipo de barreras y salir adelante”. Se insinúa una discriminación sobre la gente de Maipú, que en el Cid es explícita sobre Vivar, su aldea de origen. Los infantes de Carrión dicen: “No nos atrevemos a casarnos con sus hijas porque el Cid es de la aldea de Vivar y nosotros somos todos unos condes de Carrión” (v. 1376). Así la nobleza antigua de los condes cuestiona la nobleza más nueva del Cid, más debida al mérito que a la sangre.

Segundo, en el video se admira la capacidad de Golborne para “estudiar una carrera y al mismo tiempo hacer familia, tener hijos y ser el mejor egresado”. Esto recuerda la compatibilidad del Cid entre su vida como líder de un ejército y padre de familia. En un momento incluso da a entender que gana batallas por el bien de su familia. Dice a su mujer: “Vos, doña Jimena, mujer mía muy honrada y querida, y entrambas hijas, que son mi corazón y mi alma, entrad conmigo en el pueblo de Valencia, heredad que para vosotras he ganado” (vv. 1604-1609).

En tercer lugar está la intervención divina que ambos reciben. La publicidad dice que el rescate a los mineros fue liderado por Golborne “en un momento en que todo era imposible y contra toda esperanza, [logrando que] los chilenos viviéramos un milagro”. Quizás lo del milagro no sea más que una expresión, pero de eso se trata este análisis, de las expresiones que usan los relatos sobre hombres ejemplares. El Cid reza constantemente a Dios, quien le responde a través de un sueño, donde el ángel Gabriel le dice: “todo te ha de salir bien mientras vivas” (v. 409). Como si recordara ese sueño, el Cid dice más adelante que “nuestras cosas han ido siempre adelante gracias a Dios” (v. 1118). Los héroes no logran lo imposible por sí solos, sino que se apoyan en lo milagroso y lo divino.

Me interesa muy poco quién es el verdadero Laurence Golborne, tal como tampoco quiero saber quién fue el Rodrigo Díaz de Vivar histórico. Mi enfoque se basa en el planteamiento de Leo Spitzer, cuando señala que los elementos ficticios del Cid no son inoportunos, “sino fundamentales en la fabulación del Cantar, que sirven para poner de relieve la trayectoria ascendente de la vida exterior del héroe” (105). Al comparar la retórica de un video publicitario con la de un cantar que mezcla historia y ficción, se insinúa que las trayectorias ascendentes necesitan elementos ficticios para funcionar. Esto no significa que la campaña de Golborne mienta, sino que ordenó elementos probablemente reales en un esquema medieval, buscando comunicar que su protagonista es tan ejemplar como otros personajes de ese mismo esquema. La propuesta falla porque está en una campaña publicitaria mandada a hacer por su protagonista, a diferencia del Cid que no mandó a escribir su relato, sino que lo hicieron los cantores populares por iniciativa propia. Quizá el relato definitivo sobre Golborne termine siendo la película Los 33, una ficción que se reconoce como tal, donde otros contarán su historia con el mismo objetivo que los juglares medievales: ganar dinero por entretener al público.

Estándar
Libros

Dos Novecentos

La caja

“Uno lee porque cree en ciertas cosas,
porque tiene ciertas hipótesis”.
Ricardo Piglia

Novecento fue mi primer libro favorito. Otros me habían gustado antes, habían sido importantes para mí, pero el de Alessandro Baricco fue el primero en hablarme directamente, no solo porque pude identificarme con un personaje, sino porque fui yo el que hizo que me hablara. Lo leí dos veces, una en mi último año de colegio y otra en mi primer año de universidad, y fue como leer dos libros que me interpelaron de maneras totalmente diferentes. Fue como dar dos respuestas al mismo enigma donde un oráculo había cifrado mi identidad. Comparto mi experiencia porque los enigmas nunca son tan personales.

