Educación, Libros

Ocho maneras de escribir sobre lo que leemos

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Cuando en el colegio se pide escribir un ensayo argumentativo a partir de una lectura, cunde el pánico entre los alumnos. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Por dónde empezar?

Los profesores tratamos de ayudar diciendo que todo es muy simple, que solo hay que tener una tesis y después fundamentarla en un texto con introducción, desarrollo y conclusión. Eso aumenta el pánico: todos quedan en blanco, nadie hace nada porque nadie tiene una tesis personal, que al final será misteriosamente parecida a la del resto del curso.

Entonces los profesores, que esperábamos recibir textos tan diversos como nuestros estudiantes, terminamos revisando treinta versiones de las mismas ideas para cada libro: que La Metamorfosis es autobiográfica, que Subterra hace crítica social, que La Tregua es existencialista, que Macondo es Latinoamérica, que La última niebla es feminista… Generalmente ideas que dijimos en clases y que los estudiantes, acostumbrados a triunfar repitiéndolas, escriben a partir de sus apuntes en Arial 12 justificado tamaño carta.

***

Mi trabajo de este año como profesor reemplazante me ha hecho ver este triste fenómeno en colegios que dejan de llamarme cuando sus profesores están sanos o sin viajes. En esos tiempos de cesantía que he aprovechado leyendo, creo haber encontrado una solución. Mi diagnóstico es que la escritura de ensayos falla entre los estudiantes porque cuesta mucho expresarse en géneros que uno no lee y porque la finalidad de los ensayos con tesis y argumentos se aleja demasiado de las vidas de nuestros estudiantes. Quizás la academia funcione así, con artículos que continúan o refutan otros artículos, pero la lectura de obras literarias no debiese tener esa finalidad. ¿Acaso leemos novelas para ganar discusiones?

Mi remedio son las Prosas no obligatorias de Wisława Szymborska. Ella es una gran poeta polaca que publicó cientos de reseñas sobre todo tipo de libros: manuales, diccionarios, ensayos, textos históricos y autobiográficos. Más que la amplitud de sus lecturas, me interesa la de sus maneras de leer. Enumero algunas con citas de ejemplo:

  1. Convertir un libro en el relato de alguien que lo usa
    Antes de empapelar una casa, Szymborska recomienda leer la guía Empapelando la casa como si fuera una advertencia. “Guiándonos por las instrucciones del libro, tendremos que pasarnos por una tienda de pinturas, donde, según dicen, prestan unas determinadas herramientas bajo fianza. Pero en realidad no lo hacen. Dedicamos algunas tardes a visitar a los conocidos porque, quién sabe, quizá tengan alguna de las herramientas que necesitamos. Plantarse así por las buenas no suele ser muy apropiado; es preciso llevarles algo de chocolate a los niños y preguntar a los padres por su salud y su estado”. Lo de los chocolates es invención de ella, pero lo hace a partir del libro, que termina mezclado con la realidad de quien lo leyó.

  2. Identificar por qué un libro no se dirige a nosotros
    De un libro de historia Szymborska lamenta su nivel de abstracción. “Cuando habla de ‘los movimientos migratorios’, una necesita verdaderamente de un don para adivinar si se refiere a un tranquilo asentamiento en unos nuevos territorios o a la huida desesperada de alguna tribu provocada por el empuje de otra. Por desgracia, el poeta sigue pensando en imágenes”. O sea que ella, por ser poeta, obtiene muy poco de ese libro.

  3. Preguntarse por qué leemos un libro que parece no dirigirse a nosotros
    ¿Por qué estoy leyendo este libro? No tengo la menor intención de instalar un terrario en casa. Y aún menos un acuaterrario… En fin, que no soy la destinataria idónea de este libro. Solo lo estoy leyendo porque, desde pequeña, me produce placer acumular saberes innecesarios. Y porque, después de todo, ¿acaso puede alguien saber de antemano qué será necesario y qué no lo será?”

  4. Describir el libro que nos habría gustado leer en lugar del que leímos
    Szymborska lee un libro de cuatrocientas páginas sobre las enfermedades de los perros, pero escribe sobre lo que el autor pasa por alto: “las enfermedades más comunes entre los perros, es decir, todos los tipos de neurosis y psicosis”, que luego imagina: “Cada vez que salimos de casa, el perro se desespera, pues cree que nos marchamos para siempre”. De eso sí que sería interesante leer.

  5. Enumerar datos que cumplen una misma función
    Szymborska lee Los científicos y sus anécdotas, cuyas torpezas encuentra reconfortantes. “Naturalmente no fui el primero en hallar la arsfenamina, pero al menos no soy tan despistado como Ehrlich, quien se escribía cartas a sí mismo. […] ¿Y he olvidado alguna vez presentarme en mi propia boda como Pasteur?”

  6. Contar nuestra anécdota favorita del libro
    De una historia de la paleontología, “no puedo resistirme a la tentación de narrar uno de los episodios de esa historia. No será ni el más dramático ni el más importante, pero mi bolígrafo se estremece ante él”. Y cuenta lo que Wikipedia llama la Guerra de los Huesos (aunque es mejor leerla en la versión de Szymborska).
  7. Inventar la historia de alguien que necesita el libro
    Si sueñas con vivir en la Varsovia del siglo XVIII imaginando los salones de sus reyes, lamentarás llegar a ese mundo real: “un caos de calles, montones de basuras y sucias casas en ruinas”. Si al fin te duermes en una cama llena de chinches, podrían despertarte los gritos de un incendio. “No esperando el rescate de los bomberos, quienes todavía no han sido inventados, te lanzas por la ventana y, únicamente gracias a la montaña de pestilentes desechos que hay en el patio, no te partes el cuello, sino solo una pierna… Cojeando vuelves a tu época y te compras el libro por cual deberías haber empezado: La vida diaria en Varsovia durante la ilustración”.
  8. Explicar por qué no le creemos a un libro
    Sobre un libro dedicado a las pinturas de Vermeer, Szymborska sintetiza la interpretación del autor sobre una obra y comenta que “nos parecerá sensata siempre y cuando no miremos el cuadro”, que luego describe para justificar su desacuerdo. “Miro una y otra vez y no estoy de acuerdo con nada de lo dicho”.

Este último ejemplo es sin duda un ejercicio argumentativo, pero mucho mejor para un estudiante que el ensayo completamente abierto, pues resulta más concreto hacerle una pregunta que lo guíe. El problema no está en argumentar a partir de los libros, sino en que los estudiantes no perciban la libertad que los profesores queremos darles. Por eso pienso que estas ocho opciones podrían ser de utilidad. Además me parece que todas transmiten algo muy valioso sobre la lectura: que no leemos para ganar discusiones, sino para iniciar conversaciones.

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Una página en blanco sobre Nicanor Parra

Prueba de Parra

Cuando recibí el sacramento de la Confirmación, el año 2005, mi abuelo ateo asistió a la ceremonia y me regaló un libro dudosamente religioso: la antología de Nicanor Parra Poemas para combatir la calvicie. Me acuerdo de que me leyó en voz alta un par de poemas tomados al azar y de que se rio fuerte con cada uno de ellos.

Meses después ese libro me sirvió para Lenguaje en el colegio. Mi profesor se paraba adelante y hacía más o menos lo mismo que mi abuelo: tomaba un poema al azar, lo leía en voz alta y se reía o se quedaba en silencio, esperando que alguien dijera algo. Yo leí todo el libro en mi casa, marcando las frases que me gustaban y siguiendo adelante con todo lo que no entendía. Para la prueba, el profesor nos entregó una hoja en blanco tamaño oficio a cada estudiante y nos dio un endecasílabo como instrucción: “demuestre que leyó a Nicanor Parra”.

Siempre he creído que las pruebas son la peor parte de la educación, sobre todo ahora que soy profesor y me toca corregirlas. Siendo alumno me demoraba en empezarlas porque me daban mucha flojera. Eso me pasó con la de Parra. Mis compañeros llevaban media página escrita sobre la diferencia entre poesía y antipoesía, y yo seguía en blanco. De ahí saqué la idea. Abrí mi libro y me puse a buscar. Estuve un buen rato en eso, releyendo toda la antología hasta encontrar las citas que me servían. Fueron dos y las copié en mi hoja:

El deber del poeta
consiste en superar la página en blanco
dudo que eso sea posible.

me considero
un drogadicto de la página en blanco
como lo fuera el propio Juan Rulfo
que se negó a escribir
+ de lo estrictamente necesario

Puse mi nombre y curso en una esquina, entregué la hoja con el par de citas y volví a sentarme. Días después me había sacado un siete.

Convertí esa experiencia en un un relato típicamente chileno, el de quien se jacta por triunfar habiendo hecho trampa. Aunque había leído a Parra, había engañado a mi profesor, o eso creía hasta hace muy poco, cuando leí Nicanor Parra, rey y mendigo, la biografía de Rafael Gumucio sobre el antipoeta.

La clave me la dio una expresión de Parra en el libro. Cuando encontraba algo bien dicho, una frase aguda, un poema perfecto, él preguntaba: “¿qué se hace después?” (48), “¿cómo se responde a eso?” (139), “con eso basta y sobra” (17). La idea era que lo bien dicho deja a todos sin palabras, como cuando leyó “Los vicios del mundo moderno” a Pablo Neruda y sus amigos. En su relato la reacción era “cáspitas, recórcholis, sorpresa general, escándalo, silencio totaaaaal” (29). Su triunfo era callar al poeta, lo que internet llamaría un “drop the mic”, el gesto de los raperos que dicen una rima incontestable por sus oponentes y dejan caer el micrófono. ¿Para qué entregarlo si ya se dijo la última palabra?

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La versión académica la formuló Harold Bloom, autor del prefacio a las obras completas de Parra. Su idea es que la tradición literaria no es un amable proceso donde los maestros transmiten enseñanzas a sus discípulos, sino “una lucha entre el genio anterior y el actual aspirante” (18). Esta lucha produce la angustia de las influencias, que “cercena a los talentos débiles, pero estimula al genio canónico” (21). En este esquema el aspirante a poeta se compara con los autores reconocidos y se descubre inferior. Por eso prefiere callar, dejar la página en blanco hasta estar muy seguro de su valor.

