Educación, Libros

Ocho maneras de escribir sobre lo que leemos

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Cuando en el colegio se pide escribir un ensayo argumentativo a partir de una lectura, cunde el pánico entre los alumnos. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Por dónde empezar?

Los profesores tratamos de ayudar diciendo que todo es muy simple, que solo hay que tener una tesis y después fundamentarla en un texto con introducción, desarrollo y conclusión. Eso aumenta el pánico: todos quedan en blanco, nadie hace nada porque nadie tiene una tesis personal, que al final será misteriosamente parecida a la del resto del curso.

Entonces los profesores, que esperábamos recibir textos tan diversos como nuestros estudiantes, terminamos revisando treinta versiones de las mismas ideas para cada libro: que La Metamorfosis es autobiográfica, que Subterra hace crítica social, que La Tregua es existencialista, que Macondo es Latinoamérica, que La última niebla es feminista… Generalmente ideas que dijimos en clases y que los estudiantes, acostumbrados a triunfar repitiéndolas, escriben a partir de sus apuntes en Arial 12 justificado tamaño carta.

***

Mi trabajo de este año como profesor reemplazante me ha hecho ver este triste fenómeno en colegios que dejan de llamarme cuando sus profesores están sanos o sin viajes. En esos tiempos de cesantía que he aprovechado leyendo, creo haber encontrado una solución. Mi diagnóstico es que la escritura de ensayos falla entre los estudiantes porque cuesta mucho expresarse en géneros que uno no lee y porque la finalidad de los ensayos con tesis y argumentos se aleja demasiado de las vidas de nuestros estudiantes. Quizás la academia funcione así, con artículos que continúan o refutan otros artículos, pero la lectura de obras literarias no debiese tener esa finalidad. ¿Acaso leemos novelas para ganar discusiones?

Mi remedio son las Prosas no obligatorias de Wisława Szymborska. Ella es una gran poeta polaca que publicó cientos de reseñas sobre todo tipo de libros: manuales, diccionarios, ensayos, textos históricos y autobiográficos. Más que la amplitud de sus lecturas, me interesa la de sus maneras de leer. Enumero algunas con citas de ejemplo:

  1. Convertir un libro en el relato de alguien que lo usa
    Antes de empapelar una casa, Szymborska recomienda leer la guía Empapelando la casa como si fuera una advertencia. “Guiándonos por las instrucciones del libro, tendremos que pasarnos por una tienda de pinturas, donde, según dicen, prestan unas determinadas herramientas bajo fianza. Pero en realidad no lo hacen. Dedicamos algunas tardes a visitar a los conocidos porque, quién sabe, quizá tengan alguna de las herramientas que necesitamos. Plantarse así por las buenas no suele ser muy apropiado; es preciso llevarles algo de chocolate a los niños y preguntar a los padres por su salud y su estado”. Lo de los chocolates es invención de ella, pero lo hace a partir del libro, que termina mezclado con la realidad de quien lo leyó.

  2. Identificar por qué un libro no se dirige a nosotros
    De un libro de historia Szymborska lamenta su nivel de abstracción. “Cuando habla de ‘los movimientos migratorios’, una necesita verdaderamente de un don para adivinar si se refiere a un tranquilo asentamiento en unos nuevos territorios o a la huida desesperada de alguna tribu provocada por el empuje de otra. Por desgracia, el poeta sigue pensando en imágenes”. O sea que ella, por ser poeta, obtiene muy poco de ese libro.

  3. Preguntarse por qué leemos un libro que parece no dirigirse a nosotros
    ¿Por qué estoy leyendo este libro? No tengo la menor intención de instalar un terrario en casa. Y aún menos un acuaterrario… En fin, que no soy la destinataria idónea de este libro. Solo lo estoy leyendo porque, desde pequeña, me produce placer acumular saberes innecesarios. Y porque, después de todo, ¿acaso puede alguien saber de antemano qué será necesario y qué no lo será?”