En mi primera lectura, Novecento fue la biografía de un artista genial. Yo estaba en cuarto medio, buscando una vocación profesional, buscando creer que esa vocación existía, y Novecento me vino perfecto. La solución que yo me daba a ese problema, la que más me gustaba, es que yo era un artista. La lectura de Novecento me arreglaba todo el asunto de la vocación porque cuenta la historia de un hombre que no solo es artista sino que está destinado a serlo. Su protagonista se llama Novecento porque lo encuentran en el año 1900. Aparece en un barco, el “Virginian”, dentro de una caja sobre el piano de cola, en el salón de baile de primera clase. Lo encuentra un marinero que lo adopta y muere pocos años después, cuando el niño ya tiene ocho. “No tenía patria, no tenía fecha de nacimiento, no tenía familia. Tenía ocho años: pero oficialmente no había nacido”. Cuando quisieron bajarlo del barco, Novecento desapareció. Tuvieron que abandonar el puerto y, en la segunda noche, el contramaestre despertó al capitán para que lo acompañara al salón de baile de primera clase. Las luces estaban apagadas, la gente en pijama, todos en silencio, mirando a Novecento. “Estaba sentado en el taburete del piano, con las piernas colgando, sin tocar el suelo. Y, como hay Dios, que estaba tocando”. Después el niño crece y, sin bajar nunca del barco, se vuelve un pianista genial, uno que toca músicas inexistentes, a quien la banda le pedía antes de cada presentación: “Por favor, Novecento, solo las notas normales, ¿de acuerdo?” Uno que incluso le gana en un duelo a Jelly Roll Morton.

El tema del destino aparece desde que encuentran a Novecento sobre el piano de cola. Él no saldrá nunca de esa cajita, que luego será el barco, ni de ese instrumento. Después está ese hecho inexplicable del niño que toca el piano de noche. ¿Cómo aprendió? ¿En qué momento? Eso no interesa en el libro, que nunca se pregunta por el proceso que lleva a un hombre a dominar un arte. Eso me sorprende ahora. Pienso que esa debió haber sido la pregunta importante cuando estaba en cuarto medio. ¿Cómo se descubre la vocación, el destino, el sentido de una vida? Omitiendo eso, yo preferí creer en la magia de una vida ordenada, predeterminada, que funcionaría como un acceso a otras vidas. “Quizá no había visto nunca el mundo. Pero hacía veintisiete años que el mundo pasaba por aquel barco, y hacía veintisiete años que él, desde aquel barco, lo escrutaba”. Esta es una idea en la cual sigo creyendo, como indica la Sola Ventana en el nombre de este blog. Lo que ha cambiado es la creencia de que uno nace parado en una ventana por la cual solo faltaría abrir los ojos para poder mirar. La dificultad no está ahí, sino antes, en la elección y construcción de esa ventana. Encuentro importante decirlo porque veo mucha invitación a soñar en grande, a cumplir esos sueños, y muy poca a definir esos sueños. Quizás sea porque una búsqueda de ese tipo produce relatos demasiado extensos o confusos, con personajes que no saben lo que quieren, como Levin en Anna Karenina, o que no saben cómo realizar la vaga idea de lo que quieren, como Oliveira en Rayuela. Lo contrario es el relato clásico, trabajado por películas de Disney como Frozen y El Rey León. En ambos casos aparece el conflicto de un rey que se aleja, Elsa y Simba en cada película. ¿Por qué nos importa el regreso de esos reyes si creemos en la democracia? ¿No sería mejor organizar unas elecciones con leñadores del hielo y animales de la selva como candidatos? Aquí hay un mensaje para los niños del mundo: eres importante, irreemplazable, eres como un rey. También está la idea del destino: debes ser quien eres desde que naciste. Aunque quieras irte a cantar a la montaña blanca o a la tierra del Hakuna Matata, algún día tendrás que regresar a cumplir tu destino de rey. Borges dijo al recibir el Premio Cervantes que “un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal”. Yo leí Novecento con una idea semejante. No fui Rey, pero pude ser Artista. Es bonito que Borges diga eso en un discurso que lo acerca a quien da el premio, pero es mentira. El destino no existe, nunca es tan claro ni hay que encontrarlo porque debemos inventarlo. La primera persona en presente de los verbos “creer” y “crear” son la misma palabra: “creo”. El destino es así. Uno lo crea y después decide creer en el él. Así puede aceptarlo y cumplirlo. Pero Novecento no dice exactamente esto. Yo lo leí así porque necesitaba confirmarlo.