Gumucio dice que así se reconoce a un parriano, “por su angustia a la hora de escribir. Por los chistes, pero sobre todo por los espacios en blanco, las páginas que se preguntan si pueden ser escritas. […] ¿Se puede decir esto? ¿Se puede no decir esto?” (32). Desde esta visión, la buena literatura no inspira a los nuevos poetas, sino que los calla. “Para él, los escritores son como los físicos que buscan fórmulas que anulan las fórmulas físicas anteriores” (111).

Dicho todo lo anterior, mi prueba del colegio habría acertado en la elección de su tema, pero no todavía en su forma. En una entrevista de 1989 Parra decía haberse demorado 17 años en escribir los antipoemas. “Van cinco años desde las Hojas de parra. Entonces tengo doce años por delante” (408). Yo podría haber hecho eso, devolver la página en blanco anunciando romper el silencio en unos años más, quizá con un preciso “voy & vuelvo”, como el título de las obras completas que se publicarían el año siguiente. ¿Por qué tuve un siete si al indicar la página en blanco terminé manchándola con palabras?

La respuesta está en que lo dije citando, robando palabras al mismo poeta que inició una de sus obras más famosas, “Defensa de Violeta Parra”, robando dos versos a un soneto español del siglo XVII. “Eso era Nicanor”, dice Gumucio, “la insolencia de usar versos de otros, sin cita ni explicación, para escribir el más personal de sus poemas” (277). Es lo que hizo en “Yo me sé tres poemas de memoria”, incluido en Hojas de Parra, que transcribe poemas de Juan Guzmán Cruchaga, Carlos Pezoa Véliz y Víctor Domingo Silva, sin decir sus títulos ni autores. Lo que buscaba Parra era “hablar con otra voz distinta a la suya” (364), como hizo en los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, “un ejercicio de convertir en verso la prosa de los folletos” (364) de un campesino que predicaba en los parques de Santiago hacia 1930. Hablar a través de otros es también lo que encontró Alejandro Zambra en Poemas y antipoemas, donde “el lugar de la primera persona lo ocupan dos antagonistas que se disputan el micrófono. De un lado está el poeta tradicional, que responde a las expectativas del lector […]. Del otro lado está el antipoeta que descree de la inspiración y de Dios y de toda ideología” (172). Es, por último, lo que hizo casi al principio en su Quebrantahuesos, con Jodorowsky y Enrique Lihn, esos recortes de diarios que pegaron en una pared de Santiago en 1952. Poesía hecha con pedazos de voces ajenas, tratar de decir algo desde lo que ya se dijo.

Quebrantahuesos

En cuarto medio yo no comprendía francamente ni cómo me llamaba. Hice una especie de broma que mi profesor se tomó adecuadamente en serio, trece años antes que yo. Solo ahora entiendo que la página en blanco fue un problema central en la obra de Parra y que la cita sin atribuir fue una manera suya de resolverlo. Al fin acepto que mi profesor hizo muy bien al haberme puesto esa nota siete. Sin saber por qué, me la merecía.

Fuentes citadas
Bloom, Harold. El canon occidental. Barcelona: Anagrama, 2009.
Gumucio, Rafael. Nicanor Parra, rey y mendigo. Santiago: Universidad Diego Portales, 2018.
Zambra, Alejandro. “Algunos rostros de Nicanor Parra”. No leer. Barcelona: Alpha Decay, 2010. 169-177.

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Una censura en la PSU

Quiero denunciar un caso de censura en la PSU. Es de hace tiempo, del año 2014, pero yo lo descubrí esta semana, haciendo una clase de Lenguaje. Mis estudiantes se habían llevado una guía con preguntas de pruebas oficiales, la resolvieron en sus casas y llegaron a mi clase quejándose de los mass media, tal como hizo Twitter en diciembre del 2014:

La causa del fracaso, la incomprensión y el odio fue un texto de Umberto Eco sobre los mass media, expresión que el texto no traducía, definía ni ejemplificaba. Se traba de una lista de cuatro acusaciones contra los medios masivos, es decir, contra la radio, el diario y la televisión, pero no contra internet, que no existía cuando Umberto Eco publicó su texto en 1964, aunque el fragmento de la PSU tampoco lo indicaba. Como encontré importante conocer algo de este contexto, decidí proyectar en mi clase las páginas citadas del libro Apocalípticos e integrados.

Apocalipticos

Yo quería hablar de todo el libro, que leí con gusto en unas vacaciones, pero creí más adecuado centrarme en el fragmento de la prueba. Solo mostré que el libro no tenía cuatro sino quince acusaciones contra los mass media, y que también había nueve defensas de los mismos. La idea era enseñar que Umberto Eco no era un enemigo de la televisión o los cómics, sino alguien interesado en pensar sobre ellos desde diversas perspectivas. Dicho esto, empezamos a leer.

Las cuatro acusaciones de la PSU eran las primeras tres y la última de Umberto Eco, aunque la adaptación omitía este salto y le asignaba a cada acusación una letra sucesiva del alfabeto. Decía A, B, C y D en lugar de A, B, C y Q. Resumo con mis palabras las cuatro acusaciones:

  1. Los medios masivos evitan las cosas extrañas para llegar a un público diverso, que entiende más fácilmente las cosas normales.
  2. Esas cosas normales destruyen las diferencias culturales al interior del público, que los medios normalizan.
  3. El público no sabe que es un grupo y por eso no puede organizarse para exigir cosas a los medios.
  4. Los medios masivos nos engañan. Creemos ser individuos libres, pero estamos dominados por otros; creemos acceder a los frutos de la alta cultura, pero los recibimos incompletos, sin las críticas originales; creemos que los medios crean una cultura popular, pero ella es otra cosa porque viene impuesta desde arriba, sin la sal, el humor y la vulgaridad que es tan importante en lo popular (Eco dice: “la vitalísima y sana vulgaridad de la cultura genuinamente popular”).

En la clase discutimos y ejemplificamos cada afirmación hasta asegurarnos de haberlas entendido. En eso un ingenioso alumno propuso que la cultura popular impuesta desde arriba se parece al puré instantáneo: es fácil de comprar y preparar, grandes empresas lo dejan al alcance de todos, pero no es tan rico como el puré casero hecho con papas de la feria. Algo se pierde de esas papas cuando las deshidratan, embolsan y meten en cajas para el supermercado. Según Umberto Eco y mi alumno, los medios le hacen algo parecido a la cultura.

Entonces leímos lo que venía justo después en el cuarto punto del texto proyectado y una alumna alegó que en su guía salía otra cosa. A la PSU le faltaban doce palabras del libro, las de la censura que estoy denunciando. Las palabras borradas acusaban a los medios de parecerse a algunas religiones por su manera de controlar a las masas. La PSU ofrecía una versión deshidratada del texto original.

Supongo que la hicieron para evitarse problemas con las religiones, aunque si eso importara podrían haber elegido otro texto, indicar con tres puntos la parte eliminada o por último haber hecho un corte que no volviera al texto incomprensible, como les resultó:

Umberto Eco en su libro Umberto Eco en la PSU
Como control de masas, desarrollan la misma función que en ciertas circunstancias históricas ejercieron las ideologías religiosas. Disimulan dicha función de clase manifestándose bajo el aspecto positivo de la cultura típica de la sociedad del bienestar (50). Como control de masas, desarrollan la misma función de clase manifestándose bajo el aspecto positivo de la cultura típica de la sociedad del bienestar (46).

El libro dice que los medios masivos y algunas religiones han desarrollado “la misma función”, es decir, que ambos han impuesto ideas desde arriba. La PSU perdió la semejanza al eliminar la mención a las religiones, pero mantuvo la expresión comparativa “la misma función”, sin que los lectores sepan cuál es. En un texto que completo ya es difícil, muchos alumnos deben haber creído que todo el problema estaba en ellos, en su falta de comprensión, y no en una fragmentación del texto que lo volvía incomprensible.

No digo que las doce palabras habrían evitado los reclamos, sino que su ausencia aumentó aun más la dificultad del texto y, principalmente, que él se volvió un ejemplo de lo que denunciaba. Reproducido en el medio masivo que es la PSU, el texto de Eco perdió su crítica contra las religiones, quizá por no incomodar al diverso público que resuelve la prueba. Aparentó ofrecer un fruto de la alta cultura, pero lo entregó incompleto, sin las críticas originales.

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Un Quijote para reírnos juntos

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Miguel de Cervantes cuenta que un día, en el mercado de Toledo, un muchacho le ofreció unas carpetas y unos papeles viejos escritos en árabe. Como le gustaba leer de todo, incluso “los papeles rotos de las calles”, se interesó en esas páginas de caracteres árabes, que “aunque los conocía no los sabía leer”. Por eso buscó un intérprete que tradujera del árabe al español. Encontró a un árabe bilingüe, le puso el libro en las manos, él lo abrió en una página cualquiera y “leyendo un poco en él, se comenzó a reír”. Cervantes le preguntó lo que todos querríamos saber en su lugar: ¿De qué te ríes? ¿Qué cosa graciosa me estoy perdiendo? ¿Me cuentas el chiste para reír contigo?

Los papeles contaban la historia de don Quijote de la Mancha, de la cual Cervantes solo conocía los primeros capítulos, sin saber dónde encontrar los siguientes. Los tenía al frente suyo, escritos con letras que él conocía sin saber leerlas. Naturalmente, para compartir las risas del intérprete, Cervantes le pidió que tradujera todas las páginas, que compró por poco dinero. Para facilitar la traducción, se llevó al árabe a su casa, donde trabajó un mes y medio a cambio de doce kilos de pasas y cincuenta kilos de trigo. Finalmente pudo saber cómo seguía la historia y reír con todas sus partes graciosas.

Aunque el libro fue publicado en español, muchos hablantes de esa lengua experimentan actualmente lo que le pasó a Cervantes: conocen las letras del Quijote, pero no las saben leer. En los colegios pasa todo el tiempo. Profesores que aprendieron a leer el libro en la universidad, lo abren frente a sus alumnos y se ríen solos, ante personas que se quedan esperando una explicación. Los profesores dan a entender que no es tan difícil, que todos podemos leer y disfrutar el Quijote con paciencia y ganas de leer los glosarios y las notas al pie, inexplicables para un autor que quería dar su historia “monda y desnuda”, sin añadiduras.

