Educación, Libros

Los cuentos inresumibles de Miguel Ángel Cortés

borgona

“Ninguna historia puede explicarse a sí misma:
este enigma en el corazón de cada historia
es en sí mismo una historia”.
James Wood, The nearest thing to life

Empezar a hacer clases en un colegio es enfrentar una serie de decepciones. Básicamente, uno descubre que ninguna de las soluciones fáciles funciona para mejorar la educación. Por ejemplo, yo creía que los alumnos me prestarían atención sin necesidad de ser autoritario porque notarían que les estaba enseñando con pasión. No era verdad. También pensaba que las preguntas desafiantes los estimularían a aprender y crecer interiormente. Tampoco era cierto. Pero como no lo sabía, diseñé mi primera prueba de lectura con preguntas difíciles. Además, al notar que pocos habían leído el libro que se evaluaba, Los jefes de Mario Vargas Llosa, y que muchos estaban confiando plenamente en los resúmenes de Wikipedia, se me ocurrió preguntar a mis alumnos de segundo medio:

“¿Qué tienen los cuentos de Los jefes que no esté en sus resúmenes? Compare el resumen de algún cuento con la realización del mismo. Refiérase al estilo de escritura”.

La pregunta, igual que el resto de la prueba, fue un fracaso total. Primero porque muy pocos habían leído el libro. Segundo, porque estaban acostumbrados a otro tipo de preguntas, fácilmente realizables con solo haber leído los resúmenes (nombres de los personajes, acontecimientos centrales y algo más subjetivo del tipo: ¿qué opinas sobre el trato del director Ferrufino hacia los jóvenes?). Tercero, porque creyeron que la pregunta tenía una sola respuesta correcta: que leer libros es bueno y leer resúmenes es malo. Las notas estuvieron pésimas, hubo reclamos, el profesor jefe me pidió una segunda oportunidad, diseñé una nueva prueba y por segunda vez les fue mal, prácticamente por las mismas razones que antes.

Me acuerdo de las respuestas que dieron. La mayoría observó que el cuento es más largo que el resumen. Sin embargo, muchos dedujeron de eso la consecuencia de que el cuento dejaría todo más claro. Ahí se equivocaron. Lo explico con un ejemplo de Wittgenstein. Él dice razonablemente que una escoba es un palo con un cepillo encajado a él, pero que decirlo así, describiéndola, es más analítico. La palabra “escoba” sintetiza lo que analizado por la vista es un palo con un cepillo encajado. Entonces propone esta situación: “Supón que en vez de ‘¡Tráeme la escoba!’ le dijeses a alguien: ‘¡Tráeme el palo y el cepillo que está encajado en él!’ ¿No es la respuesta a eso: ‘¿Quieres la escoba? ¿Por qué lo expresas de manera tan rara?’? ¿Va a entender él mejor la oración más analizada?” (§60). Con los resúmenes, al menos los de Los Jefes que hay en Wikipedia, pasa lo mismo. Los cuentos son una manera rara de expresar esos resúmenes. Con esto me refiero a que muchas cosas quedaban sin decirse literalmente en los cuentos, algunos acontecimientos no seguían el orden cronológico y las voces se confundían entre sí. Estas características, pensaba yo, son parte del estilo de Mario Vargas Llosa, de su particular manera de narrar, y para captarlas no bastaba con solo leer los resúmenes.

***

Hablo de todo esto porque cuando la Holly, mi polola, me preguntó por los relatos de Irse a las manos, de Miguel Ángel Cortés, sentí esa diferencia entre el cuento y el resumen. Algunos me gustaron mucho, pero me costó explicárselo cuando me preguntó de qué se trataban. Le dije que el primer cuento, “Borgoña”, es sobre un pololo que sale con otra mujer y al final decide seguir con su polola. Así de simple. Entonces tuve que agregar algo más. Le dije: “Pero súper bien pensado, lleno de simetrías, relaciones internas. Muy coherente”. Ella quedó contenta con eso. Le quedó claro que su pololo lo estaba pasando bien con una lectura, pero no le dieron ganas de leer el libro.

Esto les debe haber pasado más de alguna vez. Ven una película, la recomiendan contando de qué se trata y ven que desconfían de ustedes. Entonces dicen algo medio tonto, especialmente si intentaban justificar la recomendación: “es que mejor vela, ahí vas a ver que es buena”. Gente más inteligente, más preparada, dice cosas como que “está súper bien hecha” o la versión analítica de lo mismo: “el guión, las actuaciones, la fotografía, la música, todo es demasiado bueno”. Creo que el problema se entiende. Cuesta hablar bien de una historia cuando su gracia no está en el resumen. Los que me hayan leído antes ya saben cuál es mi solución más frecuente a estos asuntos: analizar en detalle algún fragmento. Haré eso con el cuento “Borgoña” en su totalidad, que contaré varias veces desde diversas perspectivas.

Al principio el pololo de Antonia llama a una mujer que conoció volado en un centro cultural. Los dos, sin Antonia, van a un bar que habían visitado antes en Valparaíso. Ella llega temprano y espera en un café de al frente, porque le parece buena idea hacerse “esperar el tiempo justo y para saber exactamente cuánto es el tiempo justo, es necesario estar ahí antes y ver cuándo llega él” (8). Las simetrías se inician en esta espera. Ella toma dos cafés y ve que él, al llegar, fuma dos cigarros. Al encontrarse tomarán juntos dos cervezas y, si todo sale bien, dos borgoñas. Pero las cosas no salen bien, el equilibrio se rompe cuando él decide no seguir reflejando los actos de ella. Este pequeño desorden se resolverá con la borgoña final, que él tomará con Antonia al volver a su casa y elegir quedarse solo con ella.

Empezaré de nuevo, esta vez desde un punto que no desarrollé del párrafo anterior, la llegada anticipada de la mujer. Ella observa en secreto al hombre para actuar mejor con él, busca tener más información para ser superior a él. Esta intención reaparece en dos o tres oportunidades más. La primera es cuando la mujer llega al bar, saluda al hombre, se sienta y le pregunta: “¿Por qué pediste una cerveza siendo que el borgoña de este bar es el mejor del Puerto?” (10). Por segunda vez ella muestra saber más que él, estar mejor preparada para la situación, tal como solo ella llegó duchada y, según él, quizás “algo sobrevestida” (9). Él ha sido más espontáneo: se puso un pantalón cualquiera, llegó a la hora acordada y pidió la cerveza que quiso tomar. Luego suena la música de una cantante, ella le pregunta si la conoce, y él dice que no le gusta, “que vio una vez un videoclip de uno de sus singles y lo encontró ridículo” (12). Aquí ella vuelve a saber más que él, al decir que “esa es precisamente la gracia, que esa cantante se ha dedicado a convertirse a sí misma en un símbolo de extravagancia decadente” (12). Él tomó las cosas literalmente, mientras ella captó la ironía oculta. Supo más que él y usó eso para reírse de él. Toda esta relación jerárquica que ella ha intentado construir se rompe al final, pues ella cae hasta una situación que no supo prever: él está con Antonia, que es mejor que ella. Ahí no pudo llegar antes a observar desde un café, se le escapó la información más importante para conquistar al hombre, asegurarse de que no estuviese conquistado por otra.