“Despierta. Aquí dice que yo tenía razón en lo que te dije”.

Al año siguiente entré a estudiar Dirección Audiovisual para volverme un artista del cine. Entonces leí Novecento por segunda vez y ya no me pareció un libro sobre un destino artístico, sino sobre el cambio, sobre el miedo a cambiar. Desde la primera lectura me gustó la parte donde se narra la caída de un cuadro. “¿Qué es lo que le ocurre a un clavo para que decida que ya no puede más? […] Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque sino puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra”. Ahora pienso que ahí también está la idea del destino, porque supuestamente el cuadro se pone de acuerdo con el clavo para caer en una fecha exacta. Ese momento está definido desde siempre, igual que cuando alguien será el primero en ver América desde un barco, según Novecento. “Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar”. Pero no creo haber notado esto en mi primera lectura, sino que los grandes cambios son inexplicables. En mi segunda lectura agregué que esos cambios son importantes y, para algunos, muy difíciles de cumplir.La ciudad

La historia de los cuadros prepara el momento en que Novecento bajará del “Virginian”. Anuncia un cambio que no llega a producirse porque cuando el pianista pisa el tercer escalón que lo llevaría a tierra, descubre que nunca será capaz de ver el fin de un mundo demasiado grande para él. El piano tiene ochenta y ocho teclas, dice. “Tú eres infinito, y con esas teclas es infinita la música que puedes crear”. El mundo es justo lo contrario, es un espacio infinito, millones de teclas en un teclado interminable. “En ese teclado no hay una música que puedas tocar. Te has sentado en un taburete equivocado: ese es el piano en el que toca Dios”. Novecento no se atreve a bajar, prefiere quedarse en la cajita de su piano, algo que solo en mi segunda lectura me hizo sentido, nuevamente por lo que yo estaba viviendo.

A mí en el colegio me fue muy bien. Me sentía querido, valorado y respetado. Tuve espacio para desarrollar diversas áreas de mi persona, pude ser infinito en ese contexto finito. Y aunque en la universidad no me fue mal, sentí muy fuerte ese aumento de teclas, de opciones que no podía tomar porque eran demasiadas. Me sentí infinitamente pequeño ante un mundo que de pronto fue muy grande para mí. Estoy hablando desde el libro porque él guió mi comprensión de ese tiempo. “El mundo es un piano con demasiadas teclas”, me decía a mí mismo con palabras que no aparecen literalmente en la novela. Me vi sentado en un taburete equivocado, en uno que no se ajustaba a mis capacidades, frente a un infinito que evidenciaba mi finitud. No sé si fui más allá y me dio por sentirme heroico al conseguir una hazaña que el pianista del océano no se atrevió a cumplir. Porque yo sí me bajé del barco escolar y me adapté a la ciudad universitaria, que luego se convirtió en una nueva caja protegida, un nuevo teclado donde no conseguí destacar más que en el colegio como intérprete, pero logré hacer lo que se me pedía. A veces pienso que me hice profesor de colegio para volver a ese espacio de seguridad que esa institución representó para mí, quizás con la exageración que las historias simples dan a la vida, como hizo Novecento con mi vocación y mi cambio de ambiente.

