Música, Televisión

El amor verdadero según Pearl Jam y La Sirenita

arielyeddie

Cuando el sello discográfico le pidió a Pearl Jam hacer un video de “Black”, Eddie Vedder dijo que no. El vocalista se negaba a sacarle partido a una de las mejores canciones del exitoso disco Ten. ¿La razón? No quería popularizar algo tan personal. “Las canciones frágiles terminan siendo destruidas por los negocios. No quiero ser parte de eso”, dijo Vedder. Obviamente, falló en su intento por ocultar la canción. Aunque no fue un single ni llegó a tener video, se volvió una de las más importantes de la banda y de la música en general. La vez en que la revista Rolling Stone pidió a sus lectores que votaran por las mejores baladas de la historia, “Black” obtuvo el noveno lugar. Le ganó a “Hey Jude” de los Beatles, que salió undécima.

La letra es sobre un tipo que recuerda a la mujer que ya no está con él. Entre otras imágenes, aparece caminando entre niños que se ríen jugando mientras él anda triste, con su memoria marcada y oscurecida por su pérdida amorosa. El punto más conmovedor está al final, donde Vedder canta: “Sé que tendrás una vida hermosa, que serás una estrella del cielo de otro, pero por qué, ¿por qué no puede ser el mío?” La respuesta no puede ser dicha en palabras. Solo queda la música y el “tururutu tururú” que se repite hasta que la guitarra se cansa de lucirse.

Vedder dice que “Black” es una canción sobre dejar partir. Al explicarla agrega una reflexión personal que internet ha difundido. “Dicen que uno no puede tener un amor verdadero a menos que sea un amor no correspondido. Es duro, porque entonces el más verdadero es el que no puedes tener para siempre”. Es una frase interesante, que además ofrece una teoría sobre el éxito de “Black”. Según ella, el amor de la canción es tan verdadero, que al escucharla nos encontramos con lo que es el amor. Esto se apoya en una idea muy antigua, la primera que nos enseñan a los estudiantes de Literatura. Platón pensaba que la poesía tenía que enseñar la verdad, pero veía que eso no pasaba casi nunca y que en general los poetas llegaban apenas a imitar la verdad. Por eso expulsó a los poetas imitadores de su República ideal. Ante esa situación, Eddie Vedder podría haber levantado su manito para decirle: “Oiga, don Platón. ¿Acaso no me ha escuchado cantar ‘Black’? Ahí yo enseño cómo es el amor verdadero porque cuento lo mal que anduve cuando me pateó mi polola. Hablo del amor no correspondido, el más verdadero que hay”. Platón no le habría creído tan fácilmente, sino que le habría hecho preguntas para asegurarse de que Vedder tenía buenas razones para quedarse.

Una de ellas, la que intentaré responder, es si existe el “amor verdadero”. Usamos poco la expresión, pero la conocemos. Por ejemplo, la escuchamos cuando Úrsula convierte la cola de la Sirenita en una par de piernas humanas y le exige darse un beso para conservarlas. “No uno cualquiera, sino un beso de amor verdadero”. En el mundo de Disney, hasta los personajes más malignos quieren que haya amor en el mundo, ¿pero qué significa que sea verdadero? Al oponer “cualquier beso” al “de amor verdadero”, me parece que asocia el segundo a un sentimiento. El primero puede ser actuado, sin sentir nada. Así Úrsula se adelanta a la posibilidad de que Ariel eternice el hechizo besándose con el cangrejo Sebastián o con el sacerdote. El amor verdadero sería el de quien lo siente en su interior.

¿Qué pasaría si Ariel hubiese seguido la definición de Eddie Vedder para el amor verdadero? Habría tenido que ser desagradable con Eric hasta conseguir que él no la amara. En ese punto de amor no correspondido ella habría tenido que besarlo a la fuerza. No suena mal como punto de partida para una historia. Además vuelve verdaderamente maligna a Úrsula, que terminaría concediendo un deseo inútil a Ariel. Ella quería estar con Eric, para eso necesita piernas y para esto tiene que ser odiada por él. Entonces consigue las piernas pero se queda sin el príncipe, aprendiendo lo malo de confundir los medios con el fin. Final triste, pero educativo.