Finalmente están las comparaciones que el hombre imagina entre su acompañante y Antonia. Apenas la mujer lo saluda en el bar, él observa que “su pelo huele a champú. El que usa Antonia no tiene un aroma tan frutal” (10), sin que se evidencie un juicio de valor. Después la mujer se ríe de que él nunca haya probado el borgoña y a él le gusta como lo hace. “Es como si la risa, la verdadera, naciera de ella, como si le perteneciera. Antonia tiende a contenerla. Es como si esta simplemente estuviera de paso. Ni siquiera cuando anda de buen humor se ríe con tantas ganas” (10). Punto menos para Antonia. La conversación sobre una banda que les gusta evidencia la diferencia de edad entre los dos. Ella lo considera un tata por haber entrado a la universidad cuando ella estaba en tercero básico. Él piensa en Antonia: “Los dos salieron del colegio el mismo año” (12). Nuevamente el juicio de valor es relativo, según se prefiera la juventud o la cercanía generacional. La cuarta comparación es la fundamental. Él defiende convencido que la música es más importante que la parafernalia artística en los cantantes. Ella se ríe de su argumentación, demasiado ajustada al título de abogado que él tiene. Antonia también se ha reído de eso, “pero en su caso es gracioso, pues ella también estudió leyes” (13). Con esto se define todo. Él va a decir algo, pero se arrepiente. Ella va a comprar borgoña para los dos y cuando vuelve él ha tomado una decisión. Se siente más seguro con Antonia que con la mujer del bar, le gusta que tienen más cosas en común, y por eso se va.

Me gusta que la diferencia decisiva parezca insignificante. Fue solo una broma, pero una que permitió reconsiderar las comparaciones previas. Todas las diferencias que no tenían un juicio de valor aplicado, que no eran buenas ni malas, se volvieron buenas para Antonia y malas para la mujer de la cita. Esto tiene un correlato científico: según Geoffrey Miller, el humor evolucionó con la selección sexual y ha sido una forma efectiva de señalar la inteligencia y creatividad de potenciales compañeros sexuales. Dicho en simple: preferimos estar con quienes se ríen de lo mismo que nosotros.

Retomemos: mi primer resumen fue muy general (un pololo sale con otra mujer y al final decide seguir con su polola), el segundo tomó el camino específico de las simetrías realizadas y frustradas, el tercero se centró en las diferencias jerárquicas que la mujer establece con el hombre y el cuarto es sobre el contraste que él realiza entre la mujer y Antonia. Ninguno es un resumen demasiado emocionante, pues la emoción está en leerlos todos al mismo tiempo, en paralelo, como transparencias de colores diferentes que solo al juntarse conforman una imagen, o como si no hubiera un palo y un cepillo, sino solo una escoba.

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Como en los buenos cuentos, todo este esquema lógico se presenta con los ropajes de lo cotidiano. Las simetrías, jerarquías y contrastes aparecen con naturalidad. Por eso no me gusta algo que omití: el texto está escrito en párrafos que alternan la segunda persona del hombre y la mujer (ejemplo inventado: “Sonríes mirándola. / Le sonríes de vuelta”). Pienso que es un recurso que distrae volviendo evidentemente artificioso un cuento que en todo lo demás disimulaba elegantemente el artificio. Porque la elegancia es eso: disimular un esfuerzo.

***

Con lo dicho hasta aquí me habría ido bastante mal en la pregunta de la prueba, pues la he resuelto de manera incompleta. Creo haber comparado el resumen de “Borgoña” con la realización del cuento, o al menos dije que un solo resumen no le hace justicia a las tramas superpuestas que el texto de Miguel Ángel Cortés combina con elegancia. Sin embargo, sigo sin responder lo más importante: ¿qué tienen los cuentos de Irse a las manos que no esté en sus resúmenes?

Tienen un gran sentido del humor. Un cuento es sobre la secreta carrera de un tipo al que no le gusta ser adelantado cuando camina por la calle. Hay que tener talento para no aburrir con una historia donde pasan tan pocas cosas, y Cortés lo tiene. Un cuento de título humorístico, “Ztandup”, corre otro riesgo. No es una historia mínima, pero está escrito como el título, imitando una manera gangosa de hablar. “Hoda. Me llamo Duiza, tengo 61 añoz y no zoy un tedetubbie. Tengo pdobdemaz de pdonunziazión” (40). Solo un autor muy seguro de sí mismo se atreve a escribir cuatro páginas y media con este estilo sin fallar ni una sola vez. Lo leí en voz alta y me vi forzado a hablar con un convincente estilo gangoso. No voy a contar de qué se trata, pero les digo que uno termina tomándose muy en serio a esta mujer de habla ridícula. Me encantaría trabajar el cuento en una clase de colegio. Creo que captaría la atención de los alumnos por la novedad formal de un texto mal escrito, y que nos permitiría una buena conversación sobre los efectos de las burlas en quienes las reciben constantemente. Además el texto es divertido. De niña Luisa creía que su problema de pronunciación compensaba algún superpoder, como los que tenía el Superman de los cómics de sus hermanos. Entonces dice: “No quize pdobad con ed fuego pod doz ojoz. Me dio miedo que me dodieda. Y ved a tdavez de laz cozaz no me intedezaba. Penzé que no me guztadía midad a mi mamá y ved un mojón moviéndoze ahí dentdo” (40). Es una buena ocurrencia: ver a través de las cosas implica poder ver lo que no queremos ver, incluyendo el proceso digestivo en las personas que queremos.

Hay otro cuento que también podría llamarse stand-up, porque es muy divertido. A mí me hizo reír muchas veces. Se llama “Turbulencia” y, siguiendo el principio de la serie Seinfeld, es casi un cuento sobre nada. Cuenta algo muy chico que pasa en un avión, pero la gracia está en las cosas que se le ocurren al narrador. Copio el primer párrafo porque me gustó mucho:

“En Jurassic Park, la primera, cuando la rubia y el guardaparques encuentran al matemático odioso herido (no recuerdo bien si en la escena está lloviendo o no, pero sí me acuerdo de que es de noche), empiezan a escuchar unos golpes graves, sordos y a lo lejos, pero lo bastante cercanos para hacer que el piso tiemble suavemente. Entonces, el matemático dice: ‘¿Sintieron eso? Esos son… esos son temblores de impacto, eso son’, todo mientras la cámara enfoca un Jeep pintado de más colores de los que soy capaz de recordar. El encuadre permite ver, además del auto y los personajes, una poza de agua que es en realidad una huella de Tiranosaurio. A cada golpe (que a estas alturas de la película uno ya sabe que son pisadas de dinosaurio), se forman ondas en el agua, partiendo desde afuera y uniéndose hacia el centro. Ahora que lo pienso, no puede haber estado lloviendo o si no las ondas en la poza no se verían, disueltas en el ruido generado por las gotas. Pero estoy dando vueltas sin meterme al tema. El punto es que, desde que vi esa película, siempre que tiembla, y cuando tengo cerca un vaso con agua o un plato con sopa, miro siempre el plato/vaso tratando de ver la onda. Nunca he podido”.

Me gusta que se refiera a Ian Malcolm como “el matemático odioso”, una caracterización bastante precisa. También valoro algo que aplica en otros cuentos, que es fingir la oralidad del texto al hacer como si lo pensara mientras lo escribe. Él pudo reemplazar el primer paréntesis, donde dice no recordar si llovía en la escena, por la observación de que no puede haber estado lloviendo, pero lo deja así intencionalmente. Las dudas de la oralidad se pueden reemplazar por certezas al editar textos escritos, pero Cortés las deja ahí, para que uno sienta que está conversando con el lector o que le está dando acceso directo a sus pensamientos en tiempo real. Por último, me encanta que el personaje quiera comprobar en la vida real algo que pasa en una película. (Interrumpí la escritura de este párrafo para ir a la cocina de mi casa, llenar un vaso con agua, ponerlo sobre una mesa y golpearla con el puño. Efectivamente, las ondas se dibujan desde afuera hacia adentro en la superficie del agua, aunque el efecto es brevísimo. Lo hice porque me había entrado la duda: ¿he vivido toda mi vida engañado por Jurassic Park? La respuesta es no).