El profesor Pablo Chiuminatto formó y coordinó un equipo de diez intérpretes que demoró cuatro años, treinta veces más que el árabe, en volver gracioso y comprensible un libro que no se entendía sin subtítulos. Sacrificamos las voces originales para conseguir una versión doblada al español de América que se lee sin bajar la vista, con los ojos concentrados en la acción y los personajes. Quisimos que la historia volviese a ser como la describió el bachiller Sansón: “tan clara, que los jóvenes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”. Por eso la abreviamos, convirtiendo un libro de mil cien páginas en uno de 574, con letras más grandes y márgenes más anchos.

Nos repartimos los capítulos de las dos partes del Quijote. Cada intérprete se encargó de reducir, simplificar y volver amigables esos capítulos, que luego hicimos rotar para que todo el trabajo fuera revisado entre nosotros. De esta manera se unificaba el estilo, aunque la versión definitiva de ese esfuerzo quedó a cargo del profesor Chiuminatto, que editó el conjunto para asegurarse de que constituyera un libro unitario. Finalmente, cuando el libro estuvo listo para mandarse a imprimir, cada colaborador revisó un conjunto de páginas, corrigiendo erratas y resolviendo los últimos malentendidos del texto.

Para mostrar el resultado, tomo un ejemplo del relato que cité al principio, comparando las dos versiones.

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha El Quijote
“…vile con carácteres, que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno”. “…vi que tenía letras del alfabeto árabe. Como no sabía leerlas, busqué a alguien que me las tradujera y, por suerte, encontré un intérprete”.

Quizás algún lector lamente la pérdida del morisco aljamiado, que no era exactamente un árabe, sino un musulmán que hablaba una lengua extranjera como el castellano. Otro podrá echar de menos la mención al hebreo, que por ser la lengua del Antiguo Testamento se consideraba la mejor y más antigua. Un tercero necesitará una frase significativa que solo encontrará en el original, como la que cité al principio, “aunque los conocía no los sabía leer”. En definitiva, para los lectores minuciosos, interesados en los detalles más precisos de cada frase, será mejor leer la versión original.

Pero también hay otro tipo de lectores, aquellos interesados en el panorama completo, la globalidad de una novela que antes de ser materia de estudio fue una historia entretenida para que “el melancólico se mueva a risa, [y] el risueño la acreciente”. Para ellos trabajamos en este Quijote abreviado.

Ambos tipos de lectores son compatibles en una misma persona: hay días en que prefiero reflexionar sobre un diálogo específico del Quijote y otros en que me interesa seguir la sucesión de sus aventuras. Para esas dos maneras de leer, ahora hay dos libros, el Quijote antiguo y el adaptado. La comunidad de lectores, que no siempre coincide en una sola persona, ahora cuenta con más vías de acceso a la misma historia. Uno y otro tipo de lectores podrán encontrarse en un diálogo sobre las mismas aventuras de los mismos personajes y podrán, como quería Cervantes ante el morisco aljamiado, reír al mismo tiempo.

El libro se puede encontrar en librerías, encargar a Ediciones UC o conseguir como e-book para el Kindle.

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Los cuentos inresumibles de Miguel Ángel Cortés

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“Ninguna historia puede explicarse a sí misma:
este enigma en el corazón de cada historia
es en sí mismo una historia”.
James Wood, The nearest thing to life

Empezar a hacer clases en un colegio es enfrentar una serie de decepciones. Básicamente, uno descubre que ninguna de las soluciones fáciles funciona para mejorar la educación. Por ejemplo, yo creía que los alumnos me prestarían atención sin necesidad de ser autoritario porque notarían que les estaba enseñando con pasión. No era verdad. También pensaba que las preguntas desafiantes los estimularían a aprender y crecer interiormente. Tampoco era cierto. Pero como no lo sabía, diseñé mi primera prueba de lectura con preguntas difíciles. Además, al notar que pocos habían leído el libro que se evaluaba, Los jefes de Mario Vargas Llosa, y que muchos estaban confiando plenamente en los resúmenes de Wikipedia, se me ocurrió preguntar a mis alumnos de segundo medio:

“¿Qué tienen los cuentos de Los jefes que no esté en sus resúmenes? Compare el resumen de algún cuento con la realización del mismo. Refiérase al estilo de escritura”.

La pregunta, igual que el resto de la prueba, fue un fracaso total. Primero porque muy pocos habían leído el libro. Segundo, porque estaban acostumbrados a otro tipo de preguntas, fácilmente realizables con solo haber leído los resúmenes (nombres de los personajes, acontecimientos centrales y algo más subjetivo del tipo: ¿qué opinas sobre el trato del director Ferrufino hacia los jóvenes?). Tercero, porque creyeron que la pregunta tenía una sola respuesta correcta: que leer libros es bueno y leer resúmenes es malo. Las notas estuvieron pésimas, hubo reclamos, el profesor jefe me pidió una segunda oportunidad, diseñé una nueva prueba y por segunda vez les fue mal, prácticamente por las mismas razones que antes.

Me acuerdo de las respuestas que dieron. La mayoría observó que el cuento es más largo que el resumen. Sin embargo, muchos dedujeron de eso la consecuencia de que el cuento dejaría todo más claro. Ahí se equivocaron. Lo explico con un ejemplo de Wittgenstein. Él dice razonablemente que una escoba es un palo con un cepillo encajado a él, pero que decirlo así, describiéndola, es más analítico. La palabra “escoba” sintetiza lo que analizado por la vista es un palo con un cepillo encajado. Entonces propone esta situación: “Supón que en vez de ‘¡Tráeme la escoba!’ le dijeses a alguien: ‘¡Tráeme el palo y el cepillo que está encajado en él!’ ¿No es la respuesta a eso: ‘¿Quieres la escoba? ¿Por qué lo expresas de manera tan rara?’? ¿Va a entender él mejor la oración más analizada?” (§60). Con los resúmenes, al menos los de Los Jefes que hay en Wikipedia, pasa lo mismo. Los cuentos son una manera rara de expresar esos resúmenes. Con esto me refiero a que muchas cosas quedaban sin decirse literalmente en los cuentos, algunos acontecimientos no seguían el orden cronológico y las voces se confundían entre sí. Estas características, pensaba yo, son parte del estilo de Mario Vargas Llosa, de su particular manera de narrar, y para captarlas no bastaba con solo leer los resúmenes.

***

Hablo de todo esto porque cuando la Holly, mi polola, me preguntó por los relatos de Irse a las manos, de Miguel Ángel Cortés, sentí esa diferencia entre el cuento y el resumen. Algunos me gustaron mucho, pero me costó explicárselo cuando me preguntó de qué se trataban. Le dije que el primer cuento, “Borgoña”, es sobre un pololo que sale con otra mujer y al final decide seguir con su polola. Así de simple. Entonces tuve que agregar algo más. Le dije: “Pero súper bien pensado, lleno de simetrías, relaciones internas. Muy coherente”. Ella quedó contenta con eso. Le quedó claro que su pololo lo estaba pasando bien con una lectura, pero no le dieron ganas de leer el libro.

Esto les debe haber pasado más de alguna vez. Ven una película, la recomiendan contando de qué se trata y ven que desconfían de ustedes. Entonces dicen algo medio tonto, especialmente si intentaban justificar la recomendación: “es que mejor vela, ahí vas a ver que es buena”. Gente más inteligente, más preparada, dice cosas como que “está súper bien hecha” o la versión analítica de lo mismo: “el guión, las actuaciones, la fotografía, la música, todo es demasiado bueno”. Creo que el problema se entiende. Cuesta hablar bien de una historia cuando su gracia no está en el resumen. Los que me hayan leído antes ya saben cuál es mi solución más frecuente a estos asuntos: analizar en detalle algún fragmento. Haré eso con el cuento “Borgoña” en su totalidad, que contaré varias veces desde diversas perspectivas.

Al principio el pololo de Antonia llama a una mujer que conoció volado en un centro cultural. Los dos, sin Antonia, van a un bar que habían visitado antes en Valparaíso. Ella llega temprano y espera en un café de al frente, porque le parece buena idea hacerse “esperar el tiempo justo y para saber exactamente cuánto es el tiempo justo, es necesario estar ahí antes y ver cuándo llega él” (8). Las simetrías se inician en esta espera. Ella toma dos cafés y ve que él, al llegar, fuma dos cigarros. Al encontrarse tomarán juntos dos cervezas y, si todo sale bien, dos borgoñas. Pero las cosas no salen bien, el equilibrio se rompe cuando él decide no seguir reflejando los actos de ella. Este pequeño desorden se resolverá con la borgoña final, que él tomará con Antonia al volver a su casa y elegir quedarse solo con ella.

Empezaré de nuevo, esta vez desde un punto que no desarrollé del párrafo anterior, la llegada anticipada de la mujer. Ella observa en secreto al hombre para actuar mejor con él, busca tener más información para ser superior a él. Esta intención reaparece en dos o tres oportunidades más. La primera es cuando la mujer llega al bar, saluda al hombre, se sienta y le pregunta: “¿Por qué pediste una cerveza siendo que el borgoña de este bar es el mejor del Puerto?” (10). Por segunda vez ella muestra saber más que él, estar mejor preparada para la situación, tal como solo ella llegó duchada y, según él, quizás “algo sobrevestida” (9). Él ha sido más espontáneo: se puso un pantalón cualquiera, llegó a la hora acordada y pidió la cerveza que quiso tomar. Luego suena la música de una cantante, ella le pregunta si la conoce, y él dice que no le gusta, “que vio una vez un videoclip de uno de sus singles y lo encontró ridículo” (12). Aquí ella vuelve a saber más que él, al decir que “esa es precisamente la gracia, que esa cantante se ha dedicado a convertirse a sí misma en un símbolo de extravagancia decadente” (12). Él tomó las cosas literalmente, mientras ella captó la ironía oculta. Supo más que él y usó eso para reírse de él. Toda esta relación jerárquica que ella ha intentado construir se rompe al final, pues ella cae hasta una situación que no supo prever: él está con Antonia, que es mejor que ella. Ahí no pudo llegar antes a observar desde un café, se le escapó la información más importante para conquistar al hombre, asegurarse de que no estuviese conquistado por otra.