Esta semana volví a leer la novela de Baricco porque el segundo medio de donde trabajo la está leyendo. La leí creyendo que me aburriría volver a un libro que conocía demasiado, pero me entretuve mucho. Esta vez no me hizo leer mi presente autobiográfico, porque ya casi no leo así, sin buscando a quienes no son yo. Al final me encontré con quienes fui, experimentando algo que Borges debe haber dicho alguna vez: que uno sobrevive más en los libros leídos que en los escritos. En su caso la frase es más compleja, porque implica que escribir es releer una tradición y, así, sobrevivir en ella. Pero lo mío es más sencillo: leí Novecento y me encontré con mis propias lecturas, las que hice cuando era otra persona, cuando era otro lector.

Estándar
Imágenes, Libros

¿Por qué buscamos a Wally?

Wally

A nadie le gusta perder cosas ni tener que buscarlas: nadie se alegra al no saber dónde dejó las llaves de su casa. Sin embargo, millones de personas en todo el mundo se han interesado en unos libros donde un dibujante ha escondido cientos de dibujos, incluido el de una llave: los ¿Dónde está Wally? de Martin Handford. ¿Por qué buscar en una imagen es divertido mientras buscar en una casa es sumamente aburrido?

Primero está el título. ¿Dónde está Wally? invita a buscar al personaje que lleva ese nombre, quien siempre aparece en la portada de los libros. Wally es un hombre alto y delgado que lleva gafas circulares, gorra y camiseta con líneas horizontales blancas y rojas, pantalones azules y zapatos cafés. En los primeros libros era más fácil encontrarlo porque al ojo le bastaba rastrear esos colores para llegar al personaje. Después Wally tendió a mostrar únicamente su rostro, perdido entre muchos otros objetos, para que el juego resultara más difícil y duradero. Porque esa es una diferencia: cuando buscamos las llaves queremos encontrarlas lo antes posible, mientras que con Wally pasa lo contrario porque los juegos requieren de cierta duración para ser entretenidos.

¿Cómo buscamos a Wally? Lo primero que hace el ojo es recorrer toda la imagen en busca de alguna lógica, de una estructura, algo que Handford nos pone difícil al eliminar un horizonte que divida la página en dos y al evitar las figuras centrales que dirijan alguna acción de los personajes. En ciertos puntos predominan algunos colores, como cuando cambia el suelo de fondo o la densidad de los dibujos. El ojo identifica esas excepciones para construir una especie de mapa mental que organice la imagen en zonas más pequeñas y así buscar con un orden a Wally, pero la multiplicidad de elementos dificulta el hallazgo de esa organización. Pasa como al buscar las llaves. Uno empieza revisando el mueble donde siempre las deja, luego inspecciona los bolsillos, la mesa que está en la entrada de la casa y después los alrededores de esos tres lugares. Cuando este sistema falla, cuando no se encuentra lo buscado en los lugares donde debiese estar, se renuncia a la lógica y se inicia una búsqueda completamente azarosa. Se abren todos los cajones, se mira bajo la cama, se busca en los rincones e incluso se levanta la alfombra, aunque su forma plana ya indique que no hay nada bajo ella. Este paso de una búsqueda organizada a una dispersa se da también al buscar a Wally, pero de manera mucho más rápida y menos notoria porque ante el libro el cuerpo permanece inmóvil y lo único que trabaja es el ojo y la mente, junto a los movimientos que hace la cabeza para apoyar al ojo. Él sigue recorriendo toda la imagen, como cuando buscaba una lógica, pero ya sin utilizar las excepciones visuales que se relacionarán entre sí, sino como puntos de partida para buscar en sus alrededores, semejante a la búsqueda de las llaves cerca del mueble, pero con menos esperanza. Porque Wally está escondido con astucia, en un lugar donde el ojo no llegará automáticamente.