Para insistir en mi punto de que Miguel Ángel Cortés escribe buenos cuentos a partir de ideas insignificantes, hablaré sobre el único cuento donde esto no se cumple. “Transformarse en rana” es sobre alguien que se enamora de una bibliotecaria que no lee libros. Ese es su único defecto: “Si tan solo le gustara leer, sería perfecta” (51). Entonces él prueba algunas técnicas para volverla una lectora. Le deja encima libros con las esquinas dobladas en sus páginas favoritas, pero ella las desdobla concentrada en un celular donde juega 2048. La segunda estrategia consiste en recortar citas de libros para que ella las vea y se interese en esos libros. Hasta aquí el cuento es muy entretenido, pero tiene un giro sorprendente que me parece un error. La bibliotecaria busca los libros, se interesa en ellos, se vuelve una lectora, pero cuando intenta hablar de libros con el hombre que le dejaba los recortes, descubre que él ha perdido el interés en la lectura, como si se lo hubiese transferido a ella. La teoría se explica de la siguiente manera: “Recuerdo que mi profe de matemáticas en segundo medio decía que los bostezos no se contagian, sino que en el mundo hay solo un bostezo y que salta de persona en persona. Seguramente los gustos por leer son muchos más que los bostezos, pero de todas formas no son suficientes” (61). Funciona como posibilidad, pero no como realidad, porque es indudablemente falso (no necesito hacer experimentos en mi cocina para decir esto). De hecho, otro cuento afirmaba exactamente lo contrario, cuando alguien dice que descubrió la borgoña gracias a su ex y que le quedó gustando. Entonces le dicen: “Es bonito cuando dejas uno de tus gustos en otra persona. Es como si nunca más se separaran” (25).

No intento negar la literatura fantástica o las tramas extravagantes. Solo creo que el talento de Cortés no está aquí, sino en narrar cosas tan sencillas que uno pensaría que no merecen ser escritas, demostrando siempre lo contrario, porque las historias bien escritas siempre merecen ser leídas. Volviendo a Vargas Llosa, él contaba que a Gustave Flaubert le dieron un consejo parecido. Luego de cuatro años escribiendo su primera novela, Flaubert llamó a dos amigos para leerles el fruto de su trabajo. En la medianoche del cuarto día de lectura, habiendo leído la última palabra de su obra, Flaubert pidió a sus amigos que opinaran con franqueza sobre el libro. “Nuestra opinión es que debes echarlo al fuego y no volver a hablar jamás de eso”, le dijo uno de ellos (23). Discutiendo durante la noche, la crítica se volvió constructiva. Los amigos descubrieron que el problema de Flaubert estaba en haber elegido un tema elevado. “Puesto que tienes una invencible tendencia hacia el lirismo, busca un tema en el que el lirismo resultaría tan ridículo que te verás obligado a controlarte y a eliminarlo. Algún asunto banal, uno de esos incidentes que abundan en la vida burguesa” (24). Se les ocurrió que escribiera sobre un suceso provinciano muy comentado en la época, donde una joven se casó con un médico y, sin que él lo supiera, tuvo un par de amantes y terminó suicidándose. Esta historia sencilla y banal fue el origen de Madame Bovary, una de las mejores novelas del mundo.

Como Seinfeld y Flaubert, Miguel Ángel Cortés logra lo mejor de sí al escribir relatos que resumidos parecen banalidades sobre nada, demasiado cotidianos, como estados de Facebook. Por eso hay que leerlo, porque el resumen, la reseña o la crítica no transmiten el gusto que solo ofrece su lectura directa. Ojalá los recortes que incluí en mi texto atraigan a nuevos lectores. Como yo no habré perdido el interés, podremos conversar en los comentarios o en alguna biblioteca.

El libro se consigue impreso en Antartica y Feria Chilena del Libro o digital en Amazon.

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Breve, Sociedad

El pasto del vecino

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Louis CK se subió a un avión con internet de alta velocidad. “Es lo más nuevo que he conocido. Iba sentado en el avión y nos dijeron: ‘Enciendan sus computadores, ya pueden usar internet’. Era rápido y me permitía ver videos en YouTube. Íbamos volando y la conexión se interrumpió. Nos pidieron disculpas porque el internet no funcionaba y el tipo que estaba al lado mío dijo: ‘Esto es una mierda’. ¿Tan rápido el mundo le debe algo que hace 10 segundos él ni siquiera sabía que existía?”

Los psicólogos Tom Gilovich y Shai Davidai estudiaron este fenómeno, que llamaron “La asimetría del viento a favor y en contra”. La idea es que al salir a correr nos quejamos mucho por el viento en contra, pero agradecemos muy poco el viento a favor. En otras palabras, uno se acostumbra rápido a lo bueno. La asimetría consiste en normalmente a pensamos más en los vientos en contra que en los que están a favor. Tiene sentido: si olvidamos los obstáculos tendremos accidentes, mientras que olvidando las ayudas no pasará nada malo, a excepción de una sola cosa: nos quejaremos por lo malo olvidando todo lo bueno que hay alrededor. ¿Han escuchado hablar de los first world problems? Son exactamente esto.

La investigación encontró diversas situaciones en que las personas se creen desfavorecidas respecto a los demás. Le pidieron a hermanos que se compararan, a miembros de partidos políticos que evaluaran los efectos del sistema electoral, a hinchas deportivos que opinaran sobre los próximos partidos que enfrentaría su equipo y a académicos respecto de sus disciplinas. El resultado fue unánime: todos consideraron que su situación era más difícil que la del resto. Los psicólogos evolutivos decían: “pucha, ojalá fuera un psicólogo social. Es mucho más fácil analizar a estudiantes universitarios que a guaguas”. Pero al preguntarle a los psicólogos sociales, ellos decían: “oye, los evolutivos sí que la tienen fácil. Hacen muestreos de seis a ocho personas, mientras nosotros tenemos que estudiar al menos cien casos en cada condición”. Y así con los hermanos, los políticos y los hinchas deportivos.

Junto a todo lo anterior, que solo comprueba lo que uno habría imaginado desde el principio, encontraron dos cosas interesantes. La primera es que si esos académicos estaban más conscientes de las dificultades de su área, se mostraban más dispuestos a realizar, digamos, “prácticas cuestionables” como publicar un mismo artículo en dos revistas a la vez, aparecer como coautor en un artículo donde no hicieron nada, etc. La solución parece obvia: si la gente rompe las reglas para compensar lo que las perjudica, hagamos que vean todo lo que las está favoreciendo. Pero aquí aparece el segundo descubrimiento.

Resulta que si hacemos eso, indicarle a alguien lo afortunado que es, no le va a gustar. La reacción común será una especie de: “¿qué te pasa? ¡Estás menospreciando mis logros!” y todo seguirá igual. En cambio, si le preguntamos: “¿qué papel ha jugado la suerte en tu vida?”, esa persona conectará mejor con sus vientos a favor y con lo afortunada que es. Esto sugiere una política de pregunta-pero-no-digas para que la gente valore su situación y viva más contenta con su vida, sin quejarse tanto.

Fuente: Podcast Freakonomics: Why my life is so hard?

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Sociedad, Teatro

Pedalear y caminar por La Zona

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Para mí, La Zona empezó armando la ruta en bicicleta hasta el Parque O’Higgins. Terminaba la segunda semana del 2017, y el mapa más reciente de internet se llamaba “Ciclovías Santiago 2015 – 2016”. Si los mapas tienen fecha, este se estaba quedando viejo. Definimos el camino con mi polola, que conocía parte del trayecto, a partir del mapa antiguo, suponiendo que las ciclovías solo podían aumentar, si eran ciertas las promesas de los nuevos alcaldes. Nunca habíamos llegado tan lejos. Yo me iba en bicicleta al trabajo, ella a su universidad, y habíamos ido juntos a un parque cercano o al mall, pero las distancias largas las hacíamos siempre en Metro. Por eso resultó desafiante pedalear por dos horas hasta el Parque O’Higgins.

Esto lo dicen siempre, pero fue un descubrimiento experimentarlo por mí mismo: la ciudad cambia en bicicleta. Se siente propia, manejable. Los lugares no se compran cayendo en ellos, según dice una especie de chiste (“te compraste la plaza”, le dicen al caído), sino recorriéndolos con los pies cerca del suelo, que en la bicicleta lo tocan en cada parada. Lo contrario es el Metro, un transporte que convierte al suelo en cielo, igualando todas las calles de la ciudad. Su ceguera y rapidez impiden la apropiación.