Finalmente están las comparaciones que el hombre imagina entre su acompañante y Antonia. Apenas la mujer lo saluda en el bar, él observa que “su pelo huele a champú. El que usa Antonia no tiene un aroma tan frutal” (10), sin que se evidencie un juicio de valor. Después la mujer se ríe de que él nunca haya probado el borgoña y a él le gusta como lo hace. “Es como si la risa, la verdadera, naciera de ella, como si le perteneciera. Antonia tiende a contenerla. Es como si esta simplemente estuviera de paso. Ni siquiera cuando anda de buen humor se ríe con tantas ganas” (10). Punto menos para Antonia. La conversación sobre una banda que les gusta evidencia la diferencia de edad entre los dos. Ella lo considera un tata por haber entrado a la universidad cuando ella estaba en tercero básico. Él piensa en Antonia: “Los dos salieron del colegio el mismo año” (12). Nuevamente el juicio de valor es relativo, según se prefiera la juventud o la cercanía generacional. La cuarta comparación es la fundamental. Él defiende convencido que la música es más importante que la parafernalia artística en los cantantes. Ella se ríe de su argumentación, demasiado ajustada al título de abogado que él tiene. Antonia también se ha reído de eso, “pero en su caso es gracioso, pues ella también estudió leyes” (13). Con esto se define todo. Él va a decir algo, pero se arrepiente. Ella va a comprar borgoña para los dos y cuando vuelve él ha tomado una decisión. Se siente más seguro con Antonia que con la mujer del bar, le gusta que tienen más cosas en común, y por eso se va.

Me gusta que la diferencia decisiva parezca insignificante. Fue solo una broma, pero una que permitió reconsiderar las comparaciones previas. Todas las diferencias que no tenían un juicio de valor aplicado, que no eran buenas ni malas, se volvieron buenas para Antonia y malas para la mujer de la cita. Esto tiene un correlato científico: según Geoffrey Miller, el humor evolucionó con la selección sexual y ha sido una forma efectiva de señalar la inteligencia y creatividad de potenciales compañeros sexuales. Dicho en simple: preferimos estar con quienes se ríen de lo mismo que nosotros.

Retomemos: mi primer resumen fue muy general (un pololo sale con otra mujer y al final decide seguir con su polola), el segundo tomó el camino específico de las simetrías realizadas y frustradas, el tercero se centró en las diferencias jerárquicas que la mujer establece con el hombre y el cuarto es sobre el contraste que él realiza entre la mujer y Antonia. Ninguno es un resumen demasiado emocionante, pues la emoción está en leerlos todos al mismo tiempo, en paralelo, como transparencias de colores diferentes que solo al juntarse conforman una imagen, o como si no hubiera un palo y un cepillo, sino solo una escoba.

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Como en los buenos cuentos, todo este esquema lógico se presenta con los ropajes de lo cotidiano. Las simetrías, jerarquías y contrastes aparecen con naturalidad. Por eso no me gusta algo que omití: el texto está escrito en párrafos que alternan la segunda persona del hombre y la mujer (ejemplo inventado: “Sonríes mirándola. / Le sonríes de vuelta”). Pienso que es un recurso que distrae volviendo evidentemente artificioso un cuento que en todo lo demás disimulaba elegantemente el artificio. Porque la elegancia es eso: disimular un esfuerzo.

***

Con lo dicho hasta aquí me habría ido bastante mal en la pregunta de la prueba, pues la he resuelto de manera incompleta. Creo haber comparado el resumen de “Borgoña” con la realización del cuento, o al menos dije que un solo resumen no le hace justicia a las tramas superpuestas que el texto de Miguel Ángel Cortés combina con elegancia. Sin embargo, sigo sin responder lo más importante: ¿qué tienen los cuentos de Irse a las manos que no esté en sus resúmenes?

Tienen un gran sentido del humor. Un cuento es sobre la secreta carrera de un tipo al que no le gusta ser adelantado cuando camina por la calle. Hay que tener talento para no aburrir con una historia donde pasan tan pocas cosas, y Cortés lo tiene. Un cuento de título humorístico, “Ztandup”, corre otro riesgo. No es una historia mínima, pero está escrito como el título, imitando una manera gangosa de hablar. “Hoda. Me llamo Duiza, tengo 61 añoz y no zoy un tedetubbie. Tengo pdobdemaz de pdonunziazión” (40). Solo un autor muy seguro de sí mismo se atreve a escribir cuatro páginas y media con este estilo sin fallar ni una sola vez. Lo leí en voz alta y me vi forzado a hablar con un convincente estilo gangoso. No voy a contar de qué se trata, pero les digo que uno termina tomándose muy en serio a esta mujer de habla ridícula. Me encantaría trabajar el cuento en una clase de colegio. Creo que captaría la atención de los alumnos por la novedad formal de un texto mal escrito, y que nos permitiría una buena conversación sobre los efectos de las burlas en quienes las reciben constantemente. Además el texto es divertido. De niña Luisa creía que su problema de pronunciación compensaba algún superpoder, como los que tenía el Superman de los cómics de sus hermanos. Entonces dice: “No quize pdobad con ed fuego pod doz ojoz. Me dio miedo que me dodieda. Y ved a tdavez de laz cozaz no me intedezaba. Penzé que no me guztadía midad a mi mamá y ved un mojón moviéndoze ahí dentdo” (40). Es una buena ocurrencia: ver a través de las cosas implica poder ver lo que no queremos ver, incluyendo el proceso digestivo en las personas que queremos.

Hay otro cuento que también podría llamarse stand-up, porque es muy divertido. A mí me hizo reír muchas veces. Se llama “Turbulencia” y, siguiendo el principio de la serie Seinfeld, es casi un cuento sobre nada. Cuenta algo muy chico que pasa en un avión, pero la gracia está en las cosas que se le ocurren al narrador. Copio el primer párrafo porque me gustó mucho:

“En Jurassic Park, la primera, cuando la rubia y el guardaparques encuentran al matemático odioso herido (no recuerdo bien si en la escena está lloviendo o no, pero sí me acuerdo de que es de noche), empiezan a escuchar unos golpes graves, sordos y a lo lejos, pero lo bastante cercanos para hacer que el piso tiemble suavemente. Entonces, el matemático dice: ‘¿Sintieron eso? Esos son… esos son temblores de impacto, eso son’, todo mientras la cámara enfoca un Jeep pintado de más colores de los que soy capaz de recordar. El encuadre permite ver, además del auto y los personajes, una poza de agua que es en realidad una huella de Tiranosaurio. A cada golpe (que a estas alturas de la película uno ya sabe que son pisadas de dinosaurio), se forman ondas en el agua, partiendo desde afuera y uniéndose hacia el centro. Ahora que lo pienso, no puede haber estado lloviendo o si no las ondas en la poza no se verían, disueltas en el ruido generado por las gotas. Pero estoy dando vueltas sin meterme al tema. El punto es que, desde que vi esa película, siempre que tiembla, y cuando tengo cerca un vaso con agua o un plato con sopa, miro siempre el plato/vaso tratando de ver la onda. Nunca he podido”.

Me gusta que se refiera a Ian Malcolm como “el matemático odioso”, una caracterización bastante precisa. También valoro algo que aplica en otros cuentos, que es fingir la oralidad del texto al hacer como si lo pensara mientras lo escribe. Él pudo reemplazar el primer paréntesis, donde dice no recordar si llovía en la escena, por la observación de que no puede haber estado lloviendo, pero lo deja así intencionalmente. Las dudas de la oralidad se pueden reemplazar por certezas al editar textos escritos, pero Cortés las deja ahí, para que uno sienta que está conversando con el lector o que le está dando acceso directo a sus pensamientos en tiempo real. Por último, me encanta que el personaje quiera comprobar en la vida real algo que pasa en una película. (Interrumpí la escritura de este párrafo para ir a la cocina de mi casa, llenar un vaso con agua, ponerlo sobre una mesa y golpearla con el puño. Efectivamente, las ondas se dibujan desde afuera hacia adentro en la superficie del agua, aunque el efecto es brevísimo. Lo hice porque me había entrado la duda: ¿he vivido toda mi vida engañado por Jurassic Park? La respuesta es no).

Para insistir en mi punto de que Miguel Ángel Cortés escribe buenos cuentos a partir de ideas insignificantes, hablaré sobre el único cuento donde esto no se cumple. “Transformarse en rana” es sobre alguien que se enamora de una bibliotecaria que no lee libros. Ese es su único defecto: “Si tan solo le gustara leer, sería perfecta” (51). Entonces él prueba algunas técnicas para volverla una lectora. Le deja encima libros con las esquinas dobladas en sus páginas favoritas, pero ella las desdobla concentrada en un celular donde juega 2048. La segunda estrategia consiste en recortar citas de libros para que ella las vea y se interese en esos libros. Hasta aquí el cuento es muy entretenido, pero tiene un giro sorprendente que me parece un error. La bibliotecaria busca los libros, se interesa en ellos, se vuelve una lectora, pero cuando intenta hablar de libros con el hombre que le dejaba los recortes, descubre que él ha perdido el interés en la lectura, como si se lo hubiese transferido a ella. La teoría se explica de la siguiente manera: “Recuerdo que mi profe de matemáticas en segundo medio decía que los bostezos no se contagian, sino que en el mundo hay solo un bostezo y que salta de persona en persona. Seguramente los gustos por leer son muchos más que los bostezos, pero de todas formas no son suficientes” (61). Funciona como posibilidad, pero no como realidad, porque es indudablemente falso (no necesito hacer experimentos en mi cocina para decir esto). De hecho, otro cuento afirmaba exactamente lo contrario, cuando alguien dice que descubrió la borgoña gracias a su ex y que le quedó gustando. Entonces le dicen: “Es bonito cuando dejas uno de tus gustos en otra persona. Es como si nunca más se separaran” (25).