  4. Describir el libro que nos habría gustado leer en lugar del que leímos
    Szymborska lee un libro de cuatrocientas páginas sobre las enfermedades de los perros, pero escribe sobre lo que el autor pasa por alto: “las enfermedades más comunes entre los perros, es decir, todos los tipos de neurosis y psicosis”, que luego imagina: “Cada vez que salimos de casa, el perro se desespera, pues cree que nos marchamos para siempre”. De eso sí que sería interesante leer.

  5. Enumerar datos que cumplen una misma función
    Szymborska lee Los científicos y sus anécdotas, cuyas torpezas encuentra reconfortantes. “Naturalmente no fui el primero en hallar la arsfenamina, pero al menos no soy tan despistado como Ehrlich, quien se escribía cartas a sí mismo. […] ¿Y he olvidado alguna vez presentarme en mi propia boda como Pasteur?”

  6. Contar nuestra anécdota favorita del libro
    De una historia de la paleontología, “no puedo resistirme a la tentación de narrar uno de los episodios de esa historia. No será ni el más dramático ni el más importante, pero mi bolígrafo se estremece ante él”. Y cuenta lo que Wikipedia llama la Guerra de los Huesos (aunque es mejor leerla en la versión de Szymborska).
  7. Inventar la historia de alguien que necesita el libro
    Si sueñas con vivir en la Varsovia del siglo XVIII imaginando los salones de sus reyes, lamentarás llegar a ese mundo real: “un caos de calles, montones de basuras y sucias casas en ruinas”. Si al fin te duermes en una cama llena de chinches, podrían despertarte los gritos de un incendio. “No esperando el rescate de los bomberos, quienes todavía no han sido inventados, te lanzas por la ventana y, únicamente gracias a la montaña de pestilentes desechos que hay en el patio, no te partes el cuello, sino solo una pierna… Cojeando vuelves a tu época y te compras el libro por cual deberías haber empezado: La vida diaria en Varsovia durante la ilustración”.
  8. Explicar por qué no le creemos a un libro
    Sobre un libro dedicado a las pinturas de Vermeer, Szymborska sintetiza la interpretación del autor sobre una obra y comenta que “nos parecerá sensata siempre y cuando no miremos el cuadro”, que luego describe para justificar su desacuerdo. “Miro una y otra vez y no estoy de acuerdo con nada de lo dicho”.

Este último ejemplo es sin duda un ejercicio argumentativo, pero mucho mejor para un estudiante que el ensayo completamente abierto, pues resulta más concreto hacerle una pregunta que lo guíe. El problema no está en argumentar a partir de los libros, sino en que los estudiantes no perciban la libertad que los profesores queremos darles. Por eso pienso que estas ocho opciones podrían ser de utilidad. Además me parece que todas transmiten algo muy valioso sobre la lectura: que no leemos para ganar discusiones, sino para iniciar conversaciones.

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Cómo comentar un texto

Así termina el primer texto que le entregué.

Así termina el primer texto que le entregué.

(Soy profesor de Lenguaje y hace una semana un alumno de segundo medio me propuso lo siguiente. Para mejorar su capacidad de análisis y escritura, me pidió que cada semana yo le entregue un texto que él comentará en un ensayo que yo le comentaré de vuelta. En lugar de comentar mi comentario, él recibirá un nuevo texto para reiniciar el ciclo de la lectura y la escritura. El primer texto que le entregué fue el mito de Faetón, narrado por Ovidio en la Metamorfosis (pp. 96-109). Me dijo que le gustó, pero que no sabía qué tipo de texto escribir. Entonces redacté lo siguiente.)