Entonces tenemos dos ideas muy distintas de lo que es el amor verdadero. La de La Sirenita es la más obvia, la del amor no fingido. ¿Pero por qué existe la otra, del amor no correspondido, que se difunde con éxito por internet? Me parece que es porque sirve como un consuelo para los enamorados no correspondidos. Es como decirles: “aunque es verdad que no te quieren, al menos estás sintiendo el amor verdadero”. Incluso con el agregado: “esas parejas que se ven tan felices, no tienen tu suerte de saber lo que es el amor verdadero. Ahora desprécialos. Sonríeles con ironía. Escúpelos”. Supongo que esa idea la inventaron los que sufrían por amor, porque los otros, los amados por la persona que aman, también sienten que su amor es el más verdadero.  (Si usted está en desacuerdo por favor dígalo en los comentarios. Su opinión nos interesa.) En definitiva, no tenemos cómo saber objetivamente si un amor correspondido es más o menos verdadero que uno no correspondido. Y si tuviéramos cómo hacerlo, sospecho que no lo aceptaríamos. ¿Acaso un enamorado le creería a un examen médico que le revele no estar enamorado?

No quiero quedar en desacuerdo con Eddie Vedder. Aunque no creo en su explicación de “Black”, sí creo que esa es una gran canción. Para no inventar nuevas razones, retomaré lo que dije al principio. El vocalista de Pearl Jam no quería difundirla porque la encontraba demasiado frágil. De alguna manera, parecía avergonzarse de algo tan íntimo. El tema era tan personal, que conectó con sus oyentes y se volvió universal. Su teoría del amor verdadero intentó dar cuenta de esa universalidad, pero con tanta distancia que dejó de ser cierta. “Dicen que uno no puede tener un amor verdadero…” Lo dicen otros. Y Eddie Vedder es mejor cuando habla y canta desde sí mismo.

(Publicado en Mimag.)

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Diario, Música

Pearl Jam, Chile 2015

Pearl Jam, estadio

Los vendedores ambulantes notaron que los hinchas van al Estadio Nacional con la polera de su equipo y aprovecharon de extender esa costumbre deportiva a los eventos musicales. Por eso venden poleras negras con estampados de Pearl Jam en el camino que va del metro al estadio. Otros venden sándwiches, hotdogs y donuts, comidas de nombres importados que se sienten muy locales. También hay bebidas y cervezas, siempre desde los costados de la vereda que lleva al estadio, donde apenas se exigen deshacerse de latas y botellas para poder entrar. Todo el alcohol que entra se lleva en el cuerpo, a menos que quien vaya sea Eddie Vedder, que pasó todo el concierto tomando vino tinto directo de una botella.

Vuelvo al tema de la ropa. Muchos se compran la polera del camino, pero la tendencia es tenerla desde antes. Mientras más gastada la polera de Pearl Jam, más valiosa, sobre todo si se fue con ella a los conciertos del 2013, 2011 y 2005. Otra opción común es llevar la polera de otra banda compatible con Pearl Jam. Los nombres de The Beatles, The Who y Nirvana ilustran las ropas negras de muchos asistentes, como siguiendo un protocolo de conciertos de rock. La tercera opción es ir derechamente disfrazado de Eddie Vedder, con una camisa de leñador a cuadros color tierra. El vocalista hizo algo parecido: no usó souvenirs de su banda (opción 2), pero se vistió con una camisa de sí mismo (opción 3) y, debajo, una polera negra estampada con el nombre de Devo (opción 1).

Pearl Jam, músicos

No seguiré la tendencia periodística de enumerar las canciones del concierto intercalando adjetivos. En lugar de ello diré que el concierto se dividió claramente en tres partes (ya, sí, la prensa también notó esto). La primera priorizó los temas del último disco, aunque intercaló temas conocidos de otros tiempos. O sea que promocionaron su material más reciente sin aburrir a los fans históricos. (Personalmente, sentí que el concierto empezó con la quinta canción, “Corduroy”, solo por mi costumbre de que el disco Live on two legs empiece así.) Después hicieron una pausa, bajaron las revoluciones con “Just Breathe” y tocaron dos covers para que celebraran los que andaban con poleras de Pink Floyd y John Lennon. En tercer lugar tocaron temas muy queridos por todos con un segundo descanso entre medio. Los últimos temas tuvieron solos largos de guitarra eléctrica para dejar en claro que la banda lo estaba dando todo, que hubiese sido injusto pedirles más cuando terminaron con una sorpresiva “Yellow Ledbetter”, no porque fuera novedoso dejarla al final, sino porque el concierto parecía tan finalizado con el cover de “Rockin’ in the free world”, que mucha gente ya había salido del estadio cuando empezó a sonar un tema que solo alcanzaron a ver desde la mitad.