No intento negar la literatura fantástica o las tramas extravagantes. Solo creo que el talento de Cortés no está aquí, sino en narrar cosas tan sencillas que uno pensaría que no merecen ser escritas, demostrando siempre lo contrario, porque las historias bien escritas siempre merecen ser leídas. Volviendo a Vargas Llosa, él contaba que a Gustave Flaubert le dieron un consejo parecido. Luego de cuatro años escribiendo su primera novela, Flaubert llamó a dos amigos para leerles el fruto de su trabajo. En la medianoche del cuarto día de lectura, habiendo leído la última palabra de su obra, Flaubert pidió a sus amigos que opinaran con franqueza sobre el libro. “Nuestra opinión es que debes echarlo al fuego y no volver a hablar jamás de eso”, le dijo uno de ellos (23). Discutiendo durante la noche, la crítica se volvió constructiva. Los amigos descubrieron que el problema de Flaubert estaba en haber elegido un tema elevado. “Puesto que tienes una invencible tendencia hacia el lirismo, busca un tema en el que el lirismo resultaría tan ridículo que te verás obligado a controlarte y a eliminarlo. Algún asunto banal, uno de esos incidentes que abundan en la vida burguesa” (24). Se les ocurrió que escribiera sobre un suceso provinciano muy comentado en la época, donde una joven se casó con un médico y, sin que él lo supiera, tuvo un par de amantes y terminó suicidándose. Esta historia sencilla y banal fue el origen de Madame Bovary, una de las mejores novelas del mundo.

Como Seinfeld y Flaubert, Miguel Ángel Cortés logra lo mejor de sí al escribir relatos que resumidos parecen banalidades sobre nada, demasiado cotidianos, como estados de Facebook. Por eso hay que leerlo, porque el resumen, la reseña o la crítica no transmiten el gusto que solo ofrece su lectura directa. Ojalá los recortes que incluí en mi texto atraigan a nuevos lectores. Como yo no habré perdido el interés, podremos conversar en los comentarios o en alguna biblioteca.

El libro se consigue impreso en Antartica y Feria Chilena del Libro o digital en Amazon.

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Los secretos y silencios de Maivo Suárez

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Desde el principio noté que la situación económica jugaba un rol importante en los cuentos de Lo que no bailamos, de Maivo Suárez. En el primero, una tía de Providencia le enseña a su sobrina de Puente Alto a triunfar en la vida desde una perspectiva socioeconómica, indicando, por ejemplo, que mal vestida no llegará a ninguna parte. “Tía siempre queriendo llegar a algún lugar” (9). En el segundo, un grupo de ricos toma vino Late Harvest junto a una piscina mientras escucha la historia que una trabajadora social cuenta sobre unos niños vulnerables. “Pobres, dije yo” (15). En el tercero, durante el temporal santiaguino del 82, un hombre no sabe cómo decirle a su pareja que lo despidieron del trabajo. En el cuarto un tipo miente para tomarse la tarde libre de un viernes en el trabajo porque prefiere pasear y pensar, mientras recuerda que se metió con un hombre a solo dos meses de casarse con una mujer. Ahí supe, al terminar este cuarto cuento, que el gran tema del libro, el tema que me interesaría seguir, sería el de los secretos.

El ejercicio funcionaba al repensar la síntesis de los cuentos leídos. El primero no era sobre las enseñanzas de una tía a su sobrina, sino sobre la imposibilidad de cumplirlas por algo que la joven guarda en secreto. El segundo no era el relato sobre un niño pobre, sino su adaptación para un público que no quería saber tanto, que prefería un final feliz y no el final real. El tercero no era sobre la cesantía, sino sobre una relación donde sus miembros se ocultan lo más importante que pasa entre ellos. Y el cuarto ya está claro, no narra una ausencia laboral sino la homosexualidad oculta de un novio a su novia.

Podría hacer lo mismo con los otros seis cuentos para mostrar que buena parte de la unidad en este libro se debe al rol central que juegan los secretos y los silencios en cada uno de ellos. Pero no quiero ser exhaustivo. José Ortega y Gasset reflexionó alguna vez sobre la profundidad y los bosques. ¿Cómo sabemos que un bosque es profundo? ¿Necesitamos recorrerlo entero, conocer cada uno de sus árboles? No, dice Ortega, y comenta que la frase “los árboles no dejan ver el bosque” está equivocada porque la percepción del bosque y su profundidad se basa en los pocos árboles que tenemos más cerca y nos permiten sentir la presencia de los otros. “El bosque verdadero lo componen los árboles que no veo” (69). Por eso, en lugar de analizar cada cuento intentando agotar su profundidad, hablaré en detalle de solo uno. Quienes quieran adentrarse al resto, tendrán que conseguir el libro.

***

El cuento que elegí se llama “Un pedazo de cerro y una punta de sol”. Es el quinto del volumen y tienen nueve páginas. Cuenta que Rosa y Mauricio, casados desde hace unos diez años, discutieron por las deudas hasta que ella propuso ordenarlas. Mientras toman desayuno en su departamento, se escuchan taladros y una tolva de cemento. Al frente se construye un edificio que les quitará lo indicado en el título, un pedazo de vista al cerro y un poco de sol. La advertencia había llegado en clave. Cuando estaban en la notaría con la vendedora del departamento, “ella dijo al pasar que, en el sitio eriazo de enfrente, se construiría El Parque. Se los dijo así, con mayúsculas: El Parque. Y ellos le creyeron” (50). Hay que tener un oído muy fino para escuchar las mayúsculas. Al final este edificio con nombre de parque funciona como la letra chica de los contratos, una información codificada, invisible para el consumidor. Un secreto. Luego tenemos la reacción de Mauricio. Él sabe que no se puede “reclamar en ninguna oficina. Lo que en el fondo le resulta tranquilizador. No podían hacer nada. Nada que dependiera de ellos” (50). Al conocer el secreto, siente la comodidad de no tener nada que hacer, de poder quedarse en silencio.

Haré una pausa. Los cuentos de Lo que no bailamos son verdaderamente buenos. Se leen con gusto porque son entretenidos y bonitos. Junto con eso, captan en espacios privados consecuencias de procesos históricos públicos. Muestran conflictos del Chile contemporáneo en las vidas de unos pocos personajes anónimos. Antes de retomar el cuento, del cual todavía no superamos el primer párrafo, presentaré brevemente la tesis de un libro que se publicó solo dos meses después que el de Maivo, en mayo del 2016. Daniel Mansuy escribió un ensayo de título emparentado con los secretos: Nos fuimos quedando en silencio. La negación del sonido realizada por un nosotros también se acerca a Lo que no bailamos, además de lo difícil que es bailar cuando todo ha quedado en silencio. Pero vayamos al argumento central del ensayo.

Mansuy explica nuestra crisis política actual como el resultado de una serie de silencios que se adoptaron desde el golpe militar, la dictadura y la transición. Fueron silencios sostenidos sobre el miedo al marxismo, a la violencia militar, a la polarización política y al reconocimiento de haber pactado demasiado con el enemigo. No fueron silencios de calma o paz interior, sino de neutralización política. “Consistió básicamente en un acuerdo tácito de no discutir cosas muy profundas, ni de cuestionar los aspectos fundamentales del régimen [de Pinochet]. Dicho de otro modo: en reducir los desacuerdos a aspectos cosméticos o laterales” (87). Se discutían cosas, pero con la condición de que no tuvieran importancia. Estos silencios fundados en el miedo abundan en los cuentos de Maivo. Cuando la narradora del segundo cuento podría rebatir a quienes piensan que la pobreza ha disminuido en Chile, ella prefiere callar. “Los años de discutir en esas reuniones ya habían pasado. Ahora sólo conversábamos montados en las aristas de los temas, equilibrándonos para no herir a nadie” (16).

Pero el silencio de Mauricio por el engaño en la comprar de su departamento no se basa en el miedo, sino en la inutilidad de luchar por causas que no llevarían a nada. Desde la política, ese fue un objetivo de Jaime Guzmán para la Constitución de 1980. La idea era que la libertad económica volviera innecesaria la libertad política y la democracia efectiva, que antes había instalado el socialismo con resultados fatales. Entre otras medidas que apuntaban en esa dirección, se estableció el sistema binominal y un congreso con senadores designados. La Constitución de Pinochet impuso “un horizonte de acuerdos, dándole a la minoría un cúmulo de herramientas para oponerse a las decisiones de la mayoría. Esto tuvo varios efectos. Por un lado, fue generando un creciente sentimiento de impotencia (e irrelevancia) política. ¿De qué sirve ser mayoría si cualquier cambio relevante exige el acuerdo de la minoría? Más profundamente, ¿de qué sirve la política si desde allí no es posible impulsar cambios importantes?” (Mansuy, 88). Al principio se sufre la impotencia, pero luego uno se acostumbra y siente la tranquilidad de Mauricio, que calla porque ha aprendido que hablar no sirve de nada.

Con esto volvemos al cuento. Teníamos a Rosa y Mauricio ordenando cuentas mientras tomaban desayuno con los ruidos de la construcción. Él piensa que ella le da demasiada importancia al asunto de las deudas, pero no se lo dice. “No le gustaba contradecirla. Si ella encendía un cigarro en la pieza, él abría un poco la ventana. Si Rosa jugaba hasta tarde en el computador que habían instalado en el dormitorio, él se dormía sin chistar mirando el perfil de ella iluminado por la pantalla” (50). Siempre soluciones secretas, silenciosas, sin chistar. Soluciones de neutralización, de una paz aparente pero no interna, porque Mauricio quiere hablar.

Cuando lo intenta con el contador de su oficina y se queja de su señora, él le contesta con un vago y conformista “así nomás son las mujeres” (51) y vuelve a archivar facturas. “Necesitaba un compañero que lo escuchara, pensaba Mauricio. Alguien a quien contarle que a veces se sentía una persona detestable. Cada vez que su mujer aparecía con una nueva idea, él la dejaba seguir adelante y se sentaba a esperar a que ella regresara derrotada” (51). Mauricio no tiene a quién decirle que se siente mal por no decirle a Rosa lo que debería. Su silencio por miedo al conflicto se suma al silencio de no tener a quién contarle sobre él.