Me preguntas cómo habría que escribir un ensayo sobre los textos que te voy a ir entregando y lo primero en que pienso es una frase de El gran Gatsby, donde Nick Carraway dice que con sus lecturas querría ser “el más limitado de todos los especialistas, ‘el hombre completo’. Esto no es sólo un epigrama, porque, después de todo, a la vida se la observa mejor desde una sola ventana” (cap. 1). De ahí tomé el nombre de este blog. Años atrás, en un libro que consideré mi favorito, subrayé una frase parecida: “de entre todas las vidas posibles hay que anclarse a una para poder contemplar, serenamente, todas las otras” (Baricco 152). Las dos citas dicen prácticamente lo mismo, que no podemos tomar todos los puntos de vista para ver un objeto. Hay que elegir uno. Eso es verdad para la vida, pero podría no serlo para la escritura porque uno podría tratar de escribir todas las opiniones posibles sobre un mismo objeto. Los ensayos permiten hacer eso. Pero como quiero dar el ejemplo y tomar una sola ventana, una de todas las vidas posibles que este texto podría llegar a tener, me anclo a la idea de que los ensayos deben tener un solo punto de vista. Le doy ese nombre metafórico para no limitar tus textos a temas ni tesis argumentativas, aunque son un buen punto de partida. Quizás me parezca relevante esto de elegir una única ventana porque es algo que me cuesta hacer. Como dice Holden Caulfield, “mi problema es que me gusta cuando alguien hace digresiones. Es más interesante” (El guardián entre el centeno, cap. 24). Por eso las hago, aunque sé que habría que evitarlas para ser más claro, para que el lector capte algo de lo que uno está comentando.

El otro punto relevante es ser capaz de transmitir ese punto de vista personal. En un buen prólogo de un mal libro, Juan Villoro  dice que W. H. Auden “sostiene que la crítica negativa siempre informa más del que escribe que del tema en turno: ‘no puedes reseñar un libro malo sin lucirte’. El desafío esencial del ensayista consiste en argumentar virtudes. Nabokov sabía que no hay juicio estético más preciso que sentir un escalofrío en el espinazo. El ensayo asume en forma intrépida el reto de razonar escalofríos” (10). Me gustan mucho los ensayistas capaces de destruir un texto o una película, pero prefiero a los que son capaces de explicar lo positivo. Ese objetivo me parece el mejor, si no el único, para elaborar interpretaciones, para dar racionalidad a algo que no la tiene. Los buenos libros nos hacen pensar y sentir tantas cosas, que creemos posible ordenar todo eso en torno a una tesis que demostramos con fragmentos del texto. Ese es, creo, el origen de las interpretaciones, aunque después uno lo pase bien inventando pruebas sobre la riqueza simbólica de lo leído. Uno solo quiere decir: “ahí hay algo, vayan a buscarlo”. Pero, para que nos crean, le ponemos un nombre a ese algo. Así es como el intérprete también se siente un poco artista, uno que busca en los textos lo que otros buscarían en la realidad. “Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista” (Alberto Manguel). El único argumento verdadero es el placer, pero si nos quedamos solo en él no creamos un ensayo.

Junto al punto de vista y la racionalización del placer, hay un tercer elemento que valoro en los ensayos: la creación de historias. El comentario puede ser también un texto narrativo, uno que cuente la historia de la lectura que se comenta. Como dijo Miguel de Unamuno, “lo que en un filósofo nos debe más importar es el hombre” (Del sentimiento trágico de la vida, cap. 1). No es que sea un deber, pero pasa realmente. Además de las ideas, uno quiere saber sobre la persona que las pensó. Borges lo dice en una charla sobre la ceguera: “he observado que se prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto. Por consiguiente, empezaré refiriéndome a mi modesta ceguera personal” (330). Así habría que hablar, desde la ceguera de uno, que marca el límite con lo que sí se puede ver, con la ventana o el punto de vista.

Para finalizar este texto, propongo tres ejemplos de comentarios que admiro.

BB, nuestro lujo de los lunes por Hernán Casciari

Hernán Casciari tuvo un blog tan bueno sobre series de televisión, que al principio yo lo leía solo por el gusto de leerlo, sin saber ni querer saber nada sobre su tema. Me atrajeron sus buenas historias y el punto de vista que adoptaba en cada una de ellas. Recuerdo con especial cariño su presentación de Breaking Bad, donde cuenta que al final de cada episodio se quedaba pegado ante el televisor repitiendo la palabra “nopueser”, que en español significa “no puede ser posible”. La imagen identifica una verdad: a mí también me costaba mucho volver a la vida real después de cada capítulo de esa tremenda serie.

Uno sabe que Casciari exagera, pero lo hace para mejorar las anécdotas. Esto lo explica él mismo en un texto que funciona como un arte poética: “fue allí cuando le dimos verdadera dimensión a la honestidad que implica regalar una mentira donde es uno —el narrador— quien queda mal parado”. Ese texto, donde explica que las historias que le interesa escribir se ubican en un punto intermedio entre la realidad y la ficción, también es una historia.

