Periodismo, Televisión

Elogio a Natalia Valdebenito

“Yo creo que no hay mucho secreto,
no hay que escribir mucho
ni hay que darle mucha vuelta:
eres tremendamente graciosa”.
Américo (9:20)

Macedonio Fernández se dirigió a los críticos en uno de sus libros: “sois los únicos que amáis y concebís la Perfección; los escritores nada de esto, publicadores de borradores, libros de apuro, de oportunidad, de rumbeo; la Perfección vendrá algún día en un libro, tal como con razón la esperabais y concebíais” (195). Es una crítica muy bien pensada, que supone la inexistencia de lo perfecto y, por tanto, el absurdo de exigírselo al arte. Finge irónicamente que los escritores son inferiores a los críticos porque no solo aceptan lo imperfecto, sino que lo divulgan en sus libros, que los buscadores de lo perfecto criticarán. Hans Ulrich Gumbrecht lamenta ese supuesto deber que tienen los intelectuales de ser críticos, “que ha reducido seriamente la cantidad de discursos que nos sentimos autorizados a desarrollar” (32). Y lo dice queriendo ampliar esa autorización, justificando que elogiará aquello por lo que siente gratitud. “¿No es verdad que los mejores ejemplos de crítica en arte, literatura y música son casi siempre análisis de pinturas, textos o sinfonías, análisis que implícitamente elogian sus objetos de referencia al mostrar cuán complejos son éstos, y cómo lo son de muchos modos diferentes?” (37). A eso me dedicaré, a elogiar la Perfección del show que Natalia Valdebenito presentó el miércoles 24 de febrero en el Festival de Viña del Mar.

Pero empezaré siendo crítico. Es verdad que uno puede hablar bien de algo sin hablar mal de otras cosas, pero es más fácil si se tiene con qué comparar. Además, Natalia Valdebenito recibió el mismo par de gaviotas que Edo Caroe y Rodrigo González, por lo que merece ser diferenciada. Los shows de ellos hicieron reír, gustaron en la Quinta Vergara, pero en mi inmodesta opinión no fueron tan Perfectos como el de ella. Los revisaré por orden cronológico.

Edo Caroe

caroe

Edo Caroe empezó con el apoyo de Coco Legrand, primero en un video y luego en una imitación suya a cargo del talentoso Óscar Álvarez. Se asoció a un grande, un consagrado en Viña, pero no le hizo honor. Porque lo que hace Coco Legrand es contar historias graciosas que le sirven para reflexionar sobre la sociedad chilena, mientras que Edo Caroe se limitó a pegotear chistecitos que prometían algo mayor sin llegar a ofrecerlo. Veamos un ejemplo de cuando empezó a hablar solo, justo después de conseguir que la Quinta Vergara gritara estar ¡BIEEEN!

“Con ese ánimo sí va a funcionar porque para estar en un escenario como este se necesita valentía. Y yo no soy muy valiente, la verdad. De hecho, la otra vez me quise circuncidar y no me dio el cuero. [Risas] Sí, se necesita valentía para estar acá porque yo sé que algunos me tenían menos fe que a condón de consultorio. [Más risas]” (11:55).

No creo que sus chistes sean intrínsecamente malos, sino que les falta desarrollo y contexto. ¿Quieres hablar de cobardía? Entonces pegotea más chistes al respecto (como el del cocinero que no hacía tallarines porque le daba miedo que empezaran a pegarse). No es mi estilo favorito de humor, pues parece tomado de un libro de chistes, pero al menos construye algo. Después menciona una circuncisión. ¿Qué haría Coco Legrand con ese tema, si recordamos las maravillas que conseguía con su su operación de los testículos? Buscando rápidamente en YouTube llegué a un show donde Joe Rogan le saca mucho partido a un tema tan interesante. Pero no, Caroe solo tenía el chistecito sobre el cuero, expresión que tampoco aprovechó de comentar. ¿Vendrá de ahí, del prepucio? ¿Es necesario ese cuero para tener relaciones sexuales satisfactorias? ¿Entonces de dónde viene la frase? Sé que me expongo con estas propuestas temáticas, que es más seguro acusar de fome a un humorista, pero creo efectivo demostrar que sus defectos tenían solución. El tema es que Edo Caroe no habló de valentía ni de circuncisiones ni de la frase “no me dio el cuero” ni de condones ni de consultorios. Desperdició todas esas palabras jugándoselo todo por unos chistes que produjeron risas, pero nada más. Le faltó lógica, capacidad de hilar un discurso. Un ejemplo de eso está al principio de la cita que transcribí, donde dice que su show funcionará con un público animado porque hay que ser valiente para estar en ese escenario. ¿Qué tipo de causalidad es esa? Para actuar en Viña hay que ser valiente. ¿Es esa una razón para que un show funcione? No. Son hechos totalmente aparte. Hubiese sido más lógico decir:

