Breve, Educación

Texto expositivo para un estudiante perdido

estudianteUna manera de perder a un estudiante es decirle que el texto expositivo es el que expone o informa. “Perfecto”, dice el estudiante, “entonces cada vez que un texto me exponga o me informe de algo, será expositivo”. Y así sale al mundo, sin saber que está perdido. Piensa en sus lecturas más recientes y se dice: “el libro de Roberto Ampuero me informó sobre una investigación de Cayetano. El monólogo de Hamlet expuso las reflexiones del príncipe danés sobre ser o dejar de ser. El manifiesto de Parra me informó que los poetas bajaron del Olimpo, un cerro donde parece que vivían. ¡Puros textos expositivos! Incluso si alguien escribiera lo que estoy pensando ahora, habría un texto expositivo sobre mis ideas”. Y así se va el estudiante, feliz de haber aprendido una categoría inútil, que en lugar de diferenciar tipos de textos, los mezcla. ¿Cómo decirle que está equivocado?

Primero le ayudará saber que el texto expositivo se entiende en oposición a los narrativos, argumentativos, líricos y dramáticos. Es decir, que el texto expositivo no cuenta una historia, no intenta convencer de algo discutible, no se escribe en verso ni se va a representar sobre un escenario. ¿Entonces qué es un texto expositivo? Es uno que expone, pero no en el sentido amplio que le dio el estudiante perdido, sino como lo entienden los fotógrafos.

Tomar una foto no crea un texto expositivo, pero sí una exposición, la de un material fotosensible a la luz. Tomar una foto es abrir una tapita, el obturador, y dejar que la luz emanada por las cosas entre tal cual en la cámara. La recepción que la cámara hace de esa luz se llama exposición. Tiempo después, cuando el fotógrafo haya seleccionado sus mejores fotos y quiera que otras personas las vean, podrá instalarlas en una sala que también se llamará exposición. ¿Volvemos a que cualquier cosa es una exposición? No. En fotografía, exponer es sacar a la luz, dejar un objeto ante la mirada de alguien o algo, de los espectadores o la cámara. Y eso buscan los textos expositivos, dejar las cosas a la vista del lector con la objetividad de una foto bien enfocada y encuadrada.

Son textos expositivos la definición de diccionario que enseña el significado de una palabra, el estudio científico que muestra un descubrimiento, la descripción que revela cómo es un objeto, las instrucciones que indican cómo se hace algo y la noticia que señala lo que ha pasado. Enseñar, mostrar, revelar, indicar y señalar: solo verbos visuales. Verbos de quien estira la mano y dice: “fíjate en ese pedazo de realidad, distinto a todo lo que lo rodea y por eso merecedor de tu atención”. Por eso importan los textos expositivos, porque nos ayudan a conocer el mundo, a ver lo que no habíamos visto, a mirar las cosas tal como son.

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La cara de foto

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Esta semana me tocó reemplazar al profesor de Historia en un cuarto medio, justo cuando les tomaban la foto de curso. Al entrar a la sala, les pregunté a algunos qué cara habían puesto en la foto. Al principio se complicaban decidiendo entre tratar de describir sus intenciones o, simple y ridículamente, imitar la expresión elegida para la foto, si es que realmente se elige una cosa así. Por ahí partió una alumna, dando a entender que mi pregunta no tenía mucho sentido porque la cara de foto no se elige de manera consciente, sino que se forma con el tiempo y la costumbre. Sería como la letra manuscrita. Uno no se da cuenta y ya ha adoptado un estilo de letra o una cara de foto.

Ya, la cara se hace sola, pero igual uno hace algo cuando ve que se viene una foto. Sería muy raro darle la espalda al fotógrafo. Ni siquiera es una opción en la foto de curso. Todos posan bien de frente, con las manos en la espalda o sobre las rodillas según la ubicación. Nada de gestos diferenciadores como conejos, autolikes o dedos en la boca. Por eso la cara es importante, porque ahí está toda la libertad autorizada en la foto de curso. (No sé cómo lo hacen en sus colegios, pero en el mío la foto la organizan los inspectores, las fuerzas del orden escolar.)