Vi a esta gente que volvía porque estuve sentado muy cerca de una escalera de entrada, en la galería. A mi derecha había una pareja de unos cuarentaitantos años donde el hombre seguía las letras con los labios y la batería con las manos, golpeando una baranda metálica. No cantaba, pero se sabía las canciones. Su mujer, sentada entre él y yo, no compartía nada de su entusiasmo. Ella se dedicó al WhatsApp, por donde recibía fotos borrosas y mal iluminadas de un niño semidesnudo y por donde envió también alguna foto del concierto, que tomó en uno de los pocos momentos en que miró hacia el escenario. Se me podría criticar lo mismo que a ella, que en lugar de seguir un concierto de entradas caras me haya concentrado tanto en su celular, pero era demasiado llamativo. Mientras una de las bandas extranjeras más valoradas en Chile interpretaba en vivo un repertorio impecable, esta mujer aprovechaba de limpiar la galería de fotos de su celular. Grupos de personas, memes, frases esperanzadoras con dibujos de perritos ojones y almuerzos familiares mal encuadrados se iban a la basura de esa galería de fotos mientras 24 mil quinientos pesos gastados en las entradas de la galería se iban también a la basura, quizá con algo del amor que ese hombre pudo haber sentido por su mujer. ¿O era más valiosa su compañía si ella estaba desinteresada? ¿Se volvía un sacrificio mayor? Nada de eso. El único sacrificado ahí era el rockero fiel a Pearl Jam que pasó todo el concierto aguantando la apatía de su mujer. Aunque yo estaba sentado al otro lado de la misma señora, no podría decir lo mismo porque a mi lado izquierdo estaba mi polola, que cantó, bailó y aplaudió cuando correspondía y que compartió conmigo la experiencia del concierto (de hecho, muchas de mis observaciones en este texto son de ella o salieron al conversar con ella).

Quizá lo más comentado del concierto fueron las intervenciones verbales de Eddie Vedder, todas muy bien pensadas para sacar aplausos y dejarnos contentos. Los momentos más altos fueron sus elogios al triunfo chileno en la Copa América y al vino chileno con referencia al video recientemente viralizado donde un chileno dice que es “un manjarsh“. Otro punto relevante fueron sus excusas por no haber aprendido español en el colegio. En los tres casos el cantante muestra respeto y admiración hacia elementos que su público siente muy propios: nuestra selección de fútbol, nuestros vinos, nuestros chistes de internet y nuestro idioma. Lo último transmite también la intención de acercarse a nosotros, de que nos comprendamos en un mismo idioma. La mención al video y la Copa América los muestran actualizados sobre nuestra realidad nacional, como si algo de esa comunicación ya estuviese funcionando. Sin embargo, pienso que lo más importante de estos discursos, que Vedder leía en un papel escrito en español, es que él no haya dominado ese idioma. Produce un efecto extraño escuchar a una voz tan talentosa para el canto, hablar con dificultad un idioma que para nosotros es tan fácil. Queda la impresión de que el gran artista se volviera pequeño, como un niño que repite palabras adultas cuando todavía no sabe hablar. Lo gracioso de que Eddie Vedder imite el manjarsh no es que él haya visto un video popular en Chile, sino que finja inspirarse en algo que no conoce. Lo divertido está en su mecanismo, en que parezca una marioneta obediente al papel que tiene en las manos, ese que tan bien le deben haber escrito en la productora chilena. “Todo lo que la vida tiene de serio proviene de nuestra libertad”, dice Henri Bergson en La risa. “¿Qué habría que hacer para transformar todo esto en comedia? Habría que imaginarse que la libertad aparente esconde un juego de hilos y que somos humildes marionetas” (52). Un hombre de voz poderosa se vuelve humilde y cómico al seguir los hilos de un anónimo guionista chileno.

Comercio ambulante, ropas estandarizadas, una estructura razonada, parejas que se diferencian o asemejan en su gusto por la banda que ven y un gracioso Eddie Vedder hablando en español. Eso fue para mí el concierto de Pearl Jam.

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