Los años felices con Rosa le parecen muy lejanos. Si se esfuerza consigue recordar unas risas, una copa de vino o que “que habían compartido algún secretillo de ellos mismos o de otros” (51). ¿Por qué lamentar la falta de secretos compartidos con la pareja? La filósofa Sissela Bok observa que “la separación entre los de adentro y los de afuera es inherente a los secretos. Pensar algo secreto es prever un conflicto potencial entre lo que ocultan los de adentro y lo que quieren inspeccionar o poner al descubierto los de afuera” (I, a). Acumular secretos ante otra persona es ponerle un límite, iniciar un conflicto contra quienes quedan al otro lado, los que nos saben. Esto explica el valor narrativo de los secretos, que sostienen la trama de tantas historias y que nos interesa tanto conocer. Queremos estar en el grupo de los que saben y, desde ese lado, percibir a los que quedan fuera, verlos actuar en la ignorancia y esperar sus reacciones en el gran momento de la revelación.

Alguna vez Mauricio y Rosa intentaron tener hijos, pero fue médicamente imposible. Después dejó de importar. “La falta de hijos ya no era el tema, sino pagar todos los meses el dividendo, la tarjeta Ripley, la de Falabella, la tarjeta del supermercado” (52). ¿Se acuerdan de que Jaime Guzmán quería hacernos olvidar la libertad política por concentrarnos en la libertad económica? Esto es más o menos así, pero sin libertad. Mauricio renuncia por esas razones a la libertad de quejarse por El Parque que le construyen al frente: “¿Acaso no tenían suficiente con la situación financiera en la que se encontraban?” (50). Todo desaparece o se vuelve irrelevante ante los problemas económicos. “Mauricio no podía imaginarse una vida sin deudas. ¿De qué mierda hablaríamos?” (52). Cuando inventa una salida, Rosa no le entiende. Él propone dejar de pagar:

–Imagina por un segundo. Los dos sueldos completos. ¿Qué haríamos?
–Primero pagar el dividendo, eso sí o sí.
–Bueno, mujer, pagamos el dividendo.
–Y también el agua, la luz y el gas.
–¿Te escuchas, Rosa? Te estoy pidiendo que sueñes. Que soñemos con locura. Y tú me sales con las cuentas del agua y la luz” (54).

Se quedan en silencio, sin nada que decirse. Mauricio empieza “a arrepentirse de haber abierto la boca. Deseó terminar pronto con el jueguito para echarse en el sofá a ver una película en el cable” (55). Hubiese preferido seguir en silencio, en la tranquilidad de quien ignora que vive para pagar deudas sin tener otra razón para existir. El edificio del sistema económico les ha ocultado la vista al cerro y el sol, ha convertido ese horizonte amplio en un secreto indescifrable. Al final están de pie, mirando la construcción del frente. “Se quedan allí un largo rato. Quietos. Sin hablar. De lejos parecen dos gatos en un balcón. Dos viejos gatos domesticados que alguna vez soñaron con saltar” (57).

***

La gran diferencia entre mentir y guardar secretos, observa Sissela Bok, es que solo mentir es en principio algo malo, que supone estar en contra de los otros. “Mientras cada mentira necesita una justificación, todos los secretos no. Estos pueden acompañar al más inocente y al más peligroso de los actos; son necesarios para la sobrevivencia humana, aunque a la vez realcen cada forma de abuso. Lo mismo es cierto en los esfuerzos por invadir o destapar secretos” (Introduction). En otras palabras, guardar secretos puede ser bueno o malo según el caso. Hasta aquí me he centrado solo en las situaciones negativas: los secretos basados en el miedo, causados por la inutilidad de hablar o los de quien no tiene a nadie que se los escuche. Pero también hay silencios positivos, que los personajes agradecen.

En “Minotauro”, el sexto cuento, una mujer se interesa en otra porque la descubre silenciosa. “Era lo bastante taciturna para invitarla a tomar un café, nunca me habían gustado las mujeres que hablaban demasiado” (59). Luego agradece la omisión de ciertos temas: “Por suerte nadie mencionó el hecho denigrante de nuestras respectivas solterías. A los cincuenta y tres años yo cargaba la mía como una monstruosa joroba que crecía en mi espalda y no me gustaba hablar del asunto” (61). Convengamos en que es muy distinto callar los problemas de una pareja que convive, a las dificultades personales de quienes empiezan a conocerse. Hay silencios que no expresan ocultamientos, sino una forma de respeto. Así son los de los buenos oyentes: “Nos fumamos un cigarro y conversamos un rato, mejor dicho, yo hablé y ella asintió con alguna que otra palabra” (61). Más adelante la mujer que habla se habrá enamorado de la que la escucha.

Dejo algunos cuentos sin mencionar, incluyendo “Una de hormigas” y “VDM”, quizá mis favoritos, aunque me cuesta saberlo porque al final de varios cuentos sentí que había leído el mejor de todos. Lo bueno es que el lector no necesita elegir. Basta con que pida el libro a la autora por correo (loquenobailamos@gmail.com), lo compre en la Nueva Altamira del Drugstore o descargue una copia digital desde Amazon para Kindle a solo 3 dólares, para poder leerlos todos.

(Ensayo también publicado en Letras en Línea)

Bibliografía
Bok, Sissela. Secrets: On the ethics of concealment and revelation. New York: Vintage, 2011. Digital.
Mansuy, Daniel. Nos fuimos quedando en silencio. Santiago: Instituto de Estudios de la Sociedad, 2016.
Ortega y Gasset, José. Meditaciones del Quijote. Madrid: Residencia de Estudiantes, 1914. Digital.
Suárez, Maivo. Lo que no bailamos. Santiago: 2014.

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Por qué “El engaño populista” no rescata a nuestros países

Mario Levrero recuerda un sueño en La novela luminosa, donde dice haber entrado a una habitación muy amplia con unas mujeres acostadas sobre colchones en el suelo. Pasa corriendo despreocupadamente sobre una de ellas y se detiene a mirar un bulto rojo que tiene en la pierna. “Ella me habla; me dice que yo le hice esa lastimadura cuando pasé corriendo. Yo me asombro, porque no me había dado cuenta de haberla tocado y no había sentido nada, pero ella insiste en eso”. Al despertar entiende que la mujer era su esposa y que el inconsciente le estaba mostrando que la ha lastimado con su conducta atropellada y poco cuidadosa. Lo que me interesa viene después, cuando Levrero explica por qué le creyó al sueño y no a la esposa cuando discutía con ella:

“Esa mujer del sueño me hizo comprender que la había lastimado porque me habló serenamente y sin pretender culparme; su forma de hablar era simplemente informativa, sin dejar de ser cálida. No había énfasis de ningún tipo ni nada que pudiera parecerse a un reproche. Permitió que la información hablara por sí misma y que yo mismo juzgara mi conducta, de modo que no tuve oportunidad ni razones para levantar defensas” (29-08-2000).

Mientras los ataques levantan defensas, la forma informativa, sin énfasis ni reproches, hace que el oyente juzgue por sí mismo. Por eso una buena descripción puede convencernos más que una argumentación agresiva.

***

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El gran defecto de El engaño populista es ignorar ese principio. Axel Kaiser y Gloria Álvarez parecen intuirlo en las últimas páginas del libro, cuando dicen que para promover y difundir sus ideas habría que transmitir “un mensaje honesto y atractivo, tanto por sus portavoces como por su contenido y estilo. Esto es así debido a que la conexión emocional con el público resulta determinante” (215). En mi opinión, los autores fallan en su conexión emocional con el público por parecerse demasiado a la esposa de Levrero y muy poco a la mujer soñada. Esto, y todo lo que diré a continuación, se basa en mi experiencia leyendo el libro.

Ordenaré mi análisis sobre El engaño populista a partir de algunas preguntas que plantea su título. Primero, ¿qué es el populismo? Si él es un engaño, ¿cuál es la verdad? Y finalmente, ¿cómo engaña el populismo?

I. ¿Qué es el populismo?

Los autores reconocen que el concepto de populismo es confuso, pero en términos generales dicen que “consiste en una descomposición profunda que parte a nivel mental y se proyecta a nivel cultural, institucional, económico y político” (28). Donde se esperaba una definición aparece una tesis, pero es porque el libro no busca investigar qué es el populismo, sino convencernos de por qué es malo. De todos modos, para el lector hubiese sido más fácil conocer lo que se critica antes de enumerar sus defectos, que es lo que hace el primer capítulo, “Anatomía de la mentalidad populista”. “Existen al menos cinco desviaciones que configuran la mentalidad populista y que es necesario analizar para entender el engaño que debemos enfrentar y superar” (27). Cada una de esas desviaciones da el nombre a un subcapítulo:

  1. El odio a la libertad y la idolatría hacia el Estado
  2. El complejo de víctimas
  3. La paranoia “antiliberal”
  4. La pretensión democrática
  5. La obsesión igualitaria

Sería muy difícil encontrar a alguien que declare odiar la libertad o tener una obsesión igualitaria, pues son expresiones demasiado peyorativas. En un libro más descriptivo se podrían haber utilizado los siguientes títulos, que se refieren a las mismas características que los autores consideran populistas, pero en términos más neutrales:

  1. Son estatistas.
  2. Responsabilizan de su pobreza a los ricos o a los países desarrollados.
  3. Se oponen a la economía neoliberal.
  4. Sus gobiernos son democráticamente elegidos, pero se vuelven totalitarios.
  5. Valoran la redistribución económica.

Frases de este tipo permitirían un diálogo más abierto con los lectores, donde ellos se pudieran reconocer en algunas de las creencias. De ese modo se haría posible un razonamiento del tipo: usted acepta esto, pero si lo piensa mejor preferirá esto otro. Sin embargo, El engaño populista no busca lo que Maria Popova llama “el incómodo lujo de cambiar de opinión”, sino que se dirige a personas que desde el principio aceptan que el populismo es “un enemigo de los derechos y libertades de los ciudadanos” (12), según dice el primer párrafo del prólogo escrito por Carlos Rodríguez Braun. Con esto quiero decir que probablemente un chavista o un kirchnerista conservarán sus ideas políticas después de leer un libro que describe sus creencias de manera tan poco empática. Además de Chávez y Kirchner, según el libro han sido populistas Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Perón, Castro, Iglesias, Allende, Maduro, Morales, Correa, López Obrador y Bachelet (31).