Hasta aquí no se entiende la diferencia entre buscar las llaves del auto en una casa y a Wally en una imagen. Solo dijimos que para las llaves nos movemos con todo el cuerpo, mientras que ante el libro podemos mover únicamente los ojos, oposición que no explica la preferencia por Wally. La comparación se agota en este punto y recurrimos a otra que antes no hubiese servido. Es el diccionario. No nos servía para lo descrito hasta aquí porque el diccionario sí tiene un orden lógico y previsible, el del alfabeto. Por ello nuestra búsqueda de palabras no es azarosa como la de Wally y las llaves. No obstante hay un elemento de azar en el diccionario, y es que por compartir letras iniciales pueden encontrarse juntas palabras muy diferentes. Por ejemplo, “llaulláu” justo antes de “llave”, que es un hongo chileno criado en los árboles. Saber esto no nos sirve de nada para encontrar la llave, pero nos resulta interesante, tal como entender las situaciones ilustradas por Martin Handford no nos sirve para encontrar a Wally. ¿Por qué nos interesan las palabras e imágenes que no andábamos buscando? Porque somos curiosos y porque, en los libros de Wally, nos da gusto encontrar elementos cómicos.

Dos casos de estos elementos cómicos se encuentran en las esquinas inferior izquierda y superior derecha de “El combate de las frutas”, en El libro mágico. Abajo se ve un grupo de manzanas con nombres de días de la semana que con una actitud amenazante impiden el paso a una pareja de médicos sorprendidos. Esta extraña situación se comprende al recordar el refrán inglés “one apple a day, keeps the doctor away” (“una manzana diaria mantiene lejos al doctor”). En la esquina contraria se ve un dibujo de Nueva York, presente en el combate de las frutas porque comúnmente se llama La Gran Manzana a esa ciudad. Sin defender la calidad de estos chistes, sostengo que su presencia estimula el recorrido por la imagen porque suma a la de Wally una nueva búsqueda, la de lo gracioso. Además, los casos basados en juegos de palabras indican la relación directa que Handford establece entre imágenes y palabras. De partida, el título de su libro nos invita a buscar la imagen de lo nombrado por la palabra Wally, algo que se repite en la última página del libro, donde hay una lista escrita de objetos para buscar en la imagen (un kiwi, un plátano saltarín, etc.). Esto nos lleva nuevamente al diccionario, pues los elementos en las imágenes de Handford funcionan en muchos casos como significantes a los cuales se debe asignar un significado exacto para captar los chistes. Así se explica parte del gusto por estas imágenes, que ofrecen adivinanzas con soluciones graciosas.

Detalle doctoresGran Manzana

Buscar a Wally es entretenido porque funciona como una excusa para recorrer una imagen llena de elementos por descifrar. Wally se vuelve la meta de un viaje cuyo camino crea azarosamente el observador. Parece una búsqueda, pero es la observación detallada y completa de una imagen. Y el gusto está ahí, en pasar un buen rato mirando una imagen con detención, mientras se cree buscar un personaje. Por eso entretiene más que la búsqueda de llaves, porque el verdadero objetivo no está en el encuentro final, sino en el proceso de buscar.

Estándar
Educación, Libros

¿Por qué leen los que no quieren leer?

Unas alumnas de octavo básico me preguntaron esta semana por qué tienen que leer tanto en Lenguaje si la mayoría de ellas terminará trabajando en áreas muy lejanas a la lectura y la escritura. ¿Por qué se impone leer a los que no quieren leer? En el momento improvisé una respuesta basada en lo que cuenta Doris Sommer sobre el ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, quien dice: “Cuando me siento atrapado, me pregunto ¿que haría un artista?” Conté que llegó a sus creativas soluciones políticas con mimos, globos y disfraces gracias a su habilidad interpretativa desarrollada como lector. “Los artistas piensan críticamente para interpretar el material existente con nuevas formas”, dice Sommer en The work of art in the world. De esta manera, la lectura y las experiencias estéticas entrenan el pensamiento crítico, útil para lo que sea que vayamos a hacer en nuestras vidas.