“Con ese ánimo sí va a funcionar porque este show depende de una relación entre ustedes y yo, que soy muy inseguro y no puedo presentarme ante personas desanimadas. Algunos me dicen que este trabajo se trata de eso, de ser valiente y actuar aunque a uno no lo quieran escuchar, pero yo no soy valiente. De hecho, la otra vez me quise circuncidar…”

Me quedó muy largo para los ritmos televisivos. Habría que agregar chistecitos entremedio, quizá desarrollar esa incapacidad a presentarse ante desanimados, tema que también da para mucho. Se puede pensar en la soledad de un chileno que solo hable con gente alegre y animada. Así se toma el lugar común de que los chilenos somos fomes y se plantean situaciones como el de alguien incapaz de hacer trámites en el banco porque todas las ventanillas son atendidas por gente desanimada. Pero bueno, Edo Caroe no aprovechaba lo que decía, sino que sumaba y sumaba chistecitos, además de trucos de magia y críticas a los políticos más criticados el último año. Fue un show de acumulación, no de construcción. Juntó materiales, pero armó muy poco con ellos.

Rodrigo González

Segunda Noche del Festival de la Canción de Viña del Mar 2016

Foto: Francisco Longa/Agenciauno

Al día siguiente se presentó un humorista que no repitió los errores de Caroe (¿por qué habría de hacerlo?). A mí me gustó el show de Rodrigo González. Tomaba una idea cualquiera, bastante típica y difundida por internet, y la desarrollaba con chistes. Criticó lo actual añorando el pasado al hablar sobre monos animados, dulces, maneras de divertirse, músicas, donde pidió que vuelvan los lentos. Son ideas súper simples, pero eso está bien, porque para conectar con el público funciona decir cosas conocidas. Lo bueno es que las desarrollaba, pasaba un rato hablando sobre cada tema.

Casi al final de su presentación comparó los smartphones actuales con los teléfonos de antes, cuando eran familiares y de disco. Observó que ahora hay grupos de WhatsApp para todo, se rió de los amigos que mandan fotos porno y de esos videos que prometen un gol de Alexis Sánchez pero terminan siendo “ese video porno camuflado”. Cerró su espectáculo con esta reflexión:

“Sin embargo esta noche yo sentí, y esto lo digo de verdad, que nos conectamos. [Aplausos] Que nos conectamos de verdad. Es una noche romántica, es una noche donde el amor todavía existe, es una noche donde nos podemos reencontrar y conectarnos face to face, cara a cara, y decirnos frases que a veces no nos decimos en persona, como por ejemplo, te extraño, te amo, abrázame, baja la tapa del water. [Risas]” (40:41).

Fíjense en todo lo que se demoró en hacer la broma del water. Estaba terminando, ya había hecho reír bastante, pero de todos modos se tomó el tiempo para hacer esa reflexión que sería fácil descalificar como un cliché, pero que me parece valiosa e inteligente para en su show. Si habló tanto de echar de menos cosas antiguas, tenía sentido recordar que su espectáculo fue algo antiguo. Que pararse a hablar frente a mucha gente es algo de otra época que sigue produciendo lo que buscan las tecnologías más actuales: conectarnos.

En definitiva, González hizo un buen trabajo porque no se fue directamente a los chistes, sino que llegó a ellos desde los temas que quiso tratar. Integró el humor a una conversación, que es lo que debiésemos aprender a hacer de los humoristas. Entiendo que la diferencia entre pornografía y erotismo se parece a esto. Mientras la primera se va derechito al sexo, el segundo lo subordina al amor y la ternura. Por eso González fue mejor que Caroe, porque le puso ternura a su presentación.