Los ciclistas nos reunimos en la entrada del Parque O’Higgins, alrededor de un camión negro con antenas amarillas, donde sonaban cumbias de sintetizadores y unos tipos que hacían percusiones golpeando balones de gas en la parte trasera. Nos repartieron banderas y gorros naranjos, que nos identificaron como el equipo de La Zona. El camión se puso en marcha y lo seguimos por el parque hacia el sur, hacia la calle Rondizzoni. La música del camión incluía las voces del barrio, frases de gente que contaba algo de su vida en el sector. Por ejemplo, escuchamos al Jack Sparrow del Fantasilandia, contando que le gustaba trabajar ahí.

Dimos algunas vueltas y llegamos hasta Rondizzoni con Francisco Pizarro, una calle estrecha de casas sin antejardín, todas de colores pasteles, dos pisos, puertas de madera y ventanas enrejadas. Una calle limpia, bien cuidada, solo ensuciada por un cableado eléctrico excesivo, el mismo de casi todo Santiago, pero más notorio en calles pequeñas como esta.

Estacionamos las bicicletas y quedamos con los pies sobre el suelo, sintiendo el barrio a cada paso. Nos repartieron radios portátiles con audífonos, por donde se transmitirían diálogos, sonidos, narraciones y músicas de la obra. Los percusionistas del camión, siempre de negro, nos darían indicaciones para captar lo que se desarrollaba a nuestro alrededor.

Escuchamos un llanto. Una guagua lloraba en los brazos de su mamá, vistas a través de una ventana. Nos movimos para que pasara un auto, de donde se bajó un matrimonio que discutía. Hablaron con la madre, le dejaron plata y adoptaron a la guagua, partiendo a toda velocidad, avergonzados de una transacción prohibida, que la ruidosa alarma del auto denunciaba. En otro lado una señora mayor se paseaba con una juguera en mal estado. El narrador explicó que ella se resistía a reemplazarla por una nueva, tal como luego se resistiría a vender su casa a una inmobiliaria que querría demolerla para construir edificios. Hay más historias, pero esta es la central: un par de arquitectos reparte cartas para comprar y demoler las casas. El marido de la señora mayor está de acuerdo, según vemos en una conversación telefónica secreta, pero a él tampoco le importaba perder la juguera de siempre. La Zona es sobre los barrios que desaparecen y, más generalmente, sobre la pérdida de lo que es nuestro. Por eso tiene sentido la llegada en bicicleta, porque nos fuerza a pasar por barrios que también dejarán de existir. Porque nos hace sentir la ciudad de hoy, que al cambiar forzará a los mapas a tener que actualizarse.

La experiencia es muy satisfactoria, pero deja un vacío. Me refiero a las motivaciones de los dos empresarios y su inmobiliaria. Ambos son ridículos, torpes, presentados sin la profundidad de los otros personajes. Son los cómicos de La Zona. De uno de ellos se dice que ha perdido a su familia por construir edificios, algo que vemos en las discusiones que tiene con su señora por celular, humanizándolo al revelar sus problemas, pero volviéndolo aún más absurdo. ¿Acaso nadie se beneficia con la destrucción de este barrio lleno de vida? Según la obra, lo único bueno sería la plata que reciben los vendedores de sus casas, aunque tampoco se hace un énfasis en las expectativas que esa suma de dinero despierta. Esta no es una historia de gente pobre esperando que le regalen plata. La señora conserva su juguera porque le gusta, no porque las nuevas sean inalcanzables.

El final no se dirige contra las inmobiliarias, sino que nos invita a valorar lo que tenemos. La obra evita un mensaje directamente político, pero termina dando otro: que la construcción de edificios solo trae efectos negativos y que no tenemos nada que hacer contra eso. La obra olvida que si quisiéramos reaccionar, aparte de pasear a pie o en bicicleta, tendríamos que entender los procesos. Como dijo Roland Barthes, no pedimos que la obra sea un curso de economía urbana, “pero un artista debe saber que es enteramente responsable del límite que asigna a sus explicaciones: siempre hay un momento en que el arte inmoviliza al mundo, es mejor que lo haga lo más tarde posible” (25).

¿Por qué desaparecen los barrios? ¿Solo porque el cambio es un rasgo esencial del mundo? ¿Entonces por qué son ridículos los empresarios? ¿Porque actúan obedeciendo a las fuerzas universales del cambio sin verlas ni controlarlas? ¿Porque son los agentes de ese cambio universal? ¿Entonces qué nos queda a nosotros? Solo disfrutar del presente, como si la muerte de un barrio fuera tan inevitable como la muerte humana. A eso me refiero con el arte que inmoviliza el mundo. Si nos gustan los barrios, luchemos contra las inmobiliarias. Si nos gustan los edificios, entendamos qué tienen de bueno y cuál es su costo. Sino todo queda demasiado inocente, demasiado turístico. Aunque es valiosa la apropiación de los pedales y los pies sobre el suelo de la ciudad, es muy poca cosa si no va unida a nuestra decisión sobre el uso que le queremos dar a ese suelo. La Zona se acerca al problema, pero se limita a lamentarlo en lugar de resolverlo o, al menos, entenderlo.

La experiencia es gratuita y termina este fin de semana, el 21 de enero en el barrio Italia y el 22 en el barrio Yungay. Solo hay que inscribirse y llegar en bicicleta.

Libro citado
Barthes, Roland. “Cine derecha e izquierda” en La Torre Eiffel: textos sobre la imagen. Buenos Aires: Paidós, 2009. Págs. 23-26.

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Libros, Sociedad

Los secretos y silencios de Maivo Suárez

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Desde el principio noté que la situación económica jugaba un rol importante en los cuentos de Lo que no bailamos, de Maivo Suárez. En el primero, una tía de Providencia le enseña a su sobrina de Puente Alto a triunfar en la vida desde una perspectiva socioeconómica, indicando, por ejemplo, que mal vestida no llegará a ninguna parte. “Tía siempre queriendo llegar a algún lugar” (9). En el segundo, un grupo de ricos toma vino Late Harvest junto a una piscina mientras escucha la historia que una trabajadora social cuenta sobre unos niños vulnerables. “Pobres, dije yo” (15). En el tercero, durante el temporal santiaguino del 82, un hombre no sabe cómo decirle a su pareja que lo despidieron del trabajo. En el cuarto un tipo miente para tomarse la tarde libre de un viernes en el trabajo porque prefiere pasear y pensar, mientras recuerda que se metió con un hombre a solo dos meses de casarse con una mujer. Ahí supe, al terminar este cuarto cuento, que el gran tema del libro, el tema que me interesaría seguir, sería el de los secretos.

El ejercicio funcionaba al repensar la síntesis de los cuentos leídos. El primero no era sobre las enseñanzas de una tía a su sobrina, sino sobre la imposibilidad de cumplirlas por algo que la joven guarda en secreto. El segundo no era el relato sobre un niño pobre, sino su adaptación para un público que no quería saber tanto, que prefería un final feliz y no el final real. El tercero no era sobre la cesantía, sino sobre una relación donde sus miembros se ocultan lo más importante que pasa entre ellos. Y el cuarto ya está claro, no narra una ausencia laboral sino la homosexualidad oculta de un novio a su novia.