Game of thrones 1x02

En la primera temporada de Game of Thrones, el gran Tyrion Lannister dice que “la mente necesita libros como una espada necesita una piedra de afilar”. Leer nos agudiza la mente por medio de un enfrentamiento entre las ideas del texto y las nuestras. Como dijo Christina Nehring en The New York Times, “en sus mejores momentos, los libros son invitaciones a pelear, no llamadas a rezar” (“Los libros te vuelven aburrido”). Con esto se refiere a que no leemos para venerar autores sino para poner a prueba nuestras ideas y las del texto. Desde el lado de los escritores, Gerald Graff y Cathy Birkenstein sostienen que todo texto argumentativo surge como una respuesta a otros textos porque opinar es entrar en conversación con otros. “Trabajar con el modelo ‘ellos dicen/yo digo’ puede ayudarnos a inventar, a encontrar algo que decir. En nuestra experiencia, los estudiantes descubren mejor lo que quieren decir no pensando sobre un tema aislado, sino leyendo textos, escuchando atentamente lo que otros escritores dicen y buscando un espacio donde entrar en la conversación” (They say/I say). Ante este argumento, las alumnas de octavo podrían insistir en la idea de que ellas no quieren ser escritoras. Sin embargo, estarán de acuerdo en que quieren tener ideas propias, identidades definidas, saber quiénes son. Y en gran medida para eso leemos, para sacar filo a nuestras espadas mentales, formar nuestras capacidades individuales y poder usarlas mejor. El “conócete a ti mismo” délfico no se consigue mirándose el ombligo, sino haciéndolo dialogar con los ombligos ajenos.

Otra razón para desarrollar las habilidades lectoras es la capacidad de construir sentidos. Stanley Fish explica esto cuando diferencia las oraciones de las listas de palabras. “¿Qué hacemos cuando creamos una oración a partir de una colección aleatoria de palabras? ¿Qué agregamos a esas palabras al volverlas reconocibles como oraciones? La respuesta se puede dar en una sola palabra: ‘relaciones’” (How to write a sentence). El mundo es un caos que nuestras mentes se esfuerzan por ordenar de manera lógica. Un ejemplo de orden lo entregan los textos escritos. Por eso el gran consejo de Stanley Fish para escribir oraciones correctas es: “asegúrate de que cada elemento de tu oración se relaciona con los otros elementos de manera clara y sin ambigüedades”. Leer nos enseña a encontrar el sentido en el texto que tenemos ante nuestros ojos y en el mundo real que ese mismo texto refiere. Por eso, después de leer la novela que Francis Scott Fitzgerald hizo sobre su vida, Gerald Murphy le escribió a su biógrafo: “sólo la parte inventada de nuestra historia –la parte irreal– ha tenido alguna estructura, alguna belleza”. La ficción y la escritura en general tienen la virtud de tomar hechos aislados y relacionarlos para conformar estructuras con belleza. Y esto es algo que todos necesitamos. El sentido que cada persona da a su vida, el que da a cada experiencia, existe únicamente para quien establece relaciones lógicas de oposición y semejanza. Un gran modelo para ello se encuentra en los textos. Por eso nos gustan las historias clásicas, porque jerarquizan los elementos de la realidad y nos ayudan a distinguir entre lo importante y lo secundario, como ilustra este video de María Popova:


(También puedes ver una versión subtitulada en español.)

Otra razón para leer es el uso terapéutico que podemos dar al arte. En palabras de Alain de Botton, “el arte nos compensa ciertas debilidades que tenemos desde el nacimiento, más de la mente que del cuerpo, debilidades que podemos llamar fragilidades psicológicas” (Art as therapy). Esto incluye la esperanza que nos da un final feliz y el alivio de sentirnos menos solos al descubrir que otros sufren por causas similares a las nuestras. Gonzalo Garcés indica algo semejante cuando dice que el arte ofrece advertencias sobre cómo debiésemos o no comportarnos. “En su origen todo el arte, y en particular la narrativa, son fábulas cautelares. Mirá lo que te puede pasar si robás el fuego del cielo como Prometeo. Mirá lo que te puede pasar si mirás atrás como la mujer de Lot. Que no te pase como a Gilgamesh, que rechaza los encantos de Ishtar y por eso la diosa despechada envía contra él al Toro de los Cielos” (“Todo lo que necesitás saber sobre la vida”).