Natalia Valdebenito

valdebenito

Llego a la difícil tarea de probar que Natalia Valdebenito fue mejor que Edo Caroe y Rodrigo González. Con el primero es fácil porque no dije casi nada bueno sobre él, pero con el segundo me va a costar más. Tengo listo el argumento de que González presentó ideas típicas mientras Valdebenito presentó ideas más novedosas, pero correría el riesgo de sonar ingenuo, como le pasó hace poco a Eddie Redmayne cuando insinuó que Danish girl era la primera película masiva en hablar sobre el transgénero. No. El show de Valdebenito no fue genial por ser feminista. Eso no tiene ninguna gracia en sí mismo. A mí me gustó su rutina porque estaba bien pensada, tenía contenido y bromas constantes que no eran un fin en sí mismas, sino un medio para hablar, principalmente, sobre la experiencia de ser mujer en la actualidad. En definitiva, stand-up comedy de calidad. Lo que me cuesta es entender a qué me refiero con eso.

Después de saludar, agradecer y conseguir ciertos gritos de un público animado como el exigido por Edo Caroe, Natalia Valdebenito empezó su verdadero show:

“En una época de mi vida, y en esto no me voy a censurar, fui bien putaza. [Risas] Sí, putaza. Esa cuestión de cuando una echa a la chuña la… [Risas] De repente una no tiene sexualidad y dice ‘ya, bueno, hoy día salgo a cazar nomás, po’. [Risas] Hoy día lo que caiga. [Risas] Entonces, bajo esa premisa, la verdad es que uno se va encontrando con mucho prejuicio, mucha gente que te dice o que opina. El poto es mío y la gente opina, yo no entiendo. [Risas]” (3:06).

Observemos primero la frecuencia de las risas. Cinco risas con solo 84 palabras (6%). Caroe tuvo dos en la cita de 61 palabras que transcribí (3%) y González solo una en 72 (1%). Obviamente está medición es injusta y poco representativa. Cada humorista tuvo momentos con más y menos risas que los seleccionados. Además, tenemos el caso de las cosquillas, que producen risas sin ninguna palabra y no por eso son humor. Según un estudio de Robert Provine sobre mil 200 personas, menos del 20% de nuestras risas diarias surgen de lo que llamamos humor. Pero es un primer indicador. Valdebenito estaba recién empezando y su público ya se reía constantemente.

De las cinco risas, ninguna es un chiste. Ninguna funciona sacada de contexto, como sí pasa con el humor de Edo Caroe. Uno cumple cuando anuncia contar un chiste y dice: “la otra vez me quise circuncidar y no me dio el cuero”. Si alguien me ofrece un chiste y me cuenta que en una época de su vida fue bien putaza, yo me quedaré esperando la continuación. Con Valdebenito también esperamos, pero no solo chistes, sino también el desarrollo de un tema. Cada una de las risas surge de la misma confesión inicial. Es como si repitiera la misma idea con formas diversas y solo cambiara al final del párrafo, cuando toca el tema de los prejuicios. Pero no es repetitiva, sino inteligente, pues cada repetición añade un matiz: ser putaza es una cualidad, salir de cacería es una acción realizable por quien tiene esa cualidad. Se está dando a entender con algo de profundidad, aunque el tema parezca liviano.

Me cuesta entender por qué nos reímos cuando Valdebenito dice haber sido bien putaza. Me es insuficiente pensar que simplemente lo dijo con gracia, porque si así fuera ella podría haber dicho cualquier otra cosa. No pasaría nada si dijera: “en una época fui bien inmadura”. Quizás sea porque la palabra putaza se aplica normalmente a otras personas y no a una misma. Es algo que no se confiesa, menos con ese bien intensificador. Lo cómico podría estar en la falta de eufemismos (como en mi ejemplo de la inmadurez), aunque en realidad no lo sé. Quizá lo gracioso esté en llevar a un extremo la falta de autocensura, algo como: “está bien decir la verdad, pero nunca tanto”.