Podría hacer lo mismo con los otros seis cuentos para mostrar que buena parte de la unidad en este libro se debe al rol central que juegan los secretos y los silencios en cada uno de ellos. Pero no quiero ser exhaustivo. José Ortega y Gasset reflexionó alguna vez sobre la profundidad y los bosques. ¿Cómo sabemos que un bosque es profundo? ¿Necesitamos recorrerlo entero, conocer cada uno de sus árboles? No, dice Ortega, y comenta que la frase “los árboles no dejan ver el bosque” está equivocada porque la percepción del bosque y su profundidad se basa en los pocos árboles que tenemos más cerca y nos permiten sentir la presencia de los otros. “El bosque verdadero lo componen los árboles que no veo” (69). Por eso, en lugar de analizar cada cuento intentando agotar su profundidad, hablaré en detalle de solo uno. Quienes quieran adentrarse al resto, tendrán que conseguir el libro.

***

El cuento que elegí se llama “Un pedazo de cerro y una punta de sol”. Es el quinto del volumen y tienen nueve páginas. Cuenta que Rosa y Mauricio, casados desde hace unos diez años, discutieron por las deudas hasta que ella propuso ordenarlas. Mientras toman desayuno en su departamento, se escuchan taladros y una tolva de cemento. Al frente se construye un edificio que les quitará lo indicado en el título, un pedazo de vista al cerro y un poco de sol. La advertencia había llegado en clave. Cuando estaban en la notaría con la vendedora del departamento, “ella dijo al pasar que, en el sitio eriazo de enfrente, se construiría El Parque. Se los dijo así, con mayúsculas: El Parque. Y ellos le creyeron” (50). Hay que tener un oído muy fino para escuchar las mayúsculas. Al final este edificio con nombre de parque funciona como la letra chica de los contratos, una información codificada, invisible para el consumidor. Un secreto. Luego tenemos la reacción de Mauricio. Él sabe que no se puede “reclamar en ninguna oficina. Lo que en el fondo le resulta tranquilizador. No podían hacer nada. Nada que dependiera de ellos” (50). Al conocer el secreto, siente la comodidad de no tener nada que hacer, de poder quedarse en silencio.

Haré una pausa. Los cuentos de Lo que no bailamos son verdaderamente buenos. Se leen con gusto porque son entretenidos y bonitos. Junto con eso, captan en espacios privados consecuencias de procesos históricos públicos. Muestran conflictos del Chile contemporáneo en las vidas de unos pocos personajes anónimos. Antes de retomar el cuento, del cual todavía no superamos el primer párrafo, presentaré brevemente la tesis de un libro que se publicó solo dos meses después que el de Maivo, en mayo del 2016. Daniel Mansuy escribió un ensayo de título emparentado con los secretos: Nos fuimos quedando en silencio. La negación del sonido realizada por un nosotros también se acerca a Lo que no bailamos, además de lo difícil que es bailar cuando todo ha quedado en silencio. Pero vayamos al argumento central del ensayo.

Mansuy explica nuestra crisis política actual como el resultado de una serie de silencios que se adoptaron desde el golpe militar, la dictadura y la transición. Fueron silencios sostenidos sobre el miedo al marxismo, a la violencia militar, a la polarización política y al reconocimiento de haber pactado demasiado con el enemigo. No fueron silencios de calma o paz interior, sino de neutralización política. “Consistió básicamente en un acuerdo tácito de no discutir cosas muy profundas, ni de cuestionar los aspectos fundamentales del régimen [de Pinochet]. Dicho de otro modo: en reducir los desacuerdos a aspectos cosméticos o laterales” (87). Se discutían cosas, pero con la condición de que no tuvieran importancia. Estos silencios fundados en el miedo abundan en los cuentos de Maivo. Cuando la narradora del segundo cuento podría rebatir a quienes piensan que la pobreza ha disminuido en Chile, ella prefiere callar. “Los años de discutir en esas reuniones ya habían pasado. Ahora sólo conversábamos montados en las aristas de los temas, equilibrándonos para no herir a nadie” (16).

Pero el silencio de Mauricio por el engaño en la comprar de su departamento no se basa en el miedo, sino en la inutilidad de luchar por causas que no llevarían a nada. Desde la política, ese fue un objetivo de Jaime Guzmán para la Constitución de 1980. La idea era que la libertad económica volviera innecesaria la libertad política y la democracia efectiva, que antes había instalado el socialismo con resultados fatales. Entre otras medidas que apuntaban en esa dirección, se estableció el sistema binominal y un congreso con senadores designados. La Constitución de Pinochet impuso “un horizonte de acuerdos, dándole a la minoría un cúmulo de herramientas para oponerse a las decisiones de la mayoría. Esto tuvo varios efectos. Por un lado, fue generando un creciente sentimiento de impotencia (e irrelevancia) política. ¿De qué sirve ser mayoría si cualquier cambio relevante exige el acuerdo de la minoría? Más profundamente, ¿de qué sirve la política si desde allí no es posible impulsar cambios importantes?” (Mansuy, 88). Al principio se sufre la impotencia, pero luego uno se acostumbra y siente la tranquilidad de Mauricio, que calla porque ha aprendido que hablar no sirve de nada.

Con esto volvemos al cuento. Teníamos a Rosa y Mauricio ordenando cuentas mientras tomaban desayuno con los ruidos de la construcción. Él piensa que ella le da demasiada importancia al asunto de las deudas, pero no se lo dice. “No le gustaba contradecirla. Si ella encendía un cigarro en la pieza, él abría un poco la ventana. Si Rosa jugaba hasta tarde en el computador que habían instalado en el dormitorio, él se dormía sin chistar mirando el perfil de ella iluminado por la pantalla” (50). Siempre soluciones secretas, silenciosas, sin chistar. Soluciones de neutralización, de una paz aparente pero no interna, porque Mauricio quiere hablar.

Cuando lo intenta con el contador de su oficina y se queja de su señora, él le contesta con un vago y conformista “así nomás son las mujeres” (51) y vuelve a archivar facturas. “Necesitaba un compañero que lo escuchara, pensaba Mauricio. Alguien a quien contarle que a veces se sentía una persona detestable. Cada vez que su mujer aparecía con una nueva idea, él la dejaba seguir adelante y se sentaba a esperar a que ella regresara derrotada” (51). Mauricio no tiene a quién decirle que se siente mal por no decirle a Rosa lo que debería. Su silencio por miedo al conflicto se suma al silencio de no tener a quién contarle sobre él.

Los años felices con Rosa le parecen muy lejanos. Si se esfuerza consigue recordar unas risas, una copa de vino o que “que habían compartido algún secretillo de ellos mismos o de otros” (51). ¿Por qué lamentar la falta de secretos compartidos con la pareja? La filósofa Sissela Bok observa que “la separación entre los de adentro y los de afuera es inherente a los secretos. Pensar algo secreto es prever un conflicto potencial entre lo que ocultan los de adentro y lo que quieren inspeccionar o poner al descubierto los de afuera” (I, a). Acumular secretos ante otra persona es ponerle un límite, iniciar un conflicto contra quienes quedan al otro lado, los que nos saben. Esto explica el valor narrativo de los secretos, que sostienen la trama de tantas historias y que nos interesa tanto conocer. Queremos estar en el grupo de los que saben y, desde ese lado, percibir a los que quedan fuera, verlos actuar en la ignorancia y esperar sus reacciones en el gran momento de la revelación.

Alguna vez Mauricio y Rosa intentaron tener hijos, pero fue médicamente imposible. Después dejó de importar. “La falta de hijos ya no era el tema, sino pagar todos los meses el dividendo, la tarjeta Ripley, la de Falabella, la tarjeta del supermercado” (52). ¿Se acuerdan de que Jaime Guzmán quería hacernos olvidar la libertad política por concentrarnos en la libertad económica? Esto es más o menos así, pero sin libertad. Mauricio renuncia por esas razones a la libertad de quejarse por El Parque que le construyen al frente: “¿Acaso no tenían suficiente con la situación financiera en la que se encontraban?” (50). Todo desaparece o se vuelve irrelevante ante los problemas económicos. “Mauricio no podía imaginarse una vida sin deudas. ¿De qué mierda hablaríamos?” (52). Cuando inventa una salida, Rosa no le entiende. Él propone dejar de pagar:

–Imagina por un segundo. Los dos sueldos completos. ¿Qué haríamos?
–Primero pagar el dividendo, eso sí o sí.
–Bueno, mujer, pagamos el dividendo.
–Y también el agua, la luz y el gas.
–¿Te escuchas, Rosa? Te estoy pidiendo que sueñes. Que soñemos con locura. Y tú me sales con las cuentas del agua y la luz” (54).