Otro comentario admirable de Casciari es cuando comparó su experiencia como espectador de Lost con una relación amorosa. “La primera temporada de Lost fue como el inicio de un noviazgo salvaje. Como esos amores a primera vista en donde sólo cabe pensar que la vida será siempre maravillosa y que nada, en todo el mundo, nos sacará del paraíso. Acción, suspenso, misterio”. Después de leer esta historia, empecé a ver Lost. Luego vinieron las otras series, también recomendadas por Casciari en ese blog, que este año retomó en otro sitio web.

Lo último que diré de él, en lugar de pegar más links a textos suyos que admiro, es que rescato la finalidad de sus publicaciones. Lo dijo en el comentario número 34 de esta reseña. Alguien le reclamó por presentar una serie que muchos ya conocían hace tiempo con informaciones que tampoco eran nuevas. Casciari le respondió:

“Es verdad. Pero eso ocurre porque sabés muchísimo sobre tele, mirás un montón de series y leés blogs específicos. En esta columna no escribo para los que ya son fanáticos y saben todo. ¿Qué gracia tiene? En el futuro voy a recomendar muchas cosas que seguro ya viste, y de las que ya leíste mil reseñas. Espero que no te enojes cada semana”.

¿Por qué me gusta que diga eso? Porque muestra que Casciari está haciendo difusión cultural, que se está dirigiendo a un público amplio para compartir buenas obras de arte. Y eso, que conmigo resultó y me ha hecho ver series de excelente calidad, hace que me sienta muy agradecido de él.

300: El Nacimiento de un Imperio… ¿Qué tal? por Hermes Antonio

Hermes sí que haría enojar al comentador de Cascari, porque reseña las películas más conocidas que existen. Su especialidad es Hollywood, las películas que los multicines anuncian con afiches gigantes, las que vemos en paraderos de micros y páginas completas del diario. Lo genial de Hermes es su voz, como puede verse en su propia descripción:

Flims: El nuevo rincón de Hermes es una página dedicada al cine, las series y la cultura plop en general, aunque más cine que nada. Su responsable es el visionario Hermes, también conocido como Hermes Antonio, Hermes el Sabio, Hermes Guachito Rico, Crítico Famoso, etc. Los comienzos de su destacada labor en el campo de la crítica fliméfila seria se remontan al año 2006, donde debuta en un entonces promisorio sitio llamado Blogspot.com. Una fría mañana de marzo en que todo cambió, Hermes Antonio decidió –naah, me aburrí. Soy yo oh. Quería tener biografía de Arturo Prat y la estaba escribiendo yo mismo, pero me cansé (sorry)”.

Tiene una rapidez impresionante para hacer chistes que me hacen reír muy fuerte. (¡Un sitio promisorio llamado Blogspot.com! Es como si uno dijera ser redactor de uno de los sitios web más visitados de Internet: Facebook.) Además de los chistes, Hermes juega muy bien a racionalizar el placer, asumiendo desde el comienzo lo que decía Alberto Manguel, que casi todos los juicios estéticos son refutables.

“Lo mejor de Trescientos es que debe ser una de las películas de batallas más entretenidas de todos los tiempos, porque estos vedettos musculosos lo único que saben y quieren hacer en la vida, es ir a la guerra a morir con honor. Lo juro, es en lo único que piensan y desde que son chicos porque cuando son péndex que en vez de ir al colegio practican combo en loci, en vez de ir al McDonald’s van al gimnasio a hacer tiburones, y en vez de pedir esmárfons piden cera depilatoria”.

La prueba de que Trescientos es una entretenida película de batallas es que lo único que saben hacer sus personajes es ir a la guerra. ¿Qué relación hay entre la opinión y el argumento? Ninguna, y eso no es un defecto en las columnas de Hermes. El argumento funciona porque todo lo que dice después es gracioso y porque representa muy bien el personaje que es Hermes, un niño del cual solo existe una fotografía:

Hermes Antonio

Su niñez justifica su libertad de juicios, asociaciones y graciosos malentendidos. También explica la falta de lógica en sus explicaciones. ¿Qué hace un niño para convencer sobre la calidad de una película? Enumera sus partes y, totalmente en serio, dice que, por ejemplo, “Trescientos es buena porque tiene los mejores guerreros que existen”. Y eso no tiene nada de malo, no en el personalísimo estilo de Hermes.

Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: El Decamerón por Ernesto Filardi

A Ernesto Filardi también se le podría reclamar por comentar obras demasiado conocidas. De hecho, en Jot Down tiene una sección donde solo presenta textos típicos, más conocidos como clásicos. Y como ya dije, encuentro que eso no tiene nada de malo.

Me gustó leer hace poco que, después de publicar un bonito texto sobre La regenta (novela que yo también podría comentar en este blog porque es una de mis favoritas), retuiteó de una lectora: “lo que no consiguieron varias profesoras de lengua, lo habéis conseguido vosotros: que lea La regenta”. Después Filardi tuiteó:

“He trabajado casi diez años haciendo campañas de animación a la lectura, y cosas así son las que dan todo el sentido a lo que uno hace”.

Me conmovió leer eso, supongo que porque soy profesor de lenguaje y porque tengo este blog, dos espacios en los que intento compartir la felicidad de leer. Ernesto Filardi lleva diez años animando a la lectura, pero menos de uno escribiendo para la sección “Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos”. El nombre de la sección supone que nadie quiere leer lo que debería leer y agrega que, de todos modos, algunas de esas lecturas sí debiesen realizarse. Asume una resistencia por parte del lector, sabe que es difícil mandar a alguien a leer, por ejemplo, las mil páginas de La regenta.

Por eso empieza desde el principio, explicando que los libros clásicos son buenos. Entonces pregunta a los lectores en quién podemos confiar para determinar si un libro es bueno o malo. “Dense un tiempo para buscar una posible respuesta.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

¿Qué juez es lo suficientemente sincero e imparcial como para sentenciar si un texto literario es modelo digno de imitación?

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

En efecto. La respuesta es el tiempo”.

Así escribe. Ingenioso y didáctico. Porque el recurso del tiempo que pasa para encontrar que él mismo, el tiempo, es la respuesta buscada no solo es creativo, sino que además se fija en nuestra memoria.

A diferencia de Casciari y Hermes, Filardi presenta obras históricamente lejanas. Su gran trabajo es acercarlas. Al resumir la situación de donde surgen las historias del Decamerón de Bocaccio, habla de los jóvenes que en 1348 salen de la ciudad para huir de la peste. “Si cambiásemos la fecha por una de dentro de unas décadas y la palabra peste por ataque nuclear, epidemia zombi o invasión alienígena nos encontraríamos con un blockbuster distópico próximamente en todas sus pantallas. […] ¿A quién no le apetecería, por ejemplo, marcharse a una villa en la Toscana con unos amigos hasta que se acabe la crisis de una vez?” Sin dejar este estilo juguetón, cuenta rápidamente una de las historias del Decamerón y la interrumpe en su punto más intrigante para que nos vayamos a buscar el final y el libro completo.

Una vez le escribí por twitter: “No sé si seguir aprendiendo y riendo con las reseñas de @ErnestoFilardi o hacerle caso y leer a Bocaccio”.

Él, como promotor de la lectura que es, me dijo: “Yo que tú leería a Bocaccio. Porque vas a aprender y a reír muchísimo más que conmigo ;)”

¿Qué debieses hacer ahora? ¿Leer a Hernán Casciari, a Hermes Antonio, a Ernesto Filardi o a Bocaccio? ¿Ver Breaking Bad o la segunda parte de 300? ¿Escribir sobre alguno de ellos o sobre nuevos textos? Te recomiendo ir a leer cualquier cosa, pero después escribir sobre ella. Así podrás compartir esa lectura y recodarla cuando se te haya olvidado.

Bibliografía impresa
Baricco, Alessandro. Océano mar. Barcelona: Anagrama, 1999
Borges, Jorge Luis. Obras completas III. Buenos Aires: Emecé, 2007.
Villoro, Juan. De eso se trata. Santiago: Diego Portales, 2007.

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