Una alumna mostró ser más consciente de sus expresiones. Dijo que sonreía, pero que había pasado por periodos de mostrar u ocultar los dientes. Esto había sido independiente del uso de frenillos, tan vergonzosos para algunos que dejan de sonreír mientras los tienen. Más tarde miré mis fotos de perfil en Facebook y resulta que de las 11 imágenes que usé entre 2012 y 2014, solo en una muestro los dientes. No aparezco sonriendo, sino expresando asco. En una incluso salgo con una bufanda que me tapa la boca y la nariz, y en otra me veo durmiendo, con los ojos cerrados. Casualmente retomo la sonrisa abierta el año en que conocí a mi polola. ¿Casualmente?

Me preguntaron qué hago yo cuando me toman fotos. Les dije que trato de reírme porque mostrar los dientes no es sonreír. Cuando se viene la foto, levanto mis mejillas buscando que tironeen las comisuras de mis labios (“¿por qué los profes de Lenguaje usan palabras tan raras?”, dijo una alumna y los punto de unión de mis labios se alzaron indefectiblemente hasta configurar una sonrisa genuina) y boto aire por la nariz, fingiendo una risa silenciosa. (Resfriado hago el mismo sonido para asegurarme de tener la nariz destapada. Eso capta la atención de quienes me rodean, siempre expectantes de encontrar algo de qué reír, pero terminan encontrándose con el feo espectáculo de un tipo que bota aire para verificar que no esté botando nada más. He intentado dejar de hacer esto, pero lo tengo tan internalizado como la letra manuscrita y la cara de foto.) A veces incluso hago el temblorcito de hombros del perro Patán, siempre a destiempo con el movimiento de la cabeza, para acordarme de cómo era eso de reírse de verdad, pero sin caer en el peligroso extremo de reírse de verdad. ¿Han visto fotos suyas donde aparezcan riéndose? Cuando Leonardo Da Vinci estudió los ojos, la boca y las mejillas de la risa, concluyó que se ven igual a las del llanto. Solo encontró una diferencia en las cejas, más levantadas al reír y más rígidas al llorar. Por eso no hay que reírse de verdad. Se corre el riesgo de salir muy mal.

¿Por qué nos importa todo esto? ¿Por qué no suena tan loco que en una novela de César Aira alguien escriba un libro de autoayuda titulado “Cómo salir bien en las fotos”? Roland Barthes, un francés que escribió sobre temas tan diversos como los marcianos y una publicidad de pastas italianas, reflexionó sobre esto en su libro sobre fotografía. Ahí describe lo que nos pasa al saber que una cámara nos mira: posamos, nos fabricamos otro cuerpo, nos transformamos en imagen. A mi abuelo no le gusta eso. Por eso, cuando celebramos algún cumpleaños, se pasea con su cámara sin avisar que va a tomar una foto. Si alguien se da cuenta y sonriendo pone la mano en la espalda de quien esté más cerca, mi abuelo baja su cámara y no toma la foto. Él quiere fotos que se parezcan a lo real, que no sean pose ni fabricación.

Pero Barthes no dice que posemos para engañar, sino para ser más nosotros mismos. Esto puede sonar absurdo, pero nos pasa todo el tiempo. Tómense una foto estornudando. ¿Se identificarán con ese rostro de músculos contraídos? Al ser fotografiados, queremos que nuestra persona coincida con su imagen. Es esa persona, ese yo, “lo que no coincide nunca con mi imagen; pues es la imagen la que es pesada, inmóvil, obstinada (es la causa por la que la sociedad se apoya en ella), y soy ‘yo’ quien soy ligero, dividido, disperso y que, como un ludión, no puedo estar quieto, agitándome en mi bocal”. La foto fija para siempre un solo momento de nosotros, que estamos siempre cambiando. Por eso queremos salir bien en cada foto y por eso nos tomamos tantas, para mostrar que somos diversos, que cambiamos, que a veces andamos en períodos de sonreír mostrando los dientes o, al contrario, de ocultarlos.

Publicado en Mimag.

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