Se quedan en silencio, sin nada que decirse. Mauricio empieza “a arrepentirse de haber abierto la boca. Deseó terminar pronto con el jueguito para echarse en el sofá a ver una película en el cable” (55). Hubiese preferido seguir en silencio, en la tranquilidad de quien ignora que vive para pagar deudas sin tener otra razón para existir. El edificio del sistema económico les ha ocultado la vista al cerro y el sol, ha convertido ese horizonte amplio en un secreto indescifrable. Al final están de pie, mirando la construcción del frente. “Se quedan allí un largo rato. Quietos. Sin hablar. De lejos parecen dos gatos en un balcón. Dos viejos gatos domesticados que alguna vez soñaron con saltar” (57).

***

La gran diferencia entre mentir y guardar secretos, observa Sissela Bok, es que solo mentir es en principio algo malo, que supone estar en contra de los otros. “Mientras cada mentira necesita una justificación, todos los secretos no. Estos pueden acompañar al más inocente y al más peligroso de los actos; son necesarios para la sobrevivencia humana, aunque a la vez realcen cada forma de abuso. Lo mismo es cierto en los esfuerzos por invadir o destapar secretos” (Introduction). En otras palabras, guardar secretos puede ser bueno o malo según el caso. Hasta aquí me he centrado solo en las situaciones negativas: los secretos basados en el miedo, causados por la inutilidad de hablar o los de quien no tiene a nadie que se los escuche. Pero también hay silencios positivos, que los personajes agradecen.

En “Minotauro”, el sexto cuento, una mujer se interesa en otra porque la descubre silenciosa. “Era lo bastante taciturna para invitarla a tomar un café, nunca me habían gustado las mujeres que hablaban demasiado” (59). Luego agradece la omisión de ciertos temas: “Por suerte nadie mencionó el hecho denigrante de nuestras respectivas solterías. A los cincuenta y tres años yo cargaba la mía como una monstruosa joroba que crecía en mi espalda y no me gustaba hablar del asunto” (61). Convengamos en que es muy distinto callar los problemas de una pareja que convive, a las dificultades personales de quienes empiezan a conocerse. Hay silencios que no expresan ocultamientos, sino una forma de respeto. Así son los de los buenos oyentes: “Nos fumamos un cigarro y conversamos un rato, mejor dicho, yo hablé y ella asintió con alguna que otra palabra” (61). Más adelante la mujer que habla se habrá enamorado de la que la escucha.

Dejo algunos cuentos sin mencionar, incluyendo “Una de hormigas” y “VDM”, quizá mis favoritos, aunque me cuesta saberlo porque al final de varios cuentos sentí que había leído el mejor de todos. Lo bueno es que el lector no necesita elegir. Basta con que pida el libro a la autora por correo (loquenobailamos@gmail.com), lo compre en la Nueva Altamira del Drugstore o descargue una copia digital desde Amazon para Kindle a solo 3 dólares, para poder leerlos todos.

Bibliografía
Bok, Sissela. Secrets: On the ethics of concealment and revelation. New York: Vintage, 2011. Digital.
Mansuy, Daniel. Nos fuimos quedando en silencio. Santiago: Instituto de Estudios de la Sociedad, 2016.
Ortega y Gasset, José. Meditaciones del Quijote. Madrid: Residencia de Estudiantes, 1914. Digital.
Suárez, Maivo. Lo que no bailamos. Santiago: 2014.

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Música, Televisión

El amor verdadero según Pearl Jam y La Sirenita

arielyeddie

Cuando el sello discográfico le pidió a Pearl Jam hacer un video de “Black”, Eddie Vedder dijo que no. El vocalista se negaba a sacarle partido a una de las mejores canciones del exitoso disco Ten. ¿La razón? No quería popularizar algo tan personal. “Las canciones frágiles terminan siendo destruidas por los negocios. No quiero ser parte de eso”, dijo Vedder. Obviamente, falló en su intento por ocultar la canción. Aunque no fue un single ni llegó a tener video, se volvió una de las más importantes de la banda y de la música en general. La vez en que la revista Rolling Stone pidió a sus lectores que votaran por las mejores baladas de la historia, “Black” obtuvo el noveno lugar. Le ganó a “Hey Jude” de los Beatles, que salió undécima.

La letra es sobre un tipo que recuerda a la mujer que ya no está con él. Entre otras imágenes, aparece caminando entre niños que se ríen jugando mientras él anda triste, con su memoria marcada y oscurecida por su pérdida amorosa. El punto más conmovedor está al final, donde Vedder canta: “Sé que tendrás una vida hermosa, que serás una estrella del cielo de otro, pero por qué, ¿por qué no puede ser el mío?” La respuesta no puede ser dicha en palabras. Solo queda la música y el “tururutu tururú” que se repite hasta que la guitarra se cansa de lucirse.

Vedder dice que “Black” es una canción sobre dejar partir. Al explicarla agrega una reflexión personal que internet ha difundido. “Dicen que uno no puede tener un amor verdadero a menos que sea un amor no correspondido. Es duro, porque entonces el más verdadero es el que no puedes tener para siempre”. Es una frase interesante, que además ofrece una teoría sobre el éxito de “Black”. Según ella, el amor de la canción es tan verdadero, que al escucharla nos encontramos con lo que es el amor. Esto se apoya en una idea muy antigua, la primera que nos enseñan a los estudiantes de Literatura. Platón pensaba que la poesía tenía que enseñar la verdad, pero veía que eso no pasaba casi nunca y que en general los poetas llegaban apenas a imitar la verdad. Por eso expulsó a los poetas imitadores de su República ideal. Ante esa situación, Eddie Vedder podría haber levantado su manito para decirle: “Oiga, don Platón. ¿Acaso no me ha escuchado cantar ‘Black’? Ahí yo enseño cómo es el amor verdadero porque cuento lo mal que anduve cuando me pateó mi polola. Hablo del amor no correspondido, el más verdadero que hay”. Platón no le habría creído tan fácilmente, sino que le habría hecho preguntas para asegurarse de que Vedder tenía buenas razones para quedarse.

Una de ellas, la que intentaré responder, es si existe el “amor verdadero”. Usamos poco la expresión, pero la conocemos. Por ejemplo, la escuchamos cuando Úrsula convierte la cola de la Sirenita en una par de piernas humanas y le exige darse un beso para conservarlas. “No uno cualquiera, sino un beso de amor verdadero”. En el mundo de Disney, hasta los personajes más malignos quieren que haya amor en el mundo, ¿pero qué significa que sea verdadero? Al oponer “cualquier beso” al “de amor verdadero”, me parece que asocia el segundo a un sentimiento. El primero puede ser actuado, sin sentir nada. Así Úrsula se adelanta a la posibilidad de que Ariel eternice el hechizo besándose con el cangrejo Sebastián o con el sacerdote. El amor verdadero sería el de quien lo siente en su interior.

¿Qué pasaría si Ariel hubiese seguido la definición de Eddie Vedder para el amor verdadero? Habría tenido que ser desagradable con Eric hasta conseguir que él no la amara. En ese punto de amor no correspondido ella habría tenido que besarlo a la fuerza. No suena mal como punto de partida para una historia. Además vuelve verdaderamente maligna a Úrsula, que terminaría concediendo un deseo inútil a Ariel. Ella quería estar con Eric, para eso necesita piernas y para esto tiene que ser odiada por él. Entonces consigue las piernas pero se queda sin el príncipe, aprendiendo lo malo de confundir los medios con el fin. Final triste, pero educativo.