Por último, la literatura nos acerca como seres humanos al presentarnos puntos de vista que, contextualizados adecuadamente, nos resultan aceptables o al menos comprensibles. Borges lo explicó del siguiente modo: “El concepto de asesinos denota una mera generalización; Raskolnikov, para quien ha leído su historia [en Crimen y castigo] es un ser verdadero. En la realidad no hay, estrictamente, asesinos; hay individuos a quienes la torpeza de los lenguajes incluye en ese indeterminado conjunto. En otras palabras, quien ha leído la novela de Dostoievsky ha sido, en cierto modo, Raskolnikov y sabe que su ‘crimen’ no es libre, pues una red inevitable de circunstancias lo prefijó y lo impuso” (“El verdugo piadoso”). No sé si algún lector empezó a matar gente por haber leído a Dostoievsky, pero sé que su lectura nos ayuda a ponernos en el lugar de quienes sí han matado. Nos enseña a ser empáticos y, en consecuencia, un poco menos egocéntricos.

No creo que la lectura sea la única manera de aprender a resolver problemas, formar opiniones propias, encontrar sentidos, compensarnos psicológicamente y sentir empatía por los demás. Ni siquiera creo que la mayor parte de los lectores consigan estos objetivos. Sólo creo que la lectura puede ayudarnos en esos aspectos. Supongo que en algo de esto habrán pensado quienes volvieron obligatorio el estudio del lenguaje y la literatura durante toda la vida escolar. Si no es así, no importa. Los profesores de Lenguaje podemos trabajar para que nuestra clase sirva a estos objetivos prácticos y consigamos estudiantes, no necesariamente cultos, pero sí más sabios, respetuosos y felices.

Estándar
Sociedad

Contra el Viejo Pascuero

En un mundo ideal, uno que yo encontraría ideal, cada padre crearía a sus hijos una nueva mitología. (Si somos muy sutiles, podríamos decir que esto ya es así, pues cada persona que cría a un niño le transmite historias, imágenes y creencias que constituyen una manera específica de entender el mundo, comparable a una mitología.) Pero en nuestro mundo real, la mitología tiende a ser compartida por toda la sociedad, razón suficiente para reflexionar sobre ella. Pienso en personajes como el Ratón de los Dientes, el Conejo de Pascua y el Viejo del Saco. ¿Por qué se enseña a los niños a creer en ellos? ¿Qué idea del mundo les transmite? ¿Son beneficiosos o debiesen ser reemplazados por nuevos mitos?

El mito más vigente en esta época del año es el Viejo Pascuero, y yo estoy en contra de él. No de la Navidad ni los regalos, sino específicamente del Viejo Pascuero. Encuentro que habría que eliminarlo de nuestra mitología, que el mundo sería mejor sin ese personaje.

Como todos saben, el Viejo Pascuero es un hombre mayor por su edad y por el tamaño de su guata, alguien que pasa todo el año con el mismo uniforme rojo de bordes blancos y peludos con gorro del mismo estilo, cinturón negro de hebilla grande y botas. Dirige una fábrica de juguetes ubicada en el Polo Norte, donde solo trabajan enanos por una especie de discriminación positiva. Apoyado en sistemas que desconocemos, el Viejito pasa todo el año observando el comportamiento de los niños del mundo para premiar a los mejores con regalos que reparte en Nochebuena, montado en un trineo que vuela tirado por renos, casi siempre dibujando su silueta sobre una luna llena. Los regalos y el mismo Viejo acceden a cada hogar por su chimenea. Aunque pasa todo el año haciendo regalos, solo a principios de diciembre sabe qué quiere cada niño gracias a unas cartas y visitas a centros comerciales. Lo último permite suponer la eficiencia de su empresa, que lo deja estar lejos de ella en el mes de mayor trabajo. Hay quienes niegan esta suposición y sostienen que el Viejo Pascuero solo deja el Polo Norte la noche de Navidad y que los señores de los centros comerciales son dobles que trabajan como informantes.