En síntesis, los populismos son totalitarismos socialistas democráticamente elegidos. Consideran que el Estado debe resolver las desigualdades económicas que los ricos han generado.

II. ¿Cuál es la verdad?

“El por qué de que, en general, los intelectuales prefieran el socialismo se debe en parte a que a la mayoría de ellos no les interesa la verdad, sino imponer su visión del mundo, sea cual sea el costo que otros deban pagar” (96). Al parecer, los autores de El engaño populista cuentan con la admirable capacidad de diferenciarse de quienes engañan con sus visiones de mundo. El texto no llega a exponer en qué consiste esa diferencia, aunque sospecho que se basa en una fe demasiado grande en su propia visión de mundo, hasta el punto de igualarla a la verdad. En otra sección del libro citan al Nobel de Economía Douglass C. North para explicar que “en democracia las personas tienden a votar por razones ideológicas más que racionales” (195). O sea que es posible alcanzar una verdad racional libre de ideologías, entendidas como “sistemas de creencias organizadas” (194) que indican cómo funciona el mundo y cómo debería funcionar. Digo todo esto para justificar la pregunta por la verdad y mostrar el grado de seguridad que tienen los autores al presentarla: “se trata de ideas universalmente válidas y que diversas naciones han seguido con excelentes resultados” (179).

Los autores las llaman republicanismo liberal y las ejemplifican con Estados Unidos, “el país más próspero y libre del planeta” (179). Según se desprende de su declaración de independencia, el gobierno debe garantizar el derecho a la vida, a la libertad y a perseguir la felicidad, algo que comentan apoyados en Juan Bautista Alberdi: “No es lo mismo decir que el gobierno debe hacernos felices que decir que es nuestra responsabilidad ser felices a nuestro propio modo” (188). Invirtiendo el nombre del primer subcapítulo, se podría decir que estos autores odian el Estado e idolatran la libertad, algo que no suena tan mal como su contrario, supongo que porque es mejor idolatrar valores que instituciones. La aplicación económica de ese principio, quizá la única que interesa a los autores, es el neoliberalismo.

En su origen, el neoliberalismo fue “un camino intermedio entre capitalismo y socialismo” (57), pero el concepto se ha desprestigiado por haberse asociado a las reformas económicas de Augusto Pinochet. “Las reformas promercado realizadas en Chile fueron un éxito más allá de las críticas que, justamente, se puedan hacer por el contexto autoritario en que se realizaron y las inexcusables violaciones a los derechos humanos cometidas en la lucha contra la insurgencia marxista” (58). Creo que las inexcusables violaciones a los derechos humanos quedan relativamente excusadas al hablar de “insurgencia marxista” en lugar de, por ejemplo, “la lucha contra los defensores de la libertad política”, pero el libro prefiere no criticar al gobierno militar. “Este referente impresionó aún más cuando el mismo régimen autoritario dio pie a una transición democrática, restaurando así tanto las libertades económicas como las políticas” (58). Entiendo que por eso la insurgencia marxista no luchaba por la libertad política, porque ella surgió voluntariamente del mismo régimen. Lo importante aquí es la creencia de que el neoliberalismo no tiene opositores porque sea un sistema injusto o con defectos, sino porque la gente piensa que un dictador tan malvado como Pinochet no podría haber hecho algo bueno. El razonamiento es tan absurdo como creer que Michael Jackson no pudo haber creado buenas canciones porque era pedófilo. Yo creo que el rechazo hacia el neoliberalismo se basa en críticas mejores, pero ellas no aparecen en el libro.

Tenemos el origen del neoliberalismo y la única explicación de su mala fama. ¿Qué neoliberalismo defienden Álvarez y Kaiser? Primero, uno que se llame de otra manera, sin la “carga valorativa y emotiva de inmoralidad que hace imposible defender nada que se asocie con ese nombre […]. De lo que debemos hablar es de sistema de libre emprendimiento y de la dignidad de pararse sobre los propios pies, pues sólo un sistema basado en esos valores permite generar las oportunidades y espacios de libertad para que las personas, en los distintos niveles, sientan el orgullo de proveer bienestar para sí mismos y para sus familias. Es ese sistema –que suele llamarse capitalismo– el que ha reducido la pobreza a niveles sin precedentes en la historia universal” (60). Ese pararse sobre los propios pies implica que la economía no esté controlada por el Estado hasta el punto de valorar que “muchos escolásticos [inspirados en santo Tomás] pensaban que no debía existir un salario mínimo fijado por el gobierno” (171).

Mi argumento favorito para probar que el capitalismo ha reducido la pobreza son unas cifras del economista Angus Madisson, citado por Deepak Lal: “En Europa occidental, por ejemplo, el nivel de ingreso per cápita anual el año 1 d.C. era de 576 dólares, y el año 1500, de 771 dólares. Esto significa que, en una de las regiones más ricas del mundo actual, casi toda la población vivió por milenios con menos de dos dólares diarios” (165). Tras la revolución industrial, gran hito del capitalismo, la cifra se multiplicó por un factor de 30 hasta llegar a los 20 mil dólares del año 2003. Me encanta lo simple del argumento, que no explica cómo se calcularon esas cifras, que no cuestiona su validez ni se detiene en el tema de la desigualdad. ¿Los 576 dólares incluyen al emperador romano Augusto y a sus esclavos? ¿Cuánto sube esa cifra por la riqueza del primero o cómo se calcula la población de los segundos? ¿Se contabilizan las cápitas de los esclavos en una sociedad que no los consideraba ciudadanos? ¿Puede haber ingreso per cápita en culturas donde los intercambios no se basan en el dinero? En el Jardín del Edén, Adán y Eva no tenían dinero porque no necesitaban trabajar. ¿Eran pobres antes de que Dios los castigara (Gn 3, 19)?

El engaño populista no se pregunta nada de esto porque no utiliza las citas como un medio para pensar, sino como evidencias. Y lo evidente no necesita ser demostrado o discutido: “Si hay algo que la historia económica y la evidencia demuestra sin discusión alguna es que el capitalismo es precisamente la fuerza que más ha sacado adelante a los pobres en el mundo” (164, énfasis mío). Por eso, en lugar de razonar con las citas como lo haría un buen detective, se limita a exponerlas como hace la PDI cuando encuentra drogas: las ubica una al lado de la otra, orgullosa de haber encontrado tantas. A riesgo de caer en lo mismo, daré un ejemplo. A las comparaciones históricas del ingreso per cápita agregan que según Xavier Sala i Martin, “uno de los máximos expertos en el mundo en materia de desarrollo económico” (60), “el 99,9 por ciento de los ciudadanos de todas las sociedades de la historia […] vivieron una situación de pobreza extrema. […] Todo esto empezó a cambiar en 1760, cuando un nuevo sistema económico nacido en Inglaterra y Holanda, el capitalismo, provocó una revolución económica que cambió las cosas para siempre” (61). ¿Cómo fue calculado ese 99,9% por el experto en desarrollo económico? ¿Solo quiso dar un énfasis que no conseguía la expresión “casi todos los ciudadanos”? En lugar de comentar, el libro presenta nuevas evidencias: “la posibilidad de superar toda esa miseria gracias a la economía de mercado y la libertad es lo que Angus Deaton, premio Nobel de Economía de 2015, ha llamado ‘el gran escape’” (62). La frase está ahí porque la dijo el premio Nobel, no porque ayude a entender mejor las bondades del capitalismo ni porque interese analizarla. ¿Es la pobreza algo de lo cual se escapa o es un problema que se combate de frente?

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Mami, mira lo que me encontré (24 horas)

El abuso de los argumentos de autoridad puede basarse en una desconfianza en la racionalidad de la gente. “Las cifras del PIB, las tasas de crecimiento, las balanzas de pagos, los déficits fiscales y otros datos no conectan fácilmente con las emociones de la gente. En parte, el fracaso de este discurso se debe a que la economía es una ciencia compleja que requiere de la comprensión de dinámicas y fuerzas que operan en el largo plazo y de manera invisible, y que, en una democracia, la gente no considera” (218). El libro hace muy pocos esfuerzos por enseñar algo de esto, cuya complejidad provoca los “prejuicios intuitivos que surgen de la falta de comprensión racional” (223). Solo una nota al pie recomienda La economía explicada a mis hijos de Martín Krause, un tipo verdaderamente simpático según vi en esta charla que enseña economía con textos literarios de Borges, Cervantes y Las mil y una noches (el hombre es verdaderamente simpático, aunque lo ayuda citar a autores que me gustan).

Por ejemplo, muchos creemos que está bien cobrar impuestos a los ricos para ayudar a los pobres. “Pero tal idea puede ser puesta en duda y hasta rechazada si se la analiza en profundidad, ya que los mayores impuestos cobrados tendrán probablemente un impacto negativo sobre la inversión, el empleo y la productividad, dando como consecuencia que a los pobres les conviene más que haya menos impuestos si quieren mantener sus trabajos o acceder a uno” (219). Estoy de acuerdo: impuestos excesivos también son perjudiciales. ¿Pero habrá un término medio como el del primer neoliberalismo? Quizás se equivoque Cristina Fernández al creer que la democracia también se basa en la igualdad económica “porque podés decir, podés pensar libremente, pero también tenés que tener los elementos que te permitan decidir qué vida y qué querés ser” (citado en 72). Sin embargo, para ver ese error no basta una cita a Friedrich Hayek, quien advirtió que “en realidad la promesa de mayor libertad mediante la igualación material prometida por el socialismo era ‘la vía de la esclavitud’” (73) ni acusar que el nacionalsocialismo también buscó “aliviar la precaria situación material de las masas mediante una masiva redistribución” (75). Destacar esta semejanza con los nazis es tan absurdo como oponerse al neoliberalismo porque fue instalado en Chile por un dictador.

La verdad entonces es que el capitalismo es el mejor sistema económico posible, aunque a los no economistas nos cueste entender por qué.