Entonces tenemos dos ideas muy distintas de lo que es el amor verdadero. La de La Sirenita es la más obvia, la del amor no fingido. ¿Pero por qué existe la otra, del amor no correspondido, que se difunde con éxito por internet? Me parece que es porque sirve como un consuelo para los enamorados no correspondidos. Es como decirles: “aunque es verdad que no te quieren, al menos estás sintiendo el amor verdadero”. Incluso con el agregado: “esas parejas que se ven tan felices, no tienen tu suerte de saber lo que es el amor verdadero. Ahora desprécialos. Sonríeles con ironía. Escúpelos”. Supongo que esa idea la inventaron los que sufrían por amor, porque los otros, los amados por la persona que aman, también sienten que su amor es el más verdadero.  (Si usted está en desacuerdo por favor dígalo en los comentarios. Su opinión nos interesa.) En definitiva, no tenemos cómo saber objetivamente si un amor correspondido es más o menos verdadero que uno no correspondido. Y si tuviéramos cómo hacerlo, sospecho que no lo aceptaríamos. ¿Acaso un enamorado le creería a un examen médico que le revele no estar enamorado?

No quiero quedar en desacuerdo con Eddie Vedder. Aunque no creo en su explicación de “Black”, sí creo que esa es una gran canción. Para no inventar nuevas razones, retomaré lo que dije al principio. El vocalista de Pearl Jam no quería difundirla porque la encontraba demasiado frágil. De alguna manera, parecía avergonzarse de algo tan íntimo. El tema era tan personal, que conectó con sus oyentes y se volvió universal. Su teoría del amor verdadero intentó dar cuenta de esa universalidad, pero con tanta distancia que dejó de ser cierta. “Dicen que uno no puede tener un amor verdadero…” Lo dicen otros. Y Eddie Vedder es mejor cuando habla y canta desde sí mismo.

(Publicado en Mimag.)

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Imágenes, Sociedad

La cara de foto

fotodecurso

Esta semana me tocó reemplazar al profesor de Historia en un cuarto medio, justo cuando les tomaban la foto de curso. Al entrar a la sala, les pregunté a algunos qué cara habían puesto en la foto. Al principio se complicaban decidiendo entre tratar de describir sus intenciones o, simple y ridículamente, imitar la expresión elegida para la foto, si es que realmente se elige una cosa así. Por ahí partió una alumna, dando a entender que mi pregunta no tenía mucho sentido porque la cara de foto no se elige de manera consciente, sino que se forma con el tiempo y la costumbre. Sería como la letra manuscrita. Uno no se da cuenta y ya ha adoptado un estilo de letra o una cara de foto.

Ya, la cara se hace sola, pero igual uno hace algo cuando ve que se viene una foto. Sería muy raro darle la espalda al fotógrafo. Ni siquiera es una opción en la foto de curso. Todos posan bien de frente, con las manos en la espalda o sobre las rodillas según la ubicación. Nada de gestos diferenciadores como conejos, autolikes o dedos en la boca. Por eso la cara es importante, porque ahí está toda la libertad autorizada en la foto de curso. (No sé cómo lo hacen en sus colegios, pero en el mío la foto la organizan los inspectores, las fuerzas del orden escolar.)

Una alumna mostró ser más consciente de sus expresiones. Dijo que sonreía, pero que había pasado por periodos de mostrar u ocultar los dientes. Esto había sido independiente del uso de frenillos, tan vergonzosos para algunos que dejan de sonreír mientras los tienen. Más tarde miré mis fotos de perfil en Facebook y resulta que de las 11 imágenes que usé entre 2012 y 2014, solo en una muestro los dientes. No aparezco sonriendo, sino expresando asco. En una incluso salgo con una bufanda que me tapa la boca y la nariz, y en otra me veo durmiendo, con los ojos cerrados. Casualmente retomo la sonrisa abierta el año en que conocí a mi polola. ¿Casualmente?

Me preguntaron qué hago yo cuando me toman fotos. Les dije que trato de reírme porque mostrar los dientes no es sonreír. Cuando se viene la foto, levanto mis mejillas buscando que tironeen las comisuras de mis labios (“¿por qué los profes de Lenguaje usan palabras tan raras?”, dijo una alumna y los punto de unión de mis labios se alzaron indefectiblemente hasta configurar una sonrisa genuina) y boto aire por la nariz, fingiendo una risa silenciosa. (Resfriado hago el mismo sonido para asegurarme de tener la nariz destapada. Eso capta la atención de quienes me rodean, siempre expectantes de encontrar algo de qué reír, pero terminan encontrándose con el feo espectáculo de un tipo que bota aire para verificar que no esté botando nada más. He intentado dejar de hacer esto, pero lo tengo tan internalizado como la letra manuscrita y la cara de foto.) A veces incluso hago el temblorcito de hombros del perro Patán, siempre a destiempo con el movimiento de la cabeza, para acordarme de cómo era eso de reírse de verdad, pero sin caer en el peligroso extremo de reírse de verdad. ¿Han visto fotos suyas donde aparezcan riéndose? Cuando Leonardo Da Vinci estudió los ojos, la boca y las mejillas de la risa, concluyó que se ven igual a las del llanto. Solo encontró una diferencia en las cejas, más levantadas al reír y más rígidas al llorar. Por eso no hay que reírse de verdad. Se corre el riesgo de salir muy mal.

¿Por qué nos importa todo esto? ¿Por qué no suena tan loco que en una novela de César Aira alguien escriba un libro de autoayuda titulado “Cómo salir bien en las fotos”? Roland Barthes, un francés que escribió sobre temas tan diversos como los marcianos y una publicidad de pastas italianas, reflexionó sobre esto en su libro sobre fotografía. Ahí describe lo que nos pasa al saber que una cámara nos mira: posamos, nos fabricamos otro cuerpo, nos transformamos en imagen. A mi abuelo no le gusta eso. Por eso, cuando celebramos algún cumpleaños, se pasea con su cámara sin avisar que va a tomar una foto. Si alguien se da cuenta y sonriendo pone la mano en la espalda de quien esté más cerca, mi abuelo baja su cámara y no toma la foto. Él quiere fotos que se parezcan a lo real, que no sean pose ni fabricación.

Pero Barthes no dice que posemos para engañar, sino para ser más nosotros mismos. Esto puede sonar absurdo, pero nos pasa todo el tiempo. Tómense una foto estornudando. ¿Se identificarán con ese rostro de músculos contraídos? Al ser fotografiados, queremos que nuestra persona coincida con su imagen. Es esa persona, ese yo, “lo que no coincide nunca con mi imagen; pues es la imagen la que es pesada, inmóvil, obstinada (es la causa por la que la sociedad se apoya en ella), y soy ‘yo’ quien soy ligero, dividido, disperso y que, como un ludión, no puedo estar quieto, agitándome en mi bocal”. La foto fija para siempre un solo momento de nosotros, que estamos siempre cambiando. Por eso queremos salir bien en cada foto y por eso nos tomamos tantas, para mostrar que somos diversos, que cambiamos, que a veces andamos en períodos de sonreír mostrando los dientes o, al contrario, de ocultarlos.

Publicado en Mimag.

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Periodismo, Sociedad

¿Necesitamos fronteras?

inmigrantes

Cuando vi que los inmigrantes son el tema del mes en Mimag, pensé como los chilenos cuando les preguntaron por su satisfacción con la vida en la última encuesta CEP: creí estar mucho mejor que el resto*. Pensé: “Qué gran oportunidad de escribir para enseñar a mis compatriotas que su maldad con los extranjeros es absurda y que sus chistes contra ellos son repetidos y fomes”. Asumí que estoy rodeado de discriminadores que me necesitan para abrir los ojos hacia las bondades del pluralismo y la integración, pero fui a ver encuestas (así encontré lo que dije de la CEP, algo que quise compartir porque me sorprendió, pero que dejé en una nota porque no tenía tanta relación con el tema de mi artículo. Igual lean la nota). En realidad lo primero que pensé fue otra cosa: “¿cómo voy a escribir siendo un hombre de casi 30 años en un sitio de jovencitas que rodean los 20? Filo. Gustavo R. lo hizo y nadie se quejó o si lo hicieron yo no me enteré” (Esto también se aleja de mi tema. Debió haber ido en otra nota, aunque eso molestaría a los lectores. Las editoras pueden cambiar eso, borrar todo o quejarse como quizás lo hicieron con Gustavo).