Otra posibilidad es que lo gracioso sea el automatismo de volverse putaza, de volverse una marioneta de los deseos corporales hasta el punto de aceptar “lo que caiga”. Henri Bergson propuso en La risa que ella “flexibiliza cualquier resto de rigidez mecánica que pueda quedar en la superficie del cuerpo social” (19). Básicamente, Bergson dice que casi siempre que nos reímos lo hacemos de algo humano que se ha vuelto mecánico, que parece automático, y nos reímos para condenarlo. Según esta teoría, el chiste de Caroe da risa por confundir mecánicamente dos significados de cuero: el de una frase sobre la resistencia (“no me dio el cuero”) y el prepucio. Solo un robot (o un extranjero) pensaría que hay una misma palabra en los dos usos (por eso nos da risa escuchar a extranjeros aprendiendo nuestro idioma). Volviendo a la putaza que caza lo que caiga, Bergson también diría que “es cómico todo incidente que nos pone de relieve el físico de una persona cuando de lo que se trata es de moral” (36). Y la sexualidad humana es totalmente moral. ¿Será eso lo gracioso, que la sexualidad haya sido reducida a una vagina? Hay otro automatismo al final de la cita: “El poto es mío y la gente opina, yo no entiendo”. La analogía es graciosa porque falla. Es verdad que la gente no debiese opinar sobre las cosas personales, pero también es cierto que opinamos muchísimo sobre la vida sexual ajena (de eso se tratan los programas de farándula). Entonces, aunque sea razonable, es divertido que Valdebenito olvide la convención social de que en general, cuando estamos en confianza, opinamos mucho sobre el uso que las otras personas dan a su cuerpo.

¿Sería gracioso un hombre que confesara lo mismo? Probablemente no, por esto de que parece más vergonzoso para un hombre reconocer su virginidad que su promiscuidad. Pero el valor de Natalia Valdebenito está en no quedarse ahí pegada. Ser puta, más que un chiste, es una premisa, según sus propias palabras. Con ese inicio ella se vuelve una autoridad en uno de los grandes temas que tratará en su presentación: los hombres que ha conocido. Cuando dice “me agarré a cuanto hueón había, básicamente para aprender” (4:06) está explicitando esa posición de autoridad, aunque lo diga causando risa por encubrir un deseo corporal con un falso interés intelectual.

Encuentro admirable que una mujer triunfe en televisión diciendo que se mete con muchos hombres cuando anda caliente sin parecer sucia ni tonta. Creo que lo logra porque va mucho más allá de la consigna “las mujeres también tienen derecho a gozar de su sexualidad”. Y ese más allá está en su narración. Como dice Martha Nussbaum: “La información sobre el estigma social y la desigualdad no transmitirá toda la comprensión que un ciudadano democrático necesita sin la experiencia participativa de la posición estigmatizada, que el teatro y la literatura permiten” (cap. VI). Dicho de otro modo, no basta con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, porque en teoría todos somos tolerantes y respetuosos. Lo que necesitamos es sentir las experiencias de las otras personas, algo que podemos conseguir con el buen stand-up comedy, que debe mucho al teatro y la literatura. Así adquieren peso y realidad los personajes que Natalia Valdebenito caracterizó.

Porque ella no solo habló de la putaza, que comenté porque aparecía primero, sino también de la celosa, la canalla y la sola. En Facebook leí una crítica contra Valdebenito porque generalizaba al hablar sobre las mujeres. Yo creo que eso es algo positivo, que las generalizaciones nos ayudan a entender el mundo, y en esto tengo el apoyo de Henri Bergson. Él observó que los títulos de grandes comedias de Molière no son personas específicas como en las tragedias, sino que son nombres de tipos: El avaro, El misántropo, El enfermo imaginario. “La comedia describe caracteres con los que nos hemos cruzado, con los que volveremos a cruzarnos en nuestro camino. La comedia señala semejanzas. Busca mostrarnos arquetipos” (100). Nos gustan esos personajes porque los conocemos, sabemos que existen, creemos en ellos. Y esa es una fuente de humor.