III. ¿Cómo engaña el populismo?

Luego de haber presentado una ideología tan irracional en comparación con la verdad neoliberalista, el libro explica cómo ha hecho el populismo para convencer a tanta gente. El segundo capítulo empieza por denunciar la manipulación del lenguaje como un arma esencial del totalitarismo. Resumiendo ideas de George Orwell, dice que “si se corrompe el lenguaje se corrompe el pensamiento y, con ello, se termina por destruir la democracia y la libertad, pues ambas reposan sobre verdades que ya no son reflejadas en el lenguaje” (94). Supongo que un ejemplo de esta corrupción del lenguaje se encuentra en El engaño populista, al caracterizar el populismo a partir de desviaciones en lugar de características y darles los nombres que propuse traducir en la primera sección de mi texto. Se cae en lo mismo al considerar igualmente populistas a Hugo Chávez y Michelle Bachelet, aunque solo el epílogo reconozca “diferencias de grado entre ellos” (232). Yo no me opongo a las manipulaciones lingüísticas porque no imagino un lenguaje libre de ellas, pero indico las de este texto porque sí dice condenarlas. “Los peores crímenes, según sostuvo Orwell, pueden ser defendidos simplemente cambiando las palabras con las cuales se los describe para hacerlos digeribles e incluso atractivos” (93). ¿Se acuerdan de que en lugar de neoliberalismo convenía hablar de “sistema de libre emprendimiento” (60)?

El punto es que los intelectuales latinoamericanos han manipulado el lenguaje para difundir las ideas socialistas. Se inspiran en Antonio Gramsci, quizá el único intelectual marxista que el libro trata con respeto. Según él, la revolución no se consigue por las armas, sino por la hegemonía cultural, que “consiste en convencer a quienes son gobernados de la validez del sistema establecido y protegido por el poder estatal, y eso es un trabajo que debe realizarse en el ámbito de las ideas y la cultura” (102). Ese trabajo es misión de periodistas, artistas, escritores, profesores y figuras públicas en general.

Luego se presenta a los intelectuales que han aplicado la teoría de Gramsci al pensar el Socialismo del siglo XXI. Ellos son los intelectuales de izquierda tratados con desprecio, casi todos asesores de Hugo Chávez. Se dice que Pablo Iglesias lleva adelante un proyecto “fascipopulista” (106), Heinz Dieterich repite “la vieja historia de que somos víctimas de otros” (110), Marta Harnecker confirma que no hay “nada nuevo en el socialismo del siglo XXI” (111), Norberto Ceresole “confirma como pocos la identidad ideológica entra fascismo y socialismo” (114-115) y “la Revolución rusa, que llevó al asesinato de decenas de millones de personas fue, según [Juan Carlos] Monedero y [Haiman] El Troudi, un experimento liberador” (118).

Tomando opiniones de Ignacio Ramonet y Alan Woods, se critica a la intelectualidad socialista por no asumir los fracasos de sus gobiernos. “El socialismo jamás se reconoce el responsable de la miseria y los crímenes cometidos en su nombre. Si tan sólo se hiciera bien, por la gente indicada, éste sería un éxito, piensa el ideólogo” (122). Comparto la opinión Kaiser y Álvarez: hay que ser un fanático para defender sistemas que produjeron crisis económicas como la de Salvador Allende o Hugo Chávez. Pero me alejo de los autores cuando caen en lo mismo al justificar la crisis subprime del 2008. En una extraña sección dedicada a la influencia religiosa sobre el populismo, se cuenta que según el papa Francisco “la crisis mundial que afecta a las finanzas y la economía deja al descubierto sus desequilibrios y, sobre todo, su falta de preocupación real para los seres humanos; el hombre se reduce a una de sus necesidades por sí solo: el consumo” (160). Es una sección extraña porque para mostrar que la Iglesia ha promovido el populismo se citan frases del último papa, bastante posteriores al auge populista en Latinoamérica que ya viene en descenso, y se muestra que Benedicto XVI y Juan Pablo II estaban a favor del capitalismo. No sé por qué habrán escrito ese subcapítulo. Volviendo a la cita de Francisco, el libro lo acusa de irresponsable porque al denunciar el capitalismo “lo que en realidad está atacando es la base de la civilización moderna fundada en el principio de división del trabajo y la idea de dignidad como la posibilidad de perseguir libremente fines propios” (162). Por eso me he cuidado de criticar al capitalismo en mi ensayo, para no destruir la civilización moderna desde sus bases. ¿Qué responden los racionales desde la verdad? El profesor John Taylor enseña que “fueron las acciones e intervenciones del gobierno, y no una falla o inestabilidad inherente a la economía privada, lo que causó, prolongó y dramáticamente empeoró la crisis” (164). O sea que si la economía liberal ha fallado en Estados Unidos es porque ha tenido momentos menos liberales, donde ha intervenido el Estado. En otras secciones se muestra que Argentina (132), Chile (146) y Suecia (210) también empeoraron sus economías al volverse más estatistas y menos liberales. Quizás todo eso sea verdad y el neoliberalismo sea realmente el mejor sistema posible para conseguir buenos indicadores económicos, pero el centro del cuestionamiento del papa no estaba ahí, sino en la idea de ser humano que la economía defiende, uno reducido al consumo. Y la falta de autocrítica denunciada en los ideólogos socialistas es equivalente en estos ideólogos del capitalismo.

Una vez establecido que el populismo ha triunfado en Latinoamérica porque sus intelectuales han transmitido su ideología a la gente, se descubre que el antídoto contra el populismo está igualmente en las ideas. Para conseguir eso habría que imitar al empresario inglés Anthony Fisher, que quedó preocupado al conocer las ideas de Hayek contra el socialismo. Contactó al profesor y le contó que pensaba dedicarse a la política para evitar el avance del socialismo. “Si quería cambiar las cosas –le sugirió Hayek– debía financiar a los intelectuales para que sus ideas se hicieran populares. Una vez que eso haya ocurrido –según le comentó el profesor austríaco– los políticos las van a seguir” (197). Fisher fundó el Institute of Economic Affairs, un think tank que difundió investigaciones liberales tan influyentes, que ayudó a que Margaret Thatcher fuera electa como primera ministra en 1979. Si los empresarios hispanoamericanos financiaran a los intelectuales liberales, se conseguiría un cambio en el sentido común que erradicaría el populismo de nuestras naciones. “Es hora de que esos hombres de empresa despierten de su pasividad y hagan una real contribución a la sociedad en que viven, por el bien de ésta y también por el de sus propios hijos” (215). Como tanta gente contraria al liberalismo, Kaiser y Álvarez esperan resolver los problemas con el dinero de los empresarios.

***

¿A quién se dirige El engaño populista? No a los lectores que creen que el Estado resuelve algunos problemas mejor que el capitalismo. Ellos son rechazados desde la primera página, donde se les acusa de padecer una descomposición profunda a nivel mental (28). Son atacados con la violencia que ejercía la mujer de Levrero al pelear con él. Además, la solución que se ofrece a sus problemas es pensar exactamente al revés de como lo hacen. Se invita al antineoliberal a volverse neoliberal. ¿Cómo acercar extremos tan lejanos? Primero adaptar el discurso a sus destinatarios. Hacer como el monje que viajó desde Roma para convertir a los ingleses al cristianismo. Les describió el infierno y su fuego que nunca se apaga, pero consiguió el efecto contrario al esperado. “Hartos de frío, los señores manifestaron su vivo interés por ese infierno, que invenciblemente los atraía como una siempre grata chimenea. Para ellos hubo que inventar infiernos glaciales” (Bioy 444). No importa inventar un falso infierno para el que piensa diferente a nosotros, si eso lo convierte a nuestra fe. Pero para eso hay que entender su infierno y que él podría desear lo que a nosotros nos da miedo. Hay que aceptar que existen personas razonables defendiendo ideas contrarias a las nuestras y que eso no las vuelve mentirosas, ignorantes o mentalmente descompuestas.

A eso me refería cuando subrayé la diferencia que el libro hace entre la verdad y las ideologías. Si no asumimos que nuestro punto de vista también es discutible, corremos el riesgo de parecer unos totalitarios amparados en los científicos que más se acomodan a nuestras ideas. Las citas a los premios Nobel de Economía tienen muy poco valor para quienes sospechan de los economistas, como cuando los cristianos citan la Biblia para convencer sobre la verdad de su religión. Habría que estudiar mejor a qué defectos del neoliberalismo está respondiendo el populismo para poder superarlo. ¿Será que las personas experimentan situaciones que consideran injustas en el sistema capitalista? Mario Vargas Llosa razonó alguna vez como Cristina Fernández. Lo cito porque supongo que Kaiser y Álvarez lo respetan si dejaron una frase suya en la portada de El engaño populista. Vargas Llosa escribió que “la democracia no es solamente libertad, sino también […] igualdad de oportunidades. Y no hay igualdad de oportunidades cuando uno no está realmente en condiciones de ejercitar sus mínimos derechos económicos. Esto es lo que justifica y fundamenta el principio de la redistribución. Un principio que hoy en día se cree socialista, cuando, en realidad, es un principio liberal, inseparable de la tradición del pensamiento liberal” (414). Lo comparto solo para indicar que personas inteligentes que defienden el libre mercado aceptan la posibilidad de que ese sistema necesite una ayuda.

Si El engaño populista no se dirige a sus opositores, supongo que fue escrito para lectores que ya creen en sus ideas. Los entiendo. A mí también me gusta leer a Enrique Vila-Matas, Alberto Manguel o Martín Schifino solo para encontrarme con gente que me confirma lo importante que es la literatura, pero sé que sus argumentos no significan nada para quienes se aburren al leer (ej: mis alumnos del colegio). La diferencia está en que El engaño populista quiere rescatar a nuestros países de una ideología política. Para eso no sirve que se junten los creyentes a odiar a sus opositores. Eso no rescata a ningún país, sino que se limita a dividirlo con retóricas semejantes a las del populista.

Ojalá que Kaiser y Álvarez consigan el dinero que piden a los empresarios para mejorar su trabajo intelectual. Porque solo un libro bien pensado puede llegar a rescatar a nuestros países del mal que sus autores vean o imaginen. Y yo no temo al populismo, sino a más libros malos como este.

Libros citados
Álvarez, Gloria y Kaiser, Axel. El engaño populista. Santiago de Chile: El Mercurio, 2016.
Bioy Casares, Adolfo. Borges. Buenos Aires: Destino, 2011.

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