¿Qué decían las encuestas? (Este y el próximo párrafo estarán llenos de porcentajes tomados de encuestas, así que da lo mismo saltárselos para ir directo a las conclusiones.) El 90% está de acuerdo con que el estado chileno entregue salud y educación gratuita a los hijos de inmigrantes y al 61% le parece bien que accedan a subsidios habitacionales. O sea que aprobamos ayudar a los extranjeros con nuestros impuestos. Pero claro, eso es por la solidaridad del chileno, que quiere al amigo cuando es forastero. ¿Qué hay de nuestros miedos y prejuicios? El 63% piensa que los extranjeros no le quitan los empleos a los chilenos y solo el 45% piensa que los inmigrantes aumentan la violencia y el tráfico de drogas (sí, no es tan bajo. Hice trampa con ese “solo”).

¿Y qué opinan ellos, los migrantes? El 61% está satisfecho con el acceso a servicios públicos, los mismos que en la otra encuesta nos mostramos tan dispuestos a ofrecer, y casi el 70% dice recibir un trato similar al de los chilenos en el acceso a servicios públicos y trabajo. Al preguntarles por la discriminación, el 58% no se ha sentido discriminado, aunque entre los que dicen lo contrario hay un 37% que ha recibido insultos de chilenos sin motivo. Eso está feo. (No quiero parecer discriminatorio por haber escrito un párrafo más corto sobre la opinión de los migrantes que sobre la de los chilenos. Diré en mi defensa que los dos párrafos tienen la misma cantidad de datos, cuatro. Eso significa que los párrafos no estuvieron llenos de porcentajes como advertí en otro paréntesis, aunque tuvieron más de lo que uno es capaz de retener. Sospecho que eso es una obligación en los resultados de cualquier encuesta. Si los resultados son recordables, el estadístico inventará más números y gráficos para mostrar que de verdad trabajó mucho. Es lógico: a los estadísticos también les gusta cuantificar lo que hacen. Interrumpo este paréntesis porque ya cumplió su función de dejar el párrafo más largo que el anterior. De hecho, tiene un 65% más de palabras, dato que además me permite superar su cantidad de porcentajes.)

En conclusión, los chilenos somos bastante solidarios con los inmigrantes y ellos están bastante satisfechos con el trato que reciben. Digo bastante porque se puede mejorar mucho todavía, como saben los que sí leyeron los párrafos con estadísticas. Sin embargo, hay un dato que no cuadra en este panorama de solidaridad y empatía con nuestros amigos extranjeros. Contra una canción de Los Prisioneros, el 57,3% opina que sí necesitamos banderas y que sí reconocemos fronteras. Esa gente defiende las restricciones a la inmigración latinoamericana. Además, un 52% opina que los inmigrantes ilegales que ya consiguieron entrar debiesen ser expulsados de Chile. No encontré estadísticas que explicaran esto. Cuando estuve dispuesto a hablar con otras personas para entender la defensa de las restricciones y las expulsiones, o incluso a pensar por mi cuenta, recordé que Internet ofrece mucho más que estadísticas. Busqué “immigration” en un buscador de podcasts y llegué a un episodio sobre el tema en “The Public Philosopher”, un programa radial de la BBC Radio 4 (porque la BBC está llena de gente creativa, pero a sus canales y emisoras las llaman siempre así, con las iniciales de Bueno, Bonito y Caro, agregando un número al final).

El conductor del programa es Michael Sandel, un filósofo estadounidense que hace preguntas a una audiencia de Texamis para provocar interesantes discusiones**. La primera que hizo fue justo la que me interesaba entender. ¿Qué es mejor: legalizar o expulsar a los inmigrantes ilegales? Él vio que la mayoría levantaba la mano por la primera opción, pero se interesó en los pocos que eligieron lo contrario: expulsar a los ilegales. ¿Qué pensaban ellos? Que los ilegales merecen ser castigados porque son ilegales. Suena repetitivo, pero es como cuando se dice que “la ley es la ley” (o que “dar es dar”). La idea es que las leyes fueron hechas para cumplirse. Se daría una muy mala señal al recién llegado si se le enseña que su presencia ilegal es perdonable. Se le enseñaría que las leyes no valen tanto en el país, que son relativas. Eso me lleva a pensar que el 52% de chilenos que expulsaría a los inmigrantes ilegales no es necesariamente intolerante. Solo respeta las leyes de sus país. Habría que repetir la pregunta sin la palabra “ilegal”, que ensucia hasta al inmigrante más buena gente que haya.

Para tener un diálogo más libre, Michael Sandel le pidió a su audiencia ponerse en el lugar de los legisladores. Así dejaba de importar el límite entre lo legal y lo ilegal. Les preguntó si dejarían alguna restricción para entrar a su país. Como en la encuesta chilena, la mayoría estuvo en contra de las fronteras abiertas. ¿Por qué? La audiencia respondió que para protegerse de criminales. Sandel propuso dejarlos fuera, imaginar una frontera casi abierta, que solo impidiera su paso. Ahí se puso interesante, porque los participantes se vieron forzados a pensar más profundamente. Una mujer dijo:

–No creo que tengamos el espacio o los recursos suficientes para recibir a tanta gente. No cabríamos.
Sandel: –Si no tenemos espacio para nuevos ciudadanos, ¿habrá que restringir los nacimientos dentro del país?
Victoria (así se llamaba): –Soy católica, así que no. Además creo que el incremento en la población es menor que si dejáramos cruzar la frontera a todo el mundo.

No sé si ella tenía razón en su cálculo, pero lo encontré bien usado para escapar a una pregunta difícil: ¿por qué aceptar a los hijos y no a los extranjeros? ¿Por qué unos son libres de entrar al mundo desde nuestro país y los otros arriesgan ser ilegales? ¿Dónde está la diferencia? Michael Sandel no la resuelve, pero da pistas. Algunos opinan que la inmigración debiese regularse por causas económicas, porque el empleo y el espacio son limitados o porque sale muy caro pagar la salud y la educación de los inmigrantes (algo que los chilenos estamos muy dispuestos a financiar, según recordarán los que sí leyeron las estadísticas). Otros opinan que los inmigrantes debilitarían la identidad nacional o serían incapaces de integrarse a ella. Sandel concluye que lo que está en juego al discutir sobre los inmigrantes es la noción de ciudadanía.

¿Qué significa ser un ciudadano chileno? ¿Qué significa nacer siendo chileno y en qué se diferencia con volverse chileno por decisión propia? ¿Se trata de una relación económica, del acceso a ciertos servicios a cambio de pagar impuestos? ¿Se trata de algo identitario, algo que solo entendemos los que hemos vivido siempre aquí? Por eso es una gran idea de Mimag poner el tema de los inmigrantes en este mes de la patria. Porque al preguntarnos por las fronteras de Chile, por los que están adentro y afuera del país, nos preguntamos qué se celebra en este mes: la independencia de Chile. ¿Cuán independientes del mundo queremos ser?

Publicado en Mimag.

* El 59% de los chilenos dijo estar total o casi totalmente satisfecho con su vida, descripción que solo el 17% de los encuestados usaría para referirse al resto de los chilenos. O sea que somos felices pero nos creemos rodeados de infelices.

** Acuérdense de que soy un hombre con casi 30 años. Por eso no me aburre leer resultados de encuestas ni escuchar programas de radio sobre filosofía en la BBC. A veces incluso leo el diario. 

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