¿Por qué me opongo a la existencia del barbudo filántropo? En primer lugar, porque es una gran mentira. Muchos adultos creen que estimula la imaginación de los niños y sus ganas de soñar, pero lo cierto es lo contrario. La imaginación se desarrolla cuando uno sabe que está imaginando. Sino es locura. Y las ganas de soñar tampoco se transmiten por lo mismo: los niños no saben que sueñan al creer en el Viejo Pascuero. Hay que despertar para saber que se estaba soñando, experiencia que nos decepciona cuando el sueño era agradable. Si queremos niños que desconfíen de sus padres y la sociedad en que viven, el Viejo Pascuero es un gran invento. ¿Pero lo necesitamos para conseguir ese fin? El mundo de los adultos se merece por sí solo la desconfianza de los niños, sin el apoyo de ninguna mentira intencionada. Y si se trata de enseñar mentiras, las religiosas son mucho mejores porque las transmiten personas que sí creen en ellas. ¿Quieren mostrar la magia de soñar? Entonces lleven a un niño a un funeral religioso, donde la gente se reúne a creer que el muerto que todos ven muerto en realidad no lo está y se pide por él a Dios, un personaje invisible.

No intento oponerme a las explicaciones mitológicas del mundo. De hecho, quiero defenderlas. Me parece muy bien creer que todas las arañas fueron una tejedora castigada por su orgullo, que las moras son de ese color porque unos amantes murieron junto a su árbol e incluso que ciertos embarazos difícilmente justificables se deben al mágico aliento de un personaje feo que anda por los bosques. Me gustan esas historias porque son bonitas o explican algo. ¿Qué explica el Viejo Pascuero? Nada. Solo se explica a sí mismo. Los niños reciben regalos porque existe el Viejo Pascuero. Tampoco hay una historia bonita. A lo más un par de imágenes que la televisión y la publicidad han usado demasiado.

Por último habría que revisar si el Viejo Pascuero deja alguna enseñanza positiva, la más baja de las defensas que un mito puede tener. Está la idea de que portándose bien cada niño será premiado con regalos. Es positivo que un niño se comporte correctamente, ¿pero por obtener una recompensa material a cambio? ¿Qué será de ese niño el resto del año? ¿Qué será de ese niño cuando sepa que el Viejo Pascuero no existe? Si los padres quieren educar a sus hijos en base a premios y castigos, no necesitan de un personaje diferente a ellos mismos. ¿Por qué no mostrar con regalos que los padres agradecen ciertas conductas? Aunque suene a capitalista meritocrático, me parece bien enseñar que las cosas uno se las tiene que ganar, pero no porque nuestro comportamiento sea observado por una fuerza superior del Polo Norte, sino porque entre las personas reales somos así. La amistad produce gestos amistosos para el buen amigo, los más generosos terminan recibiendo un mejor trato a cambio. Este dios terrenal que premia a los niños buenos es innecesario porque el premio lo obtienen naturalmente de las personas que los rodean y de la propia satisfacción que sentimos al haber actuado bien.

En conclusión, considero que el Viejo Pascuero es una mentira que no estimula la imaginación y que enseña algo que no merece ser enseñado, desconfiar. Es un mito que no explica nada, sino que complica innecesariamente la realidad sin siquiera añadirle algo de belleza. Es un personaje que no enseña nada positivo, que sería mejor eliminar y reemplazar por la magia que siempre han tenido los regalos dados entre personas comunes y corrientes.

Estándar