El antropólogo Robert Lynch probó empíricamente que las personas se ríen más cuando ven algo que creen verdadero. Toma de Alistair Clarke la idea de que el stand-up comedy ofrece un humor del tipo “es muy cierto” (142) y concluye, por ejemplo, que las personas sexistas se ríen más con los chistes sexistas en una presentación de Bill Burr. Específicamente, midió cuánto afectaba la creencia de que las mujeres estén más asociadas a la familia que los hombres. “No podemos explicar qué es objetivamente cómico, pues nada es más inherentemente cómico que otra cosa. Aquí el individuo tiene una importancia suprema” (142). Así funcionan las risas personales y también las colectivas, como las que consiguen los buenos humoristas en el Festival de Viña. El mismo Robert Lynch dijo en una entrevista que “muchas risas son sobre temas tabú. Están comunicando algo que todavía no podemos admitir, pero lo comunicamos entre las personas para ver si estamos compartiendo ciertos valores. Si no funciona fue solo una broma. Es una especie de mensaje codificado diciendo ‘oye, ¿eres parte de mi grupo? ¿Estamos en el mismo grupo?’ Y al reírte con la broma, probablemente estarás dando la señal de que sí, de que piensas que las mujeres están más asociadas a la familia” (3:25). Pienso que el éxito de Natalia Valdebenito se debe a esto: logró conectarnos, como decía Rodrigo González, pero de una manera más profunda, con temas más importantes, y por eso fue más divertida. Porque trató más temas que creíamos prohibidos y nos hizo reír a todos juntos, mostrando la verdad de que los tabúes pueden cambiar.

Libros impresos
Bergson, Henri. La risa: ensayo sobre el significado de la comicidad. Trad. Rafael Blanco. Buenos Aires: Godot, 2011.
Fernández, Macedonio. Textos selectos. Buenos Aires: Corregidor, 2014.
Nussbaum, Martha. Not for profit: why democracy needs the humanities. New Jersey: Princeton University Press, 2010.
Ulrich Gumbrecht, Hans. Elogio de la belleza atlética. Trad. Aldo Mazzucchelli. Buenos Aires: Katz, 2006.

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Diario, Música

Pearl Jam, Chile 2015

Pearl Jam, estadio

Los vendedores ambulantes notaron que los hinchas van al Estadio Nacional con la polera de su equipo y aprovecharon de extender esa costumbre deportiva a los eventos musicales. Por eso venden poleras negras con estampados de Pearl Jam en el camino que va del metro al estadio. Otros venden sándwiches, hotdogs y donuts, comidas de nombres importados que se sienten muy locales. También hay bebidas y cervezas, siempre desde los costados de la vereda que lleva al estadio, donde apenas se exigen deshacerse de latas y botellas para poder entrar. Todo el alcohol que entra se lleva en el cuerpo, a menos que quien vaya sea Eddie Vedder, que pasó todo el concierto tomando vino tinto directo de una botella.

Vuelvo al tema de la ropa. Muchos se compran la polera del camino, pero la tendencia es tenerla desde antes. Mientras más gastada la polera de Pearl Jam, más valiosa, sobre todo si se fue con ella a los conciertos del 2013, 2011 y 2005. Otra opción común es llevar la polera de otra banda compatible con Pearl Jam. Los nombres de The Beatles, The Who y Nirvana ilustran las ropas negras de muchos asistentes, como siguiendo un protocolo de conciertos de rock. La tercera opción es ir derechamente disfrazado de Eddie Vedder, con una camisa de leñador a cuadros color tierra. El vocalista hizo algo parecido: no usó souvenirs de su banda (opción 2), pero se vistió con una camisa de sí mismo (opción 3) y, debajo, una polera negra estampada con el nombre de Devo (opción 1).

Pearl Jam, músicos

No seguiré la tendencia periodística de enumerar las canciones del concierto intercalando adjetivos. En lugar de ello diré que el concierto se dividió claramente en tres partes (ya, sí, la prensa también notó esto). La primera priorizó los temas del último disco, aunque intercaló temas conocidos de otros tiempos. O sea que promocionaron su material más reciente sin aburrir a los fans históricos. (Personalmente, sentí que el concierto empezó con la quinta canción, “Corduroy”, solo por mi costumbre de que el disco Live on two legs empiece así.) Después hicieron una pausa, bajaron las revoluciones con “Just Breathe” y tocaron dos covers para que celebraran los que andaban con poleras de Pink Floyd y John Lennon. En tercer lugar tocaron temas muy queridos por todos con un segundo descanso entre medio. Los últimos temas tuvieron solos largos de guitarra eléctrica para dejar en claro que la banda lo estaba dando todo, que hubiese sido injusto pedirles más cuando terminaron con una sorpresiva “Yellow Ledbetter”, no porque fuera novedoso dejarla al final, sino porque el concierto parecía tan finalizado con el cover de “Rockin’ in the free world”, que mucha gente ya había salido del estadio cuando empezó a sonar un tema que solo alcanzaron a ver desde la mitad.

Vi a esta gente que volvía porque estuve sentado muy cerca de una escalera de entrada, en la galería. A mi derecha había una pareja de unos cuarentaitantos años donde el hombre seguía las letras con los labios y la batería con las manos, golpeando una baranda metálica. No cantaba, pero se sabía las canciones. Su mujer, sentada entre él y yo, no compartía nada de su entusiasmo. Ella se dedicó al WhatsApp, por donde recibía fotos borrosas y mal iluminadas de un niño semidesnudo y por donde envió también alguna foto del concierto, que tomó en uno de los pocos momentos en que miró hacia el escenario. Se me podría criticar lo mismo que a ella, que en lugar de seguir un concierto de entradas caras me haya concentrado tanto en su celular, pero era demasiado llamativo. Mientras una de las bandas extranjeras más valoradas en Chile interpretaba en vivo un repertorio impecable, esta mujer aprovechaba de limpiar la galería de fotos de su celular. Grupos de personas, memes, frases esperanzadoras con dibujos de perritos ojones y almuerzos familiares mal encuadrados se iban a la basura de esa galería de fotos mientras 24 mil quinientos pesos gastados en las entradas de la galería se iban también a la basura, quizá con algo del amor que ese hombre pudo haber sentido por su mujer. ¿O era más valiosa su compañía si ella estaba desinteresada? ¿Se volvía un sacrificio mayor? Nada de eso. El único sacrificado ahí era el rockero fiel a Pearl Jam que pasó todo el concierto aguantando la apatía de su mujer. Aunque yo estaba sentado al otro lado de la misma señora, no podría decir lo mismo porque a mi lado izquierdo estaba mi polola, que cantó, bailó y aplaudió cuando correspondía y que compartió conmigo la experiencia del concierto (de hecho, muchas de mis observaciones en este texto son de ella o salieron al conversar con ella).

Quizá lo más comentado del concierto fueron las intervenciones verbales de Eddie Vedder, todas muy bien pensadas para sacar aplausos y dejarnos contentos. Los momentos más altos fueron sus elogios al triunfo chileno en la Copa América y al vino chileno con referencia al video recientemente viralizado donde un chileno dice que es “un manjarsh“. Otro punto relevante fueron sus excusas por no haber aprendido español en el colegio. En los tres casos el cantante muestra respeto y admiración hacia elementos que su público siente muy propios: nuestra selección de fútbol, nuestros vinos, nuestros chistes de internet y nuestro idioma. Lo último transmite también la intención de acercarse a nosotros, de que nos comprendamos en un mismo idioma. La mención al video y la Copa América los muestran actualizados sobre nuestra realidad nacional, como si algo de esa comunicación ya estuviese funcionando. Sin embargo, pienso que lo más importante de estos discursos, que Vedder leía en un papel escrito en español, es que él no haya dominado ese idioma. Produce un efecto extraño escuchar a una voz tan talentosa para el canto, hablar con dificultad un idioma que para nosotros es tan fácil. Queda la impresión de que el gran artista se volviera pequeño, como un niño que repite palabras adultas cuando todavía no sabe hablar. Lo gracioso de que Eddie Vedder imite el manjarsh no es que él haya visto un video popular en Chile, sino que finja inspirarse en algo que no conoce. Lo divertido está en su mecanismo, en que parezca una marioneta obediente al papel que tiene en las manos, ese que tan bien le deben haber escrito en la productora chilena. “Todo lo que la vida tiene de serio proviene de nuestra libertad”, dice Henri Bergson en La risa. “¿Qué habría que hacer para transformar todo esto en comedia? Habría que imaginarse que la libertad aparente esconde un juego de hilos y que somos humildes marionetas” (52). Un hombre de voz poderosa se vuelve humilde y cómico al seguir los hilos de un anónimo guionista chileno.

Comercio ambulante, ropas estandarizadas, una estructura razonada, parejas que se diferencian o asemejan en su gusto por la banda que ven y un gracioso Eddie Vedder hablando en español. Eso fue para mí el concierto de Pearl